Las revoluciones de 1848

 El 23 de febrero de 1848 en Francia se hundía el trono de Luis Felipe. El gobierno provisional de Lamartine-Louis Blanc proclamaba la segunda República en medio del entusiasmo de una población combativa que llenaba las calles de París. La revolución estallaba también en Badén, Baviera, Wurttemberg, Sajonia y, en marzo Berlín y Budapest. Por primera vez la clase obrera, ya numerosa, participaba con personalidad propia en este movimiento dirigido contra el viejo orden político. 

La revolución de febrero no se limitó al derrocamiento del trono sino que actuó poderosamente sobre las ideas, haciendo subir a la superficie aquellas que estaban ocultas en las profundidades del pueblo. El socialismo, hasta entonces teoría económica y pacífica, se presentó como partido político; por primera vez, después del 91, la revolución no se detuvo en el trono, en cambios de dinastía y de formas de gobierno, sino que atacó de frente la constitución misma de la sociedad burguesa. 

La primera impresión en los medios oficiales de la vieja Europa fue de verdadero pánico. A decir verdad, la mayor parte de los progresistas no pensaban en revoluciones de ese alcance. Sólo su sector más avanzado, así como los demócratas y los núcleos republicanos, se lanzaron a un movimiento que sin gran arraigo popular, no podía pasar de motín. 

Después del fracaso de las revoluciones de 1848, todas las organizaciones de partido y todos los periódicos de partido de las clases trabajadoras fueron destruidos en el continente por la fuerza bruta. Los más avanzados de entre los hijos del trabajo huyeron desesperados a la república de allende el océano, y los sueños efímeros de emancipación se desvanecieron ante una época de fiebre industrial, de marasmo moral y de reacción política. Debido en parte a la diplomacia del gobierno inglés, que obraba a la sazón, guiada por un espíritu de solidaridad con el gabinete de San Petersburgo, la derrota de la clase obrera continental esparció bien pronto sus contagiosos efectos por toda la Gran Bretaña. Mientras la derrota de sus hermanos del continente llevó el abatimiento a las filas de la clase obrera inglesa y quebrantó su fe en la propia causa, por otro lado, devolvió al señor de la tierra y al señor del dinero la confianza un tanto quebrantada. Estos retiraron insolentemente las concesiones que habían anunciado con tanto alarde. 

Todos los intentos de mantener o reorganizar el movimiento cartista fracasaron completamente. Los órganos de prensa de la clase obrera fueron muriendo uno tras otro, por la apatía de las masas, y de hecho, jamás el obrero inglés había parecido aceptar tan enteramente un estado de nulidad política. Así, pues, si no había habido solidaridad de acción entre la clase obrera de la Gran Bretaña y la del continente, había en todo caso entre ellos solidaridad de derrota. 

Después de la agitación de marzo de 1848, los burgueses liberales se apoderaron inmediatamente del poder y lo utilizaron para hacer retroceder a los obreros, sus aliados de la víspera, a su antigua situación de oprimidos. 

La burguesía sólo ha podido alcanzar este propósito aliándose al partido feudal absolutista y hasta abandonándole por fin, de nuevo, el poder; pero, por lo menos, ha tomado garantías que, a la larga y gracias a las dificultades financieras del gobierno, le pusieron el poder en las manos y les garantizaron todos sus intereses si, cosa poco posible, el movimiento revolucionario pudiera, desde ahora, dejar la plaza a una evolución llamada pacífica. La burguesía no necesitaría provocar el odio con medidas de violencia dirigidas contra los pueblos para asegurar su poder, visto que todas estas medidas las hubiera tomado ya la contrarrevolución feudal. Pero la evolución no seguirá este camino pacífico. La revolución que la debe acelerar, por el contrario, era inminente, sea que la provoque la sublevación autónoma del proletariado francés o la invasión por la Santa Alianza de la Babel moderna. 

Y el papel que jugaron en 1848 los burgueses liberales alemanes ante el pueblo, ese papel tan completamente traidor, lo desempeñarán en la próxima revolución los pequeños burgueses demócratas que ocupan actualmente en la oposición, la misma situación que los burgueses liberales antes de 1848. 

