La maledicencia burguesa

Maledicencia, odio, difamación, calumnia: El acto de difamar de la burguesía, implica necesariamente hablar mal de los demás, de sus adversarios políticos o traicionar confidencias con propósitos aviesos, o irle con el cuento a otro de lo malo que se dijo de él. La maledicencia, en sentido estricto, es hablar del prójimo más de la cuenta, por inocente que sea el comentario. Y como hablar bien de los demás no es noticia, la difamación inevitablemente genera comentarios adversos. Odio, lleva el que le repite a otro lo que sin aviesa intención comentó alguien. Ya el difamar tergiversado y despojado de su contexto, lejos de ser acto inocuo, se convierte en un arma mortífera. El chisme del lleva y trae se llama intriga…

La maledicencia arrastra inevitablemente un cortejo de infidencias, intrigas, difamación y calumnia. Todos nuestros grandes hombres han sido víctimas del chisme y de la calumnia, y todos, sin excepción, han muerto roídos por la melancolía. Nuestro gran primer calumniado fue el Generalísimo Francisco de Miranda, a quien sus enemigos acusaron de ser un agente inglés, de haber traicionado a la primera república y de haberse intentado robar los fondos nacionales.

Andrés Bello fue calumniado vilmente, cuando se le acusó de haber debelado la conspiración de 1808 al Capitán General. Esa calumnia y ese dolor lo persiguió toda su vida. Por eso se marchó a Chile y no quiso regresar nunca más a Venezuela.
Y no hablemos del Libertador, el hombre más calumniado en toda la historia de Venezuela. Así clamaba Bolívar al coronel Posada en los últimos días de su vida: ¡Mi gloria, mi gloria, ¿por qué me la arrebatan?! ¿Por qué me calumnian?

Manuela Sáenz, la amante inmortal, fue víctima propiciatoria de la maledicencia: Tiene amantes por todas partes… Y hasta dicen que oficia en los altares del tribadismo.
A Simón Rodríguez, un sabio presente y cabal, la difamación y la tergiversación lo convirtieron en un pobre loco para la opinión pública.
Teresa Carreño, nuestra eximia pianista, se largó para siempre de Venezuela asediada por el odio y la difamación.

Rafael Rangel y Ramos Sucre, a pesar de su genialidad, buscaron la muerte con sus propias manos por sentirse incapaces de continuar soportando el desprecio de sus iguales, atizados por la murmuración. No hay venezolano ilustre que no haya sido motejado por la burguesía de su tiempo con los peores y más injustos epítetos. De ello no se salvaron ni el Mariscal Sucre, ni Cecilio Acosta, uno de los hombres más limpios y honestos nacidos en este suelo.

Ni nuestro Líder Eterno, el Comandante Hugo Chávez, no se salvó tampoco de la maledicencia, el odio y la calumnia; la burguesía, después de asesinarlo, le persiguen hasta después de muerto. El genio de Chávez consiste, en el don de comprenderlo todo, de conciliarlo todo. Su Estado, el Estado del porvenir, era una forma de comunidad fraterna: “Nosotros seremos los primeros en decir al mundo que no queremos prosperar sobre la opresión de los pueblos ni sobre el avasallamiento de las nacionalidades, sino por el contrario, sobre la mayor libertad e independencia de todos los pueblos y en una unión fraternal”. ¡Como tiembla todo él, en el éxtasis de la fe, y cuán quiméricos son los sueños mesiánicos de este Gigante, que sabía de la realidad más que nadie supo!
¿Qué hubiese sido de la vida y de la obra de estos grandes venezolanos de haber recibido de sus compatriotas el respeto y afecto de que eran acreedores? ¿No se hubiesen prolongado, para beneficio del pueblo y de la Patria, esas vidas y esas obras ejemplares?

La burguesía queda, al salir de sus ataques, en esa postración crepuscular de idiotizados en todo su horror y con crudeza flagelativa. La claridad diáfana de sus cerebros que, abarcaba miles de detalles en síntesis armónica, se pierden en la espesa penumbra, y la memoria no recuerda las cosas más cercanas, el hilo que ensalzaba su espíritu, yace por tierra, roto. Al salir de sus ataques, advierten con terror que han perdido la conciencia de todos los sucesos, hijos de su propia fantasía, y ni el nombre del protagonista aciertan a recordar. El sentimiento, cegado por la infinita luz, va encontrándose a tientas en la cárcel sombría del cuerpo, se arrastran como gusanillos por el suelo del ser. Fatigosamente, van haciendo revivir en sí la trama; su voluntad acuciante atiza de nuevo el fuego de las visiones desvanecidas, hasta que recobren su antiguo vigor…

Debemos esclarecer la maledicencia, la calumnia y difamación, a la mayor brevedad para información de nuestro pueblo, y no lo dejemos para otro día, la explicación de por qué en Venezuela la burguesía difama a los hombres más ilustres, que son las víctimas propiciatorias del odio y encono de esta casta. Por los momentos sólo podemos decir que el inocuo chisme, el odio, del que hablamos, en esta tierra ha hecho más daño que las guerras civiles, el hambre, las dictaduras, las enfermedades tropicales y los malos gobiernos. Por eso les sugerimos, en beneficio de la Patria, que antes de difamar y mentir se informen: los artistas y creadores, al igual que las mujeres de vida alegre, “tienen también su corazoncito”.
¡Bolívar y Chávez viven, la Lucha sigue!
¡Patria Socialista o Muerte!
¡Venceremos!


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Manuel Taibo


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