El imperialismo yanqui y su "relación" con nuestra América

El 2 de diciembre de 1823, James Monroe, entonces Presidente de Estados Unidos, proclamaba: “debemos, por tanto, por las sinceras y amistosas relaciones que existen entre EE. UU. Con esas potencias (Europa), declarar que consideraremos todo intento de su parte por extender su sistema a cualquier parte de este hemisferio, como peligroso a nuestra paz y seguridad”. De este modo, el gobierno gringo asumía, unilateralmente, la defensa aparente de las ex colonias españolas que luchaban por su independencia en condiciones desventajosas y, aun, precarias, cuya máxima gloria sería alcanzada en las pampas de Ayacucho el 9 de diciembre de 1824. Esta “buena intención”, en el fondo, vendría a revelar el papel de potencia emergente que Estados Unidos quería para sí una vez que el imperio español fuera desalojado del continente americano. En los oídos de la clase gobernante estadounidense retumbaban, de modo escandaloso y amenazante, las palabras integracionistas de Simón Bolívar, el Libertador, más todavía al comprobar su intrepidez al desconocer los reclamos hechos para la devolución de unas embarcaciones de “comerciantes ilustres” de ese país que abastecían de armas y pólvora al ejército realista en Venezuela, en lugar de ayudar a la causa revolucionaria. Situación agravada al promover Bolívar el establecimiento de una república en la isla Amelia, adyacente a la península de la Florida, entonces en posesión de España, sobre la cual ya el incipiente imperialismo yanqui había puesto su mirada expansionista, al igual que sobre Cuba y Puerto Rico, como su llave de entrada en el mar Caribe. De ahí que a los gobernantes estadounidenses les preocuparan las “locuras imperiales” del “dictador” Bolívar al convocar, en plena guerra, a un Congreso Anfictiónico en el Istmo de Panamá, cuya sola realización sería un serio revés a sus planes imperialistas.

Sin embargo, los sueños bolivarianos fueron torpedeados por la ineptitud, la incomprensión y la ambición de quienes asumieron la conducción de las nuevas repúblicas. La codicia capitalista estadounidense se hizo sentir en toda nuestra América, de un modo sólo igualado por el imperio romano en la antigüedad. El territorio de México fue desgarrado, de forma tal que el espacio de las trece colonias originales que dieron lugar a Estados Unidos pudo prolongarse hasta alcanzar el Océano Pacífico. En 1856, el filibustero yanqui William Walker invadió y gobernó Nicaragua con el beneplácito de Washington. En 1889, el imperialismo yanqui ideó la celebración de la Primera Conferencia Panamericana con el claro propósito de unificar, bajo su tutela, a todos los países del Continente. Interviene en la guerra de independencia de Cuba, frustrando los propósitos independentistas de los patriotas cubanos y sometiendo a la Isla a través de una enmienda en su Constitución que permitía la
injerencia de la Casa Blanca en sus asuntos internos. Todo esto, sin contar con las intervenciones veladas, golpes de Estado y asesinatos de dirigentes políticos a todo lo largo y ancho de nuestra América, siendo los casos más emblemáticos Chile, República Dominicana, Haití, Grenada, El Salvador, Guatemala, Colombia y, más recientemente, Venezuela; además del entrenamiento genocida y fascista brindado en la Escuela de las Américas a tropas y oficiales de sus fuerzas armadas, adoctrinados bajo la Doctrina de Seguridad Nacional impuesta por Estados Unidos durante la Guerra Fría.

Tales antecedentes históricos y nada prejuiciados nos dan cuenta de la continuidad de la política imperialista aplicada por Washington sobre nuestros pueblos latinoamericanos y caribeños. Por ello, trata de sacar de en medio al proceso revolucionario bolivariano activado en Venezuela por Hugo Chávez, fomentando su desestabilización por todos los medios disponibles, incluso por un golpe de Estado o el magnicidio, sin excluir la posibilidad de una intervención más directa, como lo dejan notar la Secretaria de Estado Condoleeza Rice y otros altos funcionarios de la administración Bush, habida cuenta de la influencia emancipatoria que este proceso tiene sobre el resto de los pueblos latinoamericanos y del Caribe, cuestión que representaría el declive de la dominación yanqui, como muchos lo anhelamos para bien de la humanidad oprimida.-


¡¡Hasta la Victoria siempre!!
¡¡Luchar hasta vencer!!

¡¡¡REBELDE y REVOLUCIONARIO SIEMPRE!!!


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Homar Garcés


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