La independencia, una bella historia inconclusa. Todavía la negociamos con Sahnnon

Ayer los soldados marcharon a la largo del paseo de los ilustres. Como ya se ha vuelto habitual, entre ellos, una vez separadas en sus propios batallones y otra mezcladas con los hombres, iban las muchachas. En diferentes fuerzas y con sus distintos rangos. No sólo se veían alegres, con la misma adustez de los muchachos pero más radiantes y bellas. Lo primero que pensé al ver una hermosa jovencita marchando marcialmente y con una amplia y linda sonrisa, fue ¿y si no las matan los gringos?

            Celebraban como todos los años aquella gesta del cinco de julio de 1811,  de cuando el primer congreso de la república declaró la independencia. Es decir, que nacíamos como república que debía ser soberana, de allí en adelante, liberada de la sujeción española. Tenía, creyeron ellos y hemos creído nosotros, el derecho de hacer lo creamos pertinentes para construir nuestro espacio. Había mucho por hacer, hasta librar una guerra muy larga y luego otras repetitivas entre caudillos ansiosos de poder y riquezas.

           Es decir, si cada año desde aquel día, hubiésemos echo un desfile por ese motivo, este de ayer hubiese sido el 205.

          205 veces caminando largamente bajo inclemente sol o incesante lluvia para celebrar una declaración que todavía está pendiente de concretarse. Lo digo así por ser consecuente con Chávez, quien se cansó de repetirnos que, si algo era fundamental en la consolidación de la independencia, era el logro de la soberanía alimentaria. La experiencia chilena nos lo mostró; repicamos el discurso, pero nada aprendimos. No actuaron nuestros gobernantes a partir de 1998,  habiendo asumido el poder en un país rentista, de conformidad con aquella prédica y la experiencia austral. Dieciocho años pasamos desfilando, incorporamos a él a lindas muchachas, milicianos y fuerzas de reserva y hasta a la representación popular, pero pasamos por alto que seguíamos tan atados al rentismo y a la importación de lo que aquí puede producir con creces y así, en ese deplorable estado, nos creíamos independientes. Siguió y sigue ella siendo un sueño tan hermoso y necesario, por el que no debería haber más guerras; estas no sirven para eso, sino ideas claras y profunda dedicación al cumplimiento de las metas. Mucho amor, entereza, entrega y desprendimiento. Más dar que recibir; más trabajar que esperar por cuantiosos beneficios.

            Bolívar supo aquello. Vio caer la primera y la segunda república. Se percató que no era un simple asunto de derrotar a un ejército y crear un gobierno con gente bien intencionada y declarada “patriota” y con quienes de esto se visten. Supo, desde cuando escribió el “Manifiesto de Cartagena” que el destino de Venezuela estaba atado al de Colombia y en la “Carta de Jamaica” que también al de la América “antes española toda”, porque le pareció “que Estados Unidos estaban destinados por la providencia a plagar a América de miseria en nombre de la libertad”. Percibió pues que había que formar un bloque militar y político sólido, pero también una economía capaz de sustentar aquella independencia y no dejarse avasallar tampoco en ese campo. Bolívar supo que la independencia no se había completado y corríamos grandes riesgos. El hizo lo que pudo y si pesamos bien las circunstancias mucho más de lo posible. Los otros trabajaron, crecieron y hasta lo hicieron para avasallarnos y quienes nos dirigieron se dejaron o mejor dejaron que nos avasallaran.

            Inventamos un absurdo que llamamos guerra federal con cuyos supuestos resultados, “si no hubiese muerto Zamora”, parte del invento,  hemos vivido felices y hasta hemos inventado otros desfiles, fiestas y sueños. Muerto el “General de hombres libres” como le llamaron, los resultados de la guerra fueron los mismos como si quienes provocaron la muerte de miles de venezolanos humildes, cuya culpa inexorablemente es atribuible a los jefes de ambos bandos, igualmente farsante e hipócritas, hubiesen sido siempre socios. Los pobres lo fueron más después,  pese haber “ganado la guerra” y los esclavos siguieron siéndolo, pese la independencia política después de Carabobo y Ayacucho y el decreto abolicionista de Bolívar de 1816. Y por todo eso, la nuestra una sociedad decrépita y sumisa.

