El tono capitalista que tiene la solución de Maduro a la crisis

Un país como el nuestro no ha asentado aún un modelo de sociedad mínimamente estable. Todavía lucha en su interior por equilibrar las diferencias sociales, a pesar de ser, en rasgos muy generales, unos de los pases más iguales que existen en el hemisferio. La última tentativa la hizo Chávez mediante una revolución de carácter socialista. Maduro la sustituyó por reformas y  apostó por los privados, dejándoles el camino libre a sus maneras, a los negocios, a la ganancia, a sus malas mañas. Perdido el norte de la independencia, la estabilidad y equilibrio  social, el demonio tomo nuevos aires y hoy está cómodo acabando con lo poco que queda de fuerte y decente en nuestras almas, de solidaridad, de resistencia, de unidad nacional, por más que el gobierno guarde las apariencias…

Hoy gobierna el interés material y particular, la mala conciencia del mercader. La regla de oro del buen mercader (del buen vendedor) es tomar en cuenta lo que el otro necesita. Un estado de crisis es siniestro pero un gran mercado, un estado enfermo donde sobran las necesidades, o sea, es un terreno fértil para los negocios. En el espíritu capitalismo se ha generado por años un egoísmo mezquino y mercantilista al extremo, y en un estado de emergencia pública aflora. Como en otros cuerpos enfermos, aparecen parásitos oportunistas, traficantes aprovechadores de la escasez de muchos, de todo tipo de necesidades humanas. El oportunismo es una condición inevitable del capitalismo; carencias sociales y capitalismo son la combinación perfecta para negocios grandes y pequeños, y para la miseria humana; esto resume lo que vivimos y lo que nos deparará el futuro desde ahora.

Por ejemplo. Con la escasez de agua se estimula el mercado de los camiones cisternas, e indirectamente el de pastillas purificadoras, antidiarreicos, antibióticos, antibacterianos, desinfectantes; las farmacias y los supermercados hacen buenos negocios de la escasez. Con la falta de electricidad, el de las plantas eléctricas; y el del combustible para hacerlas funcionar, las velas, las pilas, las linternas, se genera un mercado de las necesidades y sus traficantes –como el pícaro Cottard en la “Peste”, el síndrome de “Los Miserables” –, viviendo de las necesidades humanas y muriendo por ellas.

Sin embargo, en una sociedad más organizada, menos contaminada de aprovechadores; si supiéramos que aquellos individuos encargados de distribuir medicinas y alimentos no van hacer de eso un negocio; si las ayudas del Estado llegaran sin más a su destino, gratis o sin costos abultados; con una consciencia clara de por qué luchar, sin intermediarios que se lucren de todo y de todos…, sería suficiente para que el país  resistiera la escasez y todo tipo de dificultades civiles. Pero todos conocemos el desorden, conocemos  ¡la gran escasez!, o sea, la escasez de autoridad, de consciencia social y de solidaridad que no sobrevino, acompañando a las otras.

Sin una razón política elevada, sin autoridad moral, sin actos honestos y conductas ejemplares dentro del gobierno, el poder se diluye en miles de podercitos impuestos por el chantaje y la violencia, ejercida directamente.

El burocratismo ha contribuido en parte a eso, porque el burocratismo es, en rigor, un gobierno huérfano. El burocratismo es la discrecionalidad que tiene cualquier vivo de ejercer autoridad dónde pueda poner a valer su poder sobre el común, es el primero que descubre una buena alcabala; una puerta, una esquina, una bocacalle, y se apropia de ella para gestionar desde allí  su propio negocio; desde un humilde portero, una enfermera, un policía, un jefe de almacén…, hasta los jefes de departamentos, divisiones, directores y ministros. Cada uno de ellos hace lo que le da la gana, ejerce su poder y autoridad sobre un espacio que a la larga se hace vital para el funcionamiento del resto del sistema; en el burocratismo  se nivela la importancia de cada espacio “liberado” de autoridad –las jerarquías se desaparecen, las “autoridades” son equivalentes –,  a través de un mecanismo de chantajes y desinformación, o manipulación de la información.

A falta de esa autoridad se pierde tensión en el sistema. Vivimos una etapa de distensión dentro del gobierno y peor aún, dentro del Estado, así sea Estado Burgués menguado por el “liberalismo” de Maduro. Es decir, que a la complacencia liberal con los controles y rigores económicos y al desorden civil,  se le ha sumado la anarquía particular del desgobierno de Maduro.

Maduro perdió todo sentido político del poder: no sabe qué hacer con sus prerrogativas, hoy desconoce el para qué gobierna, desconoce sus razones políticas. Maduro (y el gobierno de Maduro) hoy solo se sostiene por motivos propios, egoístas y mezquinos, los de un mercader. La justicia, la igualdad, el buen vivir,  aquello que impulsó en Chávez la conquista del poder, se convirtió de pronto en “una bulla”, en arengas antiimperialistas, tan vacías como lo ha sido hasta ahora la seguridad en el sistema eléctrico nacional o cualquier otra, en la auténtica devastación de la naturaleza en la minería intensiva, o en la efectiva privatización de nuestra industria petrolera. Para sostenerse en el poder,  este gobierno es capaz de firmar cualquier cosa disimulado de “pacto de paz”. Comenzó  aprobando un nuevo Plan de la Patria, que lleva encubierto, con dibujitos y un glosario de necedades técnicas, el germen de la entrega del país al capitalismo mundial chino, ruso y norteamericano…, pero no sabemos todavía cómo terminará este esfuerzo por la “paz”…,  esto huele a publicidad invertida,  a fascismo.

Por ejemplo. Darle carta blanca a grupos armados que llevan el nombre de colectivos, diciendo que ellos se dedican a producir y no a negociar y traficar con los alimentos y medicinas  importados por el gobierno en muchas zonas de Caracas y del interior del país; metiendo en el saco de los colectivos a agricultores artesanales  junto a aquellos  que usa el gobierno para reprimir manifestaciones, con el motete de “colectivos por la paz”,  “apoyados” desde el ministerio de alimentación o desde la vicepresidencia,  sustituyendo en las calles las tareas de la Guarda Nacional y hacer ver como si la acción violenta de éstos contra manifestantes que protestan es una “reacción popular” en contra de “saboteadores infiltrados” . Esta es la otra cara del pacto de paz desesperado que busca firmar el gobierno con la derecha y el imperio: darles el país en bandeja de plata al mejor postor y además entregárselo amedrentado, blando, asustado, dividido, aturdido. EEUU estaría complacido.



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Marcos Luna


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