Qué hacer con la oposición

Para empezar, nada malo, es decir, no imitar su odio. Hasta ahora hemos discutido mucho qué hacer con nosotros mismos, partido único, contraloría social, formarse, etc. Pero es hora de pensar qué hacer con la oposición.

Entiendo que uno se desespere y termine tirando la toalla cuando los ve gritando amarguras a Jorge Giordani o a Fernando Carrillo. O cuando en algún noticiero digital declaran sin pestañear que lo que pasó el 3 de diciembre fue que el gobierno secuestró la hijita de Rosales para presionarlo. O que se vendió. Tienen tanto odio que terminan emponzoñándose a sí mismos. Admito que ya no les tengo paciencia y no me avergüenza para nada. Pero escribo este artículo para tratar de recuperar esa paciencia.

Nuestra lucha principal es no caer en sus provocaciones, porque el mayor triunfo del malvado es volverlo malvado a uno. Sí, son malvados porque odian que la gente pobre tenga vida digna. Está bien, tienes derecho a que no te guste Hugo Chávez. Pero ¿por qué eres tan autodestructivo que temes más a Chávez que al crédito indizado que te bloquea el derecho a la propiedad privada sobre una vivienda? Habría que ser equilibrado. Que admitas que es bella la Misión Negra Hipólita. Porque, si no, me vas a hacer pensar cosas bien feas de ti, pana escuálido, que no quieres el bien para los más débiles, que eres racista, clasista, cruel, despiadado, despótico. Eres así, no te hagas el loco, o demuéstrame que no.

Por supuesto que no hacerles mal no significa dejarlos hacer el mal. Un funcionario que sabotea y deja de hacer el bien que se intenta hacer debe dar paso a otro que sí quiera. Tampoco es para apendejearse.

Julio Borges dijo una vez que había que salir a enamorar chavistas. Está bien, porque de eso se trata, de amor, aunque uno no le crea, pues Borges se arrepiente un año después, demasiado tarde, de haber participado en un golpe y en un paro antipopular. Pero no es malo de todos modos tomarle la palabra.

Estamos viviendo la revolución más insólita de la historia. Si examinamos las del pasado nos encontramos con un sangrero. No aquí, porque hemos elegido un camino difícil pero hermoso: no hemos guillotinado a nadie y está bien así. Pasión sin encono. Prefiero la impunidad al sangrero. Como decía Victor Hugo, la pena de muerte no tiene sentido porque no hay jueces infalibles. In dubio pro squalido, en caso de duda en favor del escuálido.

Habrá que hacer como la Iglesia: salir de misioneros para ganarnos a quienes objetivamente se están beneficiando como nunca de esta revolución: la clase media. Hasta que desaparezca como desaparecerán las demás clases, algún día. Como le dijo Fidel a Chávez luego del Referendo: «No hay cuatro millones de oligarcas en Venezuela». Viven en y de un paradigma difícil de vencer, como todo paradigma, un paradigma verticalista en que la jerarquía está por encima de todo, incluso de la justicia.

Háblales, con paciencia. Es justicia.


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Roberto Hernández Montoya

Licenciado en Letras y presunto humorista. Actual presidente del CELARG y moderador del programa "Los Robertos" denominado "Comos Ustedes Pueden Ver" por sus moderadores, el cual se transmite por RNV y VTV.

 roberto.hernandez.montoya@gmail.com      @rhm1947

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