Yo Descubrì a un Colòn famèlico y perdido

“…..que después se volvió gringo y hasta al español jodiò.”

                          

                                           Alí Primera                         

 

        *     Yo,  un  desconocido, no  registrado  en  la historia,  habitante de esta isla en el  océano  que  le dirán Atlántico,  un día que llamarán impropiamente de la "Raza" o  del "Descubrimiento  de América", hacía mis necesidades de frente a este mar inmenso, cuando de pronto, a lo lejos, se dibujó la  figura  de un barco velero muy grande y luego otro y otro.  Al cabo  de cierto  tiempo, pude distinguir las figuras de  los tripulantes; ellos aún no me habían visto. Aquel grupo de seres extraños, como monos, tenían pelos en la cara, orejas, pecho  y brazos; gesticulaban ridículamente y también eran ridículas  sus vestimentas. Hablaban un lenguaje inescrutable y cosa curiosa, cuando lo hacían, se escupían unos a otros; asustado,  pero al mismo tiempo ingenuamente orgulloso de mi descubrimiento, corrí hacia adonde estaba  mi  gente  y les grité, y luego,  con  el  brazo derecho extendido, apunté hacia la orilla de la playa.

+     Cuando ya todo el mundo me insultaba y al pasar a mi  lado  me lanzaba encima escupitajos y otras inmundicias  yo,  el  envanecido almirante de tres carabelas al garete,  que no tenía ni la más puta idea de dónde me encontraba y dispuesto estaba a protestar contra mi mismo, aquel jocundo y piojoso Rodrigo de Triana, nos sorprendió con  un  grito desesperado, con el que casi botó los  pulmones  y atrajo hacia  él,  desde su puesto de vigía en el palo  mayor, mi mirada y la de los incrédulos huevones  tripulantes que conmigo navegaban.

¡¡¡ Tierra !!!

              Al primer grito, todas las miradas se transformaron en una sola voz que le recordó  la madre, una viejecita andaluza que  quizás,  en ese momento, miraba con ansiedad  al  mar,  como queriendo extraer de allí al hijo tarambana.

              Tuvo  Rodrigo que repetir su grito una y otra  vez, mientras colocaba la mano izquierda sobre los ojos para cubrirlos del sol y con la derecha extendida apuntaba hacia un  promontorio en  el horizonte para que la tripulación,  incluyéndome,  pudiese darle crédito a su anuncio primero.

                           ¡¡¡Tierra !!! ¡¡¡ Tierra !!! ¡¡¡ Tierra!!!

        Yo  que ya había comenzado a dudar de mi mismo,  de la idea de la redondez de la tierra, de la posibilidad de  llegar a  la India siguiendo este rumbo y a preguntarme ¿quién me mandaría  a meterme  en esta vaina?, casi me desmayo del asombro y la  primera cosa  que  se  me ocurrió fue que aquel Rodrigo  de  Triana,  tan hediondo  como el que más entre todos los tripulantes de la  nave capitana, era el ser viviente más admirable y lo tomé al instante como  la posteridad me tomará a mi. Cuando bajó de su puesto  de vigía lo adoré como padre de todo lo existente.

           Fondeé  mis naves a muy poca distancia de una  isla que bauticé San Salvador; luego aparecerá en los mapas hechos por los  musúies  como "Watlin Islan", y me percaté que un  grupo  de gente de  vestir  impúdico, algunos y algunas con  sus  partes  al aire,  corrían hacia la costa; uno de ellos que presumí  su  rey, avanzaba  adelante de todos y señalaba hacia nosotros con el  dedo índice  de  la  mano derecha. Hombres y  mujeres tenían  cuerpos espléndidos,  de  piel tostada por aquel ardiente sol. Y  en ese momento  yo,  Cristóforo Colombo o Cristóbal Colón,  descubrí  al hombre  de una región que será llamada América en honor a un  tal Américo Vespucio que vendrá después de mi.

    *   Ese  día,  yo hombre de esta parte  del  mundo,  de quien  nadie se ocupó de registrar  su nombre, porque no importa  el de los vencidos, colonizados e invadidos y esta tierra mía fue invadida y fui vencido, me encontré en la playa a un grupo  de hombres perdidos y famélicos en  la misma forma que ellos me encontraron a mi y  los míos. Sólo  que nosotros les  vimos primero. Por todo eso,  dejo constancia  a quienes  lean  esto, que a partir de allí, y  es  lo  importante, comenzó  una  nueva  era  para nosotros,  la  de  casi   nuestro exterminio y la germinación de algo nuevo; lo de ustedes y todo lo de ustedes.

                Y con ello comenzarán las injusticias en nuestro espacio y las luchas contra quienes nos avasallaron y los que a la mayoría de ustedes también oprimirán y explotarán; ahora con otro disfraz y  lengua y algunos  hasta parecidos a nosotros y a ustedes. En el camino, en los campos de batalla, ustedes y nosotros, ahora los mismos, fundidos, los explotados y sojuzgados, habremos de combatir hasta que volvamos al principio e impongamos los valores ancestrales de la igualdad, la solidaridad y el amor fraterno.



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Eligio Damas

Militante de la izquierda de toda la vida. Nunca ha sido candidato a nada y menos ser llevado a tribunal alguno. Libre para opinar, sin tapaojos ni ataduras. Maestro de escuela de los de abajo.

 damas.eligio@gmail.com

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