Pirámide

1

Un velo de arena cubre los cielos desde el Atlántico al Mar Rojo. Cabalgo en el camello, perseguido por vendedores, regateadores, moscas. Atrás queda un caballo muerto, cercado por perros y buitres hambrientos. El polvo innumerable finge todas las formas. El vaivén de las dunas acompasa la oscilación de la joroba de la cabalgadura. Su cabeza apunta hacia la montaña de arena tras la cual asoma la masa brutal de la pirámide, la montaña primordial, el eje del mundo, cuya base cuadrada es la tierra, cuyos lados triangulares el aire, cuyo ápice el fuego. En vano trato de acercarme. Su talla colosal no varía al aproximarse. También es inútil todo intento de alejarse. Apenas el espesamiento del velo de arena alivia de la sobrecogedora presencia. En el torbellino una bolsa de plástico gira, cae, se eleva.

2

Egipto es la más insolente tentativa de resolver los problemas de la vida a través de la muerte, convirtiendo la una en la otra. Sólo podemos resolver un misterio planteando otro mayor. El sol se pone tras la pirámide, y la misericordiosa penumbra me hace recuperar el ser. La sombra de la mole avanza como un dedo que apunta hacia la noche. La exacta tiniebla triangular revela que la altura equivale al radio de la circunferencia que circunscribe el cuadrado de la base. Mientras el geométrico eclipse revela el misterio de la cuadratura del círculo, toco la piedra todavía candente y me es revelada la historia de las dinastías malditas, cuyos nombres fueron borrados de los cartuchos que emblematizan la eternidad, cuyos rostros han sido arrancados de sus colosales estatuas, cuyo destino fue olvidado para preservar la cordura de los hombres.

3

La primera de las dinastías malditas es en realidad la única, la que todavía perdura, la que para dominar las aguas que nos permiten devorar los órganos de la generación de las plantas organiza la vida como pirámide social y para erigirla organiza la muerte como pirámide de roca que se traga la vida que la construye, y las castas de sacerdotes que inventan el misterio y las de escribas que lo hacen impenetrable y el mecanismo ciego que requiere que por todas las eternidades que puede parir el útero de piedra de la pirámide la vida trabaje para la muerte.

4

El faraón Neketis inaugura las dinastías malditas al extender el Imperio sin Nombre en la Era sin Tiempo desde la primera catarata del Nilo, que brota del inframundo, por todo el Sur del Mediterráneo hasta las costas del Atlántico. Tocado por la pasión eternista que impone a los faraones ir al más allá acompañados de su séquito, resuelve partir escoltado por todos los habitantes de su reino. Desde el primer visir hasta el último esclavo agradecen el honor. Para clausurar cualquier otro devenir distinto de la eternidad, antes de descender a la cámara mortuoria que alojaría a un pueblo entero reducen todo su vasto imperio a polvo y lo abandonan, convertido en lo que conocemos ahora como desierto del Sahara.

5

Eternamente renacen el Nilo y el Éufrates y entre ellos el légamo de la civilización resurge eternamente. El faraón loco Akenatis confiere a todos sus súbditos el derecho a la inmortalidad, por lo cual todos y cada uno de sus ciudadanos no viven sino para dedicar cada instante de su vida a preparar su propia sepultura, que les garantiza la eternidad a cambio del presente. Mientras los cultivos se pierden y se desbordan las colosales represas, hasta el más humilde ser accede a la gloria de vivir para la muerte. El Mar Rojo y el Mediterráneo inundan los colosales valles excavados para alojar los millones de pequeñas pirámides que los corales finalmente devoran.

6

Kalkamitatón el séptimo de las estirpes interdictas concibe el delirio de construir pirámides invertidas, cuyo ápice concentre el inmenso peso sobre la tierra. A la sombra de ellas esperan la eternidad, pero las moles como dagas de roca van penetrando el pavimento hasta hundirse completamente en él y perderse hacia el centro de la tierra, llevándose consigo a sus constructores, fuera para siempre del alcance de la Historia y de los saqueadores de tumbas.

7

Desdichado el hombre que piensa en su muerte; desdichado aquél que subordina todos sus otros pensamientos a éste. Sinefris, de la séptima rama de las dinastías malditas, concibe paliar ese martirio venciendo con la muerte la escandalosa anarquía del nacimiento. Las dispersas pirámides de su estirpe, la mayoría de las sepulturas del candente Valle de los Reyes son encontradas vacías porque fueron construidas para seres que decidieron no nacer, situándose así desde siempre en la eternidad.

8

Nekephet de la novena estirpe interdicta somete a su Imperio la totalidad del mundo y usando el trabajo de toda la humanidad remodela todo el planeta tierra en forma de pirámide. Desde la cima sus astrónomos acuciosos penetran el misterio de los astros y planean utilizar la masa del Sol y quizá del universo para convertirlo en una pirámide funesta una vez que hubiera cesado la vida en la pluralidad de los mundos habitados. La fuerza de la gravitación termina derruyendo las cúspides de la pirámide planetaria y abismando todo en la anónima curva de la esfera.

9

La gran revolución social que acaba con la décima dinastía maldita estalla entre los pueblos de la cuarta catarata, que repentinamente deciden vivir el instante, sin anticipaciones ni recordatorios. El esplendorosos Imperio de la dicha se extiende por el Africa y el Asia, estremecido en el éxtasis del segundo sin memorias, librándose voluntariamente a las glorias del olvido y la putrefacción, y consigue el milagro de haber existido sin huellas y perecido sin nostalgias y la dicha de desaparecer de su propia memoria y de la de los hombres.

10

Tras el olvido que algunos confunden con decadencia, la familia real queda sin descendientes y asume el poder la concubina Neptis, fingiendo con barba postiza el estatuto de hija de los dioses y dueña de las Cuatro Regiones del Mundo. Desposeída como esclava de historia personal e incapaz como estéril de engendrar herederos o hechos, instaura la dictadura de los sacerdotes historiadores que inventan un pasado de esplendorosos faraones falaces y gloriosas batallas inexistentes. El fervor de saber que fabulan lleva a arquitectos, escultores, pintores y narradores a crear ficciones más vividas que lo real, una fantasmagoría más verídica que lo existente, todo lo que la resaca de los tiempos vomita en museos y bibliotecas y reverenciamos y añoramos como Historia.

11

El viento disuelve la pirámide y disuelve la tierra y disuelve el universo. En el vacío sólo queda girando una bolsa de plástico, que no se disuelve porque no es biodegradable.


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Luis Britto García

Escritor, historiador, ensayista y dramaturgo. http://luisbrittogarcia.blogspot.com

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