La razón no es prolija

He necesitado de muchos años, tanto como los 85 que tengo, para darme cuenta de algo que me parece esencial en mi habitual quehacer de la escritura. Y es que, aunque éste sea un texto desmesurado para no contradecir lo que ahora voy a exponer, (y en adelante me esforzaré en ser coherente con este "descubrimiento") todas las materias del conocimiento sobre las que tratamos hay siempre sobreabundancia de argumentos innecesarios y de palabras que ahora fácilmente los cuenta el procesador, que hace farragoso y sobrecargado el argumentario, lo desluce e incluso disuade de su lectura.

Esos tratados escritos por grandes hombres del pensamiento, de la filosofía, del Derecho y de los asuntos que sean, pueden estar justificados por razones varias por tratarse de aquellos tiempos. Pero en estos tiempos que nos permiten una visión tan amplia, una perspectiva casi completa del pasado que nos permite verlo casi en su totalidad porque podemos abarcarlo todo, no tiene el mismo sentido todo cuanto se dice y escribe con extensión, sencillamente porque de todo lo dicho o escrito, sobra la mayor parte. Del mismo modo que siendo objetivamente interesante una ópera, no puede competir como espectáculo con ese sinfín de entretenimientos, musicales o no, que ofrece la postmodernidad incluso a los aficionados a ella. Por otro lado, sólo los ungidos por los dioses pueden hacer de un texto largo un momento muy interesante de la vida; lo mismo que sólo la poesía tiene valor si es sublime. Incluyo también en este sesgo del discernimiento a la literatura, en la que el autor puede extenderse en pormenores y descripciones magistrales que incluso a mentes acostumbradas a recrearse en la estética de la narración, les acaban por cansar…

Pero dejando aparte como excepcionalidad la literatura y la excepcionalidad del perfil del lector o lectora, probablemente muy desconectados de la vida ordinaria aunque ésta sea académica (y digo esto porque el perfil de esas personas estará reducido e incluso recluido en una círculo cada vez más estrecho de personas), la materia a que me refiero principalmente es la de los artículos de corte periodístico que abarcan a todo cuanto uno quiera. Artículos o reflexiones que o bien figura en los periódicos impresos a los que les queda poco tiempo de vida, o se pueden leer en tantos de los soportes que se encuentran en la Internet al alcance de cualquiera… En todo caso, cada vez son más breves los menajes de todo tipo. Me da la impresión de que todo acabará sólo en titulares.

Porque, veamos, todo escrito no recreativo, contiene una tesis o una refutación que deben entenderse sin gran dificultad: "el sol gira alrededor de la tierra", "la tierra gira alrededor del sol", por ejemplo. Ya partir de ahí las razones para sostener la idea no deben pasar de dos o tres.

"Estamos al borde de la extinción de la Humanidad". Las razones son numerosas, pero todo se puede reducir a un par de ellas o si se quiere a media docena. No más. O incluso a una sola: no hablemos de la mutación climática, ni de sus consecuencias… simplemente la fabricación de cosas y la imposibilidad material de destruirlas todas sin dejar rastro, es decir literalmente esfumadas, es el factor determinante. Ríos, lagos, océanos y montañas están ya lo suficientemente saturados como para poder predecir fácilmente que en menos de 100 años es imposible pensar en una vida medianamente soportable para entonces.

He leído una ingenuidad comparada con lo dicho: "que si no bajamos al 12% de los residuos de plástico, del 17% que ahora no se destruyen… sobrevendrá el cataclismo silencioso (ésta es expresión mía). Como jurista que fui, no recuerdo haber escrito alguna vez más de tres folios aparte los numerosos detalles formularios que forman parte de una especie de plantilla. Recuerdo que el propio Haro Tecglen, habitual columnista de El País, decía más o menos que no eran tan meritorios muchos de los artículos periodísticos porque la mayoría de ellos estaban basados en "plantillas". En resumidas cuentas, de los textos que leemos, salvo que nuestra curiosidad sea malsana o el escritor sea un verdadero artista de la amenidad que compite con plataformas fílmicas y otros entretenimientos, ni siquiera los libros que modernamente se escriben y venden por muy Nobeles que sean son capaces de no aburrirnos. El vértigo impreso a la vida por la vida misma, y el vértigo que nos exigimos a nosotros mismos hacen de la vida un avatar que sólo envuelta en ese vértigo, en las emanaciones del opio o derivados, o en los delirios de una droga dura, se puede soportar con algún tipo de ilusión que no sean el sexo o el mucho comer. El caso es que un artículo de Paul Krugman, un tal Nobel de Economía, de hace unos días en un periódico de primera línea, repleto de cantos de alabanza a la economía estadounidense, me ha parecido tan absurdo y reflejo de la voluntad de contribuir a la tranquilidad y contento de la población, del gobierno y de la cotización bursátil, que me ha traído a esta elemental idea de que la razón es escueta, que la razón no es prolija, que cuantos más argumentos se viertan sobre una tesis, más sospechosa, más intereses inconfesables encierra, menos convincente será esa tesis para la Humanidad…



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Jaime Richart

Antropólogo y jurista.

 richart.jaime@gmail.com      @jjaimerichart

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