La caída de un imperio

En su mensaje sobre el estado de la Unión, el Presidente Bush no mostró la arrogancia que había caracterizado su retórica en los primeros 5 años de ejercicio de la jefatura del Estado más poderoso –al menos militarmente- del planeta. Lo que el discurso exhibió fue el fracaso tanto de su política exterior como de su acción doméstica. Lógicamente este cambio de actitud no fue voluntario. No se debió a un proceso reflexivo producto de la advertencia que hiciese el senador Robert Byrd el 2002, recordando al también senador William Fulbright, quien calificó la resolución que autorizó el uso de la fuerza en Irak como producto de la arrogancia presidencial. Ese mudanza de postura fue el resultado de un castigo impuesto por el propio pueblo usamericano, que hasta ayer nomás le brindara un sólido apoyo a sus políticas destinadas a la reconquista, por parte del pensamiento liberal, dentro de la mascarada del “neoliberalismo”, de las riendas de la historia. Una pena que es el resultado, como lo fue la caída de Nixon, pronosticada por Fulbright, del uso del engaño, para alienar a una población con falsas promesas. Ofertas sustentadas en una ideología, que como dice Carlos Marx, esta fundada en ideas falsas creadas por los hombres, que creen que cambiando el modo de pensar de la gente se transforma la realidad, contribuyendo con sus ilusiones sobre la materialidad a la embriaguez de los pueblos.

Este nuevo tono de su retórica refleja el rechazo que experimenta su gestión por parte del 70% de la población de su país, y por más de la mitad de la humanidad. Sin embargo no abandona totalmente la arrogancia. Mantiene la idea conservadora del “destino manifiesto” de la sociedad anglosajona protestante norteamericana de erigirse en Imperio mundial para imponer “la civilización y el orden” al resto de la humanidad. Y en esa dirección propone la continuación del uso de la fuerza como instrumento eficaz para esa finalidad, colocando ahora como enemigos fundamentales a controlar a Irán y Cuba. Es decir que se aferra a la irracionalidad de una estrategia suma cero que condujo a la decadencia de un pueblo cuyas realizaciones le habían permitido alcanzar, dentro de la idea de la democracia, una primacía en el orden mundial. La transformación de la República en un Imperio, bajo la tutoría de lo que el Presidente Dwight Einsenhower llamara el “complejo industrial-militar”, como ha ocurrido con todos los imperios que registra la historia, se ha traducido en el descenso de la comunidad política que le dio origen. Efectivamente, esa política que llevó al pueblo usamericano a pensar que la realización de sus ciudadanos dependía de la instalación de un mercado mundial con un consumo ascendiente de bienes, le proporcionó a ese centro de poder graves pérdidas que se traducen en incertidumbre sobre su destino.

Tal situación es el resultado de los severos problemas confrontados por Washington por la ocupación de Irak, y la declinación del dólar como moneda internacional en los mercados. Ellos han revelado las limitaciones y vulnerabilidades del poder militar de los EEUU, y han resaltado las debilidades de su sistema económico, que se expresan por el déficit comercial y presupuestario persistente, enraizado en los cambios en el balance mundial del poder económico. Pero la pérdida más significativa ha sido la relativa a la disminución sensible de su liderazgo internacional. Ahora los países con cierta capacidad de acción a escala internacional no tienen reparos para oponerse a sus políticas y preferencias cuando ellas no responden a sus propios intereses independientes. Eso es una ganancia para quienes habían sido estados vasallos en el sistema internacional. Pero implica un aumento de los riesgos derivados del uso de la libertad.

escruz@movistar.net.ve


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Alberto Müller Rojas*


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