España. El 23 F como coartada

Llevan varios días los medios dándonos la tabarra con la conmemoración del 23F. De todo el insufrible parloteo en los medios audiovisuales y los ríos de tinta que corren por los rotativos, destacan dos cosas controvertibles y la segunda muy sospechosa: una, que esa fecha fue el día que terminó la transición y comenzó la democracia, y otra, que el rey fue el artífice de la gesta.

Que ese día fue el día del fin de la transición a la democracia, es un decir. Fueron los políticos y los periodistas quienes lo eligieron como el fin, como el Vaticano decide el día de cada santo del Santoral. Porque hay que tener ganas de pasar página, para afirmar que la hipotética transición, 34 años después de muerto el dictador no se encuentra aún en la fase anal. Como si una democracia burguesa de partidos pudiese hacerse en menos de un siglo, independientemente de la idiosincrasia, del carácter más o menos pendenciero de cada pueblo como es el español. Como si la democracia se hiciese y se viviese por ley, y no por el ánimo de construirla por el acuerdo social entre toda la ciudadanía; ciudadanía, por cierto, que mayoritariamente estaría hoy a favor de la República y por ello no se hace otro referéndum. Eso está claro, pero es también lo que dijo el expresidente Adolfo suárez

En cuanto a la segunda, ya estamos todos al cabo de la calle de que la gesta del rey no lo fue. Pasada la sorpresa y atando cabos, inmediatamente pensamos casi todos que aquello fue una pantomima, un preparado a la carta para fortalecer la débil figura regia que había llegado al trono por la puerta de atrás de un referéndum aprobado de prisa y corriendo por el pueblo para escapar cuanto antes, precisamente de la amenaza que planeaba de otro régimen dictatorial militar prolongación del anterior. Y si el pueblo de entonces optó por firmar la Constitución y con ella la monarquía dentro, fue como mal menor, esperando que más adelante se revisasen a nivel nacional ambos asuntos.

Pero hay aún otra cuestión que debiera avergonzar a los políticos de aquellos días: salvo el general Gutiérrez Mellado, Adolfo Suárez y Carrillo, todos los demás parlamentarios dieron muestras de una cobardía que les deslegitima. Todos, excepto los tres citados se metieron aparatosamente bajo los bancos del Congreso en cuanto escucharon los disparos de los presuntos golpistas. Dicen que la cara es el espejo del alma. Pues bien, ese gesto instintivo refleja su pusilanimidad, su miserable condición que, todavía a juzgar por sus comportamientos, actitudes y palabras se prolonga 34 años después en los congresistas actuales.



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Jaime Richart

Antropólogo y jurista.

 richart.jaime@gmail.com      @jjaimerichart

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