¿Cuánto vale el show?

Ingrid Betancourt vestida con ropa de estratégico fondo camuflado de uniforme militar. Desciende del avión mucho mejor de lo que esperábamos. Saludable, hasta rozagante, podríamos decir. No está libre de perplejidad por el sentido de su presencia en el escenario. Sarkozy, un poco triste en el trópico, tan lejos de Carla Bruni, le extiende sus brazos en vivo, vía satélite, rodeado de sus hijos.

Ay, cuánto se suspira en un mundo sin dioses. En los pasillos de espejos fragmentos, seccionados. Con la historia escrita, no importa si con la verdad, si con el poder de los "fuertes principios" de la derecha, basados en algo claro, pero que no debe decirse, no puede nombrarse: la reactivada e incesante máquina de la Guerra. Bajo este motivo innombrable, causa y efecto, el lenguaje político hizo del poder ciudadano la farsa del neocolonialismo mediático global. Impulsado por varios términos y argumentos que conforman el pasado más cruel de Occidente: el dominio imperialista, xenófobo y explotador.

Estamos en la burda historia que escribe el Capital sobre el mundo mediático global. Nos apropiamos de la cosa como prueba de lo real, y esta ilusoria expresividad, intensa y cruel, no deja de tener, en las manos, ahora redes del mercado, la consecuente concentración de grandes capitales transnacionales, corporaciones y su influencia determinante en los medios y en el mundo irregulado de la red.

Donde hasta los pedófilos celebran su fiesta, aniversaria o casual, bajo el lema "Por amor a los niños". En Internet , en la radio, por cualquier medio visual o impreso, se justifica la guerra, la extrema violencia, para exterminar a terroristas y narcotraficantes, en Afganistán, en Irak, en Ecuador, en Colombia y hasta donde indique el Norte y su decadente y anacrónica "Guerra al terrorismo", lamentable entrada al siglo XXI, ha reavivado las llamas, la tortura, la recompensa, el racismo.

La nueva territorialidad, no exenta de la máquina de la guerra, viene montada en la comunicación, en la acción mediática, en los íconos que marcan uniformemente los suburbios y ciudades del mundo. La historia –se escriba o se sueñe– adolece, aún hoy de una cartografía desconocida: el mundo del simulacro. Sus conceptos breves, el "impacto" como fin de juego, la promoción de emociones intensa, morbosas, extremas pero huecas: el terror, la violencia, el sexo, la perversión, la banalización del fetiche... etc.

Los pusilánimes, las vocecitas murmuradoras del Circo de Ferdinand, lanzan al ruedo sus más amancebadas lenguas viperinas. ¿Vamos a ver qué dice la Pulecio ahora? ¡Cómo será la arrechera de Chávez! etc...

Las Farc, dígale usted comunistas o terroristas, aunque sean cruelmente y preventivamente condenados, metidos en la Nave de Locos, Torturados en Cárceles imposibles, regadas en el mundo, en el resto del mundo. Terroristas o beligerantes, los miembros de las Farc también son colombianos. Y, curiosamente, carecemos de las tomas en vivo de los momentos de la liberación. Lo que ocurrió, los detalles, el estilo, los rehenes esposados, el silencio en torno al llamado de paz, la prepotencia con que el ministro Santos celebraba su victoria militar, inmiscuyéndose en la celebración del amor, la vida, la libertad... Cada uno tuvo su casting, y quedó clara la cooperación de los servicios de inteligencia de EEUU, con un poderío tecnológico que apenas intuimos. Lograron las coordenadas donde liberaron a Ingrid.

¿Cuánto vale el show? Millones, qué importa, lo financia el imperio. Pero les advierto que no mucho. Es un plagio (otros lo llaman: inspiración) de la Operación Enmanuel.


Escritora


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Stefania Mosca


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