Nuestro propio loco

Víctor, así lo conocimos un día. A ciencia cierta no sabíamos de donde había salido, pero era el loquito del barrio, nuestro propio loco. Se reía de todo lo que nosotros hiciéramos, a veces se invitaba a disfrutar con nosotros de un suculento plato de Iguana con arepa y arroz blanco.

Era primo de unos muchachos mayores que nosotros, hablaba varios idiomas, parece que había sido marino en un barco mercante. Había recorrido todo el mundo y tenía muchas cosas que contar. Nos la contaba en español, inglés, francés y guajiro, nosotros nos congregábamos alrededor de él, para oírlo decir sus historias verdaderas y sus cuentos de fantasía.

Dormía en la pieza que alguna vez había sido el urinario de la tienda Puerto Rico. Su cama era de cartón y sus sabanas eran de periódicos. Todo lo que necesitaba para sobrevivir lo conseguía en el barrio. ¡Entre los pobres nadie pasa hambre!

Sabía de Matemática, Física, Biología y de cuanto le preguntábamos, siempre que hubiera una recompensa. Un dulce, un refresco, una galleta, lo que fuera. Cada respuesta iba acompañada de una sonrisa y de un gesto facial que traía recuerdo de un mono, o de un chimpancé. El hacía ese gesto a propósito porque nos hacia reír.

No era un loco estrafalario, ni violento. Un poco descuidado algunas veces en su apariencia, pero era como su uniforme de loco. A veces los muchachos más grandes del barrio se organizaban para bañarlo y cambiarle la ropa. Hasta le cortaban frecuentemente el cabello. A decir verdad, a nosotros nos gustaba más con su ropa usada y su pelo largo.

Le gustaba cantar, cantaba vallenatos, gaitas y una que otra canción en cualquier otro idioma incomprensible para nosotros, pero igual lo disfrutábamos. Nunca lo vimos bailar, a lo mejor le tenía miedo al ridículo.

Cinco caramelos por una locha, daban en el tiempo de nuestra niñez, uno era casi siempre para Víctor, se las ingeniaba para aparecer a la hora de comprar los caramelos. A veces lo oíamos filosofar fumando un cigarrillo. Siempre fumaba con un gesto muy refinado, y a su mente saltaban los recuerdos de Filósofos, Teólogos y Políticos. Era el terror de evangélicos y católicos por las herejías que a veces decía, pero nosotros las disfrutábamos de manera diferente a como alarmaban a nuestro mayores.

A veces se metía en el culto evangélico, cantaba y hasta cerraba los ojos al momento de la oración. La gente se ponía asustada, muchos evangélicos del barrio creían que era un endemoniado, aunque muchos católicos no se alejaban mucho de esa suposición. Nadie se acercaba a la banca donde Víctor se sentaba. El se reía durante el Sermón y eso molestaba a nuestros mayores, quizás había notado alguna incongruencia en el discurso del pastor o de alguno de los ancianos.

Los perros no le ladraban, ni le mordían, había como un convenio entre ellos, a veces parecía un San Francisco, hablando con los perros, gatos, loros, monos, palomas y cuanto animal hubiese en el barrio. El sabía cuando un animal estaba triste y porque. A veces nos decía que Lorenzo, el loro de la señora Carmen estaba despechado por la lora de los italianos que se había muerto de tristeza.

Un día desapareció Víctor, lo buscamos en el patio de Puerto Rico, en la cañada, en el templo evangélico, en los terrenos enmontados que había en el barrio y sus alrededores, en los túneles de las pistas del aeropuerto, por todas partes. No apareció.

Nos dijeron que lo habían llevado al hospital psiquiátrico, se corrió la voz que Víctor estaba en el Manicomio, en Bellavista, al final de esa avenida. Organizamos un viaje para ir a rescatar a Víctor, al fin y al cabo él era nuestro propio loco. Llegamos a sus paredes amarillas, caminamos hasta la entrada, llevábamos nuestras hondas, piedras y metras. Estábamos dispuestos a todo por sacar a víctor de ese lugar que creíamos espantoso.

Quisimos entrar, pero nos salio un portero, con mas pinta de loco que víctor, nos miró con desconfianza y llamó a un policía que también tenía cara de loco furioso. Nos hizo correr por toda la avenida Bellavista. No paramos de correr hasta que llegamos a Pueblo Nuevo y una vez ubicados en el espacio, nos regresamos a nuestro barrio. No lo vimos, no llegamos a saber si estaba en ese sitio, fallamos, le fallamos al amigo.

Casi un año después y casi olvidado Víctor, llegó a mi casa un hombre bien vestido. Llamó a la puerta y salieron mi madre, mis hermanas, mis hermanos mayores y yo. El personaje nos parecía conocido. Era Víctor, era una persona distinta, afeitado, bien vestido, bien peinado y perfumado. Hablaba distinto, nos miraba distinto ¿Nos reconocerá? Todos los miembros de nuestra pandilla estábamos allí, admirados y preocupado que Víctor no nos reconociera. Se había curado, aunque a nosotros por primera vez nos pareció un verdadero loco.

Después de hablar con los mayores, se levantó para irse, nos miró de manera distinta, en ese momento nos imaginamos lo peor. No se acordaba de nosotros, nos borraron de su mente. Pero en un descuido de las personas mayores nos sonrió y nos hizo un gesto con su rostro, volvimos a ver el chimpancé que vivía en él. Era él, era Víctor, nuestro loco, nuestro amigo, en medio de su cordura había quedado algo de esa locura maravillosa en su cabeza.

Se montó en la camioneta de su primo, se iba para otra parte, quizás para su tierra, la guajira. Me pidió que me acercara y me dijo al oído: - Gracias por lo de esa tarde, cuando ustedes intentaron rescatarme. Eso me hizo comprometer con la cordura nuevamente- . -¿Cómo lo supiste?- Le pregunté. Él me dijo: -Me lo contaron las palomas y los perros del manicomio, me fueron a contar lo que ustedes hicieron-.

Arrancó la camioneta, ese fue el último día que vimos a víctor.

Maracaibo- Venezuela.
obedvizcaino@gmail.com


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Obed Juan Vizcaíno Nájera


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