Nicolás Maduro ha llegado prisionero a los Estados Unidos como un trofeo. Como en el Imperio Romano ha sido una infamia, a la cual se ha degradado Estados Unidos, pues ya no hay principios y normas solo la invocación al dios dinero y al dios encuestas electorales. Pero Maduro no ha ingresado a la jurisdicción de Nueva York como un reo común, sino como un patriota secuestrado en un acto de barbarie, en su propio país, un cuadro intelectual y político, que entiende la prisión no como el fin de su carrera, sino como la apertura de un nuevo frente de una batalla sin tiempo.
Para un hombre formado en la militancia de base, en el sindicalismo del transporte y en la persecución a la izquierda revolucionaria, la celda es un espacio esperado y siempre presente en la historia del luchador social.
Al levantar los dedos en señal de victoria frente a las cámaras del mundo mientras era conducido por los agentes de Estados Unidos, Maduro ejecutó un acto de semiótica política pura, y transformó el escenario de una derrota militar en una plataforma de resistencia simbólica y en una victoria mediática de proyección internacional. Ante el ofensivo discurso de Trump, responde con un humilde gesto que envía un mensaje profundo a todos. No es un tecnócrata que colapsa ante la pérdida de privilegios, sino la de un combatiente que sabe que, en la lógica de la dialéctica histórica, el cautiverio de un líder puede ser peligroso para el imperio, más que su presencia en el palacio de gobierno.
Al asumir su situación como un secuestro internacional, como resultado de la lucha permanente por la libertad, Maduro se proyecta ante el Sur Global y el mundo, no como un criminal, sino como un mártir de la soberanía, obligando a Estados Unidos a montar un espectáculo judicial que, irónicamente, le otorga un micrófono global que las sanciones le habían arrebatado.
Su mirada y su postura física dentro del centro de reclusión de Manhattan no denotan la quiebra moral que Trump esperaba para forzar la auto derrota de sus seguidores y del chavismo en Venezuela; por el contrario, su actitud inyecta moral al liderazgo y la organización estructural, que quedó en Caracas, enviando el mensaje de que el jefe no ha capitulado y ellos tampoco, y que deben ser inexpugnable ante los eventos que vendrán de un enemigo rabioso.
Este "nuevo frente" carcelario desplaza el conflicto del terreno de las armas al terreno de la ética política y el derecho internacional, donde Maduro puede denunciar el anacronismo de la Doctrina Intervencionista Monroe, revivida monstruosamente.
La apuesta de Washington de humillarlo mediante el uniforme naranja corre el riesgo de revertirse, convirtiendo el juicio en una tribuna donde se ventilarán décadas de agresiones contra Venezuela. En definitiva, Maduro ha entrado a la prisión neoyorquina bajo la premisa revolucionaria de que las ideas no se encarcelan, y que su presencia física en el corazón del sistema que lo adversa es, en sí misma, una forma de infiltración ideológica que mantendrá en vilo a la administración estadounidense durante todo el proceso. No un preso común ni trivial.
Y la dimensión humana es la que rompe el esquema del perfil criminalística que Washington intenta proyectar. Al observar a Nicolás y Cilia, siempre unidos, caminando de la mano incluso en los momentos de mayor asedio, se percibe una relación que se aleja radicalmente de los estereotipos de los capos del narcotráfico, marcados por la ostentación y el desarraigo afectivo.
Es un compañerismo forjado en la vida de pareja y la lucha política; es imagen de una pareja que comparte una misma causa y el mismo destino en la cárcel. Ese gesto de entrelazar las manos, que mantuvieron hasta el último instante del secuestro, comunica una serenidad y un amor que sirven de escudo emocional frente a la adversidad. Para sus seguidores, para todos, este vínculo no es solo romántico, sino un símbolo de lealtad absoluta que humaniza su resistencia y desmiente ante el propio pueblo de eeuu la narrativa de motivación de interés, que su propaganda externa quiere imponer.
El testimonio de que Cilia se aferró a él durante el secuestro, exigiendo ser llevada también, sella una imagen de amor puro y lealtad inquebrantable. Esta entrega absoluta dista irremediablemente del mundo del narcotráfico, donde imperan la traición y el individualismo.
En ellos, el afecto es un acto de pareja, es un acto político de resistencia; una unión que no se quiebra ante el miedo, ante la opresión de EEUU, demostrando que su vínculo es el refugio de una vida compartida y orientadora de la nación venezolana.