Hubo un capitán que perdió el rumbo, y cómo se le podría ayudar

Los de abajo, digo los pobres, los que vivimos allá abajo en lo más sucio del río, salimos a luchar por él. Montamos puntos rojos, nos quemamos el lomo. No pedíamos nada. Por la noche nos fuimos a la Plaza Bolívar y allá nos dijeron: “ha ganado el nuestro, el socialista Marcos Díaz Orellana, y no fue un golpe de Estado. Está entero, duro y fuerte con la revolución bolivariana”. Había alegría, aplausos, música y cantos. La gran diferencia con otros tiempos fue que todo resultó muy, pero muy lento, digamos que en cámara lenta, y que nos cogió sin embargo por sorpresa. El señor se metió calladito, hizo campaña de incógnita en la región, puso su nombre sobre la mesa, y a la final se encaramó en el trono de los Cinco Halcones Blancos, él como gran señor de todo. Lo más resaltante es su vocabulario, su lenguaje, su verbo. Nadie puede imaginar que tras su rostro sencillo y bonachón pueda haber tanta brusquedad, tan gruesas expresiones, tan escandalosos adjetivos.

Los primeros días fueron de euforia, todo era rojo rojito y sonrisa de oreja a oreja. Vino luego la campaña para aprobar la reelección de nuestro Presidente, y sufrimos el primer traspiés: en Mérida perdimos. El señor gobernador comenzó a trabajar distanciado de los que le dieron el gran apoyo moral y político para llegar a donde había llegado. Y comenzó a llamar a gente maleada por la derecha, a gente que estaba dispuesta a vender su alma por el plato de alubias negras. Subió a gatas a la Secretaria General de gobierno un connotado líder estudiantil que tardó en graduarse tanto como Nixon Moreno, pero no lo criticábamos porque era “socialista”, del Frente Socialista; su rostro era de penumbras y quebrantos: humilde, pobre, abandonado. Un día le tiraron un boche clavado y el hombre no vio luz, y salió por la puerta trasera del patio de los lamentos con la cara más larga que una figura de Yacometi. Sin embargo, no se quedó tranquilo porque estaba decidido a echar otra parada y mantenerse firme en otro puesto. Y cogió otro cargo aunque fuera fallo, pero un cargo desde donde se podía también ir tirando al baratillo. Montó su tienda, puso a su gente y comenzó otra vez el jaleo. El “humilde” asistía a las reuniones del Consejo de Gobierno y sabía callar. El “humilde”escuchó claramente cuando el señor Gobernador dijo que sus libros de cabecera eran el “Mein Kamf” de Hitler, y los “Protocolos de los sabios de Sión”. El “humilde” escuchó muy bien cuando el Gobernador dijo que su tutor era un tal Simón, judío, que le había aconsejado: “Hijo, no seas canario porque los canarios lo que saben hacer es cantar; no seas cuervo porque sacan lo ojos, sé halcón, tú debes ser halcón.” Y él es halcón. Para concluir que lo suyo siempre era llevar un rebenque, y sentir el dolor inmenso de tener que ser el Gobernador de esta V república. Es decir, que el señor Gobernador con su golpe de Estado estaba rodeado de grandes saltadores de garrocha. Es decir que con él se habían pasado a la derecha (que está bien cerquita de Lester Rodríguez y de don Baltazar Porras) más de medio equipo del Buró del PSUV.

Todavía siguen allí, y cuando se conozca todo el verdadero patuque, van a pretender seguir siendo “revolucionarios” a carta cabal, los más puros y bravos que la patria ha parido. Siempre quieren estar arriba, y nunca quieren perder una. Seguramente el “humilde” nos va a venir con sus cuentos de viejas, a decirnos que a él lo engañaron, que él no sabía nada. Todos los que rodean hoy al Gobernador tendrán que dar cuenta de esa conducta imperdonable de haberle hecho honores al golpista Baltazar Porras dentro de la Gobernación, y peor aún por qué se quedaron callados o incluso por qué avalaron esa traición. Toda esa gente que hoy rodea a “Porras-Orellana”, que ha permitido que se haya llegado al estado de postración moral a dónde se ha llegado, deberá dar cuenta ante el pueblo y ante el PSUV. No tiene perdón de Dios lo que se ha hecho. Sabemos ya que “Porras-Orellana” por un extraño prurito nunca quiso inscribirse en el PSUV, y sin embargo dictó directrices, se montó como señor de varias campañas y es el gran gurú regional, engañando y traicionando a medio mundo. Quién salió a enfrentar todas estas aberraciones, que ya el Presidente de la República conoce perfectamente, fue sólo una persona: el presidente del CLEM, Alexis Ramírez. Sin ser ni pretender ser “humilde”, lo hizo a costa de tener que recibir toda clase de calumnias. No aceptó el plato de alubias negras. Cada cual allá con su conciencia, pero la fiesta se ha terminado. Señoras y señores, el último que apague la luz.


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Sinforiano Guerrero Lobo


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