Ese partido, el partido social-demócrata, mucho más peligroso para el pueblo que el antiguo partido liberal, se componía de tres elementos:

         1º Las fracciones más avanzadas de la gran burguesía que se daban como propósito la caída inmediata y completa del feudalismo y del absolutismo. Esta tendencia la representaban los hombres de Berlín, que antes recomendaban la unión y no pagar los impuestos.

          2º Los pequeños burgueses demócratas y constitucionales que habían perseguido, sobre todo, en el último movimiento, el establecimiento de un Estado confederado más o menos democrático, tal como lo querían realizar sus representantes, la izquierda del Parlamento de Fráncfort, y más tarde, el Parlamento de Stuttgart; tal como lo buscaban ellos mismos en su campaña a favor de una constitución de imperio. 

          3º Los pequeños burgueses republicanos, cuyo ideal es una república federativa alemana parecida a la Confederación helvética y que tomaban la etiqueta de rojos y de social demócratas, porque vivían en la dulce ilusión de suprimir la opresión del pequeño capital por el gran capital, del pequeño burgués por el gran burgués. Los representantes de esa fracción fueron los miembros de los congresos y de los comités democráticos, los dirigentes de las asociaciones democráticas, los redactores de los periódicos democráticos. 

Después de su derrota, todas estas fracciones se llamaban republicanas o rojas, igual que los pequeños burgueses republicanos en Francia se llaman hoy socialistas. En los países como Wurttemberg y Baviera, etc., donde podían tener la posibilidad de perseguir sus propósitos dentro de la vía constitucional, aprovechaban la ocasión para limitarse a su antigua fraseología de nombre no modifica en nada la actitud de ese partido con respecto a los obreros; pero demostraba simplemente que en la actualidad se veía obligado a enfrentarse con la burguesía, aliada del absolutismo, y a apoyarse en el proletariado. 

En este momento en que los pequeños burgueses democráticos están oprimidos por todas partes, ellos predican en general al proletariado la unión y la reconciliación; le ofrecen la mano y se esfuerzan en constituir un gran partido de oposición que abarca los matices del partido democrático; en otros términos, intentan alistar los obreros en una organización de partido donde dominan los lugares comunes generales de la socialdemocracia que sirven de mampara a sus intereses particulares y donde está prohibido, para no turbar la buena armonía, poner en un primer plano las reivindicaciones precisas del proletariado. 

Una unión de este tipo, pronto resultaría únicamente en provecho de los pequeños burgueses democráticos y en perjuicio completo del proletariado. El proletariado perdería completamente su situación independiente, obtenida con tantos sacrificios, y recaería en la situación de simple dependencia de la democracia burguesa oficial. 

Sin embargo, este período transcurrido desde las revoluciones de 1848 ha tenido también sus compensaciones.

Después de una lucha de treinta años, sostenida con una tenacidad admirable, la clase obrera inglesa, aprovechándose de una disidencia momentánea entre los señores de la tierra y los señores del dinero, consiguió arrancar la ley de la jornada de diez horas. 

“En marcha, pues, pueblo. Y ten en cuenta no se te metan en el sagrado escuadrón de los cruzados bachilleres, barberos, curas, canónigos o duques disfrazados de Sanchos. No importa que te pidan ínsulas; lo que debes hacer es expulsarlos en cuanto te pidan el itinerario de la marcha, en cuanto te hablen del programa, en cuanto te pregunten al oído, maliciosamente, que les digas hacia dónde cae el sepulcro. Sigue el camino. Y haz como el Caballero: endereza el entuerto que se te ponga delante. Ahora lo de ahora y aquí lo de aquí.”      

manueltaibo1936@gmail.com

¡Gringos Go Home!

¡Libertad para los cinco héroes de la Humanidad!

Y…, aquí seguimos, con esta Venezuela burguesa y consumista, la economía, la salud y la educación están en poder de las mismas mafias de siempre. ¿Cuál socialismo? 



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Manuel Taibo


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