            Aquel país de tierras fértiles y gran reservorio de aguas, enormes pastizales y ganado que corría libre por la sabana, le cayó la maldición de los sesenta, entre quienes llegó de la montaña andina a Caracas y Maracay, Juan Vicente Gómez y con él, la explotación del petróleo y la economía de puerto. Es decir, llegó el rentismo, con los puertos para sacar el petróleo al exterior y meter toda cosa que necesitásemos para consumir. Y la gente se fue para las grandes ciudades y los alrededores de los puertos y las tierras, el agua, los pastizales y hasta el conuco se enmontaron y eso fue la falsa idea que habíamos alcanzado la nueva independencia. Vivir del menor esfuerzo. Comprar barato en el exterior o al importador alrededor de los puertos para vender caro y de esa manera amasar fortuna sin aportar nada a costa del trabajo de los pocos que dejaron la ruralidad. Nuestros gobernantes siguieron con sus desfiles y discursos de celebración de la independencia ignorando las cadenas que hasta ellos mismos llevaban atadas a muñecas y tobillos. Hasta en literatura, todas las artes, no sólo en los negocios, optamos por mirar a los puertos lejanos de EEUU y Europa. En nuestro alrededor no valía la pena detener la mirada, como tampoco perder el tiempo en aquello que Benedetti llamó “nuestro norte es el sur”.

            De ser Venezuela un país donde se formaron artesanos de la zapatería de gran calidad y sensibilidad hasta artística, nos convertimos en compradores del calzado extranjero, salido de la gran empresa y acabamos con lo nuestro.

            Era más fácil comprar todo hecho, venido del extranjero hasta envuelto en envases con notas que ignorábamos su significado pero aún así, de allí deribámos que aquello era bueno. Mejor que lo nuestro y hasta más conveniente. De patanes se formó una clase poderosa de mercachifles que a su vez crearon una patria sujeta, fingidamente libre que sólo se acordaba de la independencia para marchar los días de fiesta. Mientras tanto, la mano de obra se apretujó en las nacientes urbes y con ella la delincuencia, prostitución y oficios sin valor significativo. Y aún así seguimos celebrando la independencia. Pero algo falló a quienes diseñaron el proyecto, cuando como que habíamos llegado al fin de la historia estalló en Caracas “El Caracazo”.

            Llegó la Revolución Bolivariana, recogió el discurso ya viejo y hasta desacreditado por los mercachifles y sus agentes, y habló de romper el rentismo petrolero, allá por 1997 y más específicamente, estando en el poder un año después. Siguieron los desfiles, ahora más hermosos, llamativos, tanto que como nunca antes el pueblo se interesó por ellos y llegó a pasar el día entero viéndolos, allá en “Los Próceres”, en el Campo de Carabobo o donde fuese, porque venía la verdadera independencia. No importaba el quemante sol ni la pertinaz lluvia. Dieciocho años después de estar el gobierno, las tierras siguen solas, no hay ganado ni futo vegetal. Caracas sigue creciendo y según dicen en ella “caben otras cuatro”. “Pa´ que carajo irse pá el campo si con sembrar en el balcón basta”. No hay dólares para comprar los alimentos. Pero como llegó el 5 de julio, como todos los años, hablamos de nuevo de la independencia y otra vez nos acordamos que “debemos romper con el rentismo petrolero”, para que ella sea posible.

            ¡Pero si es verdad que la actitud de la “América antes española” y los países angloparlantes de las islas del Caribe, no actúan exactamente como antes! Algo cambió. Chávez tuvo que ver con eso. Sólo por eso, todavía no nos han aplicado el remedio de Almagro. ¡Qué no dejaría de ser amargo! Pues nuestra independencia todavía sigue siendo una meta inconclusa, tanto que nos vemos obligados, por lo menos a sentarnos a hablar con Shannon, para podamos prolongar nuestra esperanza.

            Pero ayer, cuando los muchachos militares con algunos de sus comandantes panzones, marchaban celebrando el 5 de julio, en un momento que la soberanía alimentaria, la independencia económica, metas importantes siguen en sueño como antes, uno recordó someramente esta historia y nos reímos de cómo, nosotros los venezolanos, inventamos tantas vainas para seguir felices. ¡Y eso no es malo!



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Eligio Damas

Militante de la izquierda de toda la vida. Nunca ha sido candidato a nada y menos ser llevado a tribunal alguno. Libre para opinar, sin tapaojos ni ataduras. Maestro de escuela de los de abajo.

 damas.eligio@gmail.com

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