Tras casi siglo y medio de confrontación ideológica —desde la eclosión de los movimientos obreros hasta la consolidación del Estado social europeo— la política en España y en buena parte de Occidente se ha simplificado. Más allá del ruido mediático y de los casos concretos que ocupan los titulares, el eje real del debate se resume en una disyuntiva esencial: lo público o lo privado. Es hora de tenerlo en cuenta en el momento de votar.
Durante décadas el enfrentamiento era comunismo frente a capitalismo y a la inversa. Hoy esa dicotomía es insuficiente para describir lo que está en juego. El conflicto actual no se libra entre sistemas socioeconómicos cerrados, sino en economías mixtas donde la cuestión decisiva es qué debe prevalecer: si lo público o lo privado.
El neoliberalismo —como ideología— y la derecha política —como su expresión institucional predominante— defienden de forma sistemática la primacía de lo privado. La defienden virtualmente todos los que están acomodados o les basta lo suficiente. Desde luego, no es un secreto que esta orientación favorece prioritariamente a quienes ya detentan algún modo de riqueza. Cuando lo privado se convierte en la politica rectora, la consecuencia es clara: se mercantilizan derechos básicos y se divide la ciudadanía en función de su acomodo.
Frente a ello, lo público no es una abstracción, sino una convicción: no todos pueden costearse una educación o una sanidad privadas, pero todos necesitan educación y sanidad. Lo público se justifica precisamente para garantizar lo que el mercado no distribuye con justicia. El mercado solo prima al más fuerte. El mercado se reduce a la subasta.
En este sentido, la sacralización de lo privado termina normalizando la desigualdad: convierte la pobreza en algo normal y degrada la excelencia al reducirla a privilegio. No se trata de demonizar la iniciativa privada, sino de decidir qué debe quedar fuera de la lógica del beneficio.
Por eso la verdadera fractura política ya no es una retórica heredada del siglo XIX: eres fascista, eres comunista. Es una pregunta muy concreta y actual: ¿deben los recursos públicos reforzar lo común o alimentar negocios privados? Cuando, por ejemplo, desde la presidencia de la Comunidad de Madrid se desvían fondos públicos hacia universidades privadas, la cuestión deja de ser técnica y pasa a ser ideológica.
En una economía mixta y en un contexto electoral, el elector tiene derecho a saber con claridad qué se prioriza: si una política que fortalece inequívocamente lo público o una política que consolida la expansión de lo privado. Votar es, pues, decidir qué modelo de sociedad queremos sostener. Hay que decirlo claro: Las derechas defienden lo privado. Las izquierdas defienden lo público.