Una conferencia peliaguda

Éste no es un escrito para recreo de su autor, y tampoco un modo preciso de poner éste en orden sus ideas: los dos motivos principales de todo escrito retórico. Éste es un escrito de denuncia basado en sólidas sospechas. También, un desahogo y una lamentación. Por eso voy al grano. Y por eso la forma expresiva puede resultar un tanto descuidada, pero será en favor del dramatismo involuntario que encierra el meollo de la cuestión...

El agua es la vida y no hay nada que pueda sustituirla. En las grandes ciudades el consumo es tremendo. Se maltrata al agua, se abusa de ella. Como si fuese inagotable. Y más en ciudades como la capital de este país, la única del mundo conocido que no tiene mar y tampoco propiamente un río caudaloso. Un lugar en el que toda el agua que precisa la población que ronda los 5 millones, depende exclusivamente de la lluvia, de la nieve acumulada en las montañas cercanas y de su deshielo progresivo. La necesidad de la lluvia y de la nieve en nuestras latitudes es incontestable. No hay otras fuentes. Pero se da la circunstancia de que la península ibérica pero también el planeta en general, gradual pero vertiginosamente van hacia la desecación. Es por esto que grandes emporios se vienen adueñando desde hace tiempo de las fuentes de agua potable del mundo sin previo aviso, sin publicidad, sin convertir en noticia el propósito, van al hecho consumado. Como la Iglesia española inmatricula edificios públicos no registrados. Con astucia, secretismo y oportunismo...

Hace mucho más tiempo que el que han necesitado los sabios, y al decir sabios me refiero a científicos y metereólogos comprometidos en acuerdos de vastísimos colectivos que silencian estas cosas, observadores profanos pero conectados vivamente a la Naturaleza venimos prestando atención a la pluviometría. Es alarmante. No en el transcurso de una Era, sino en el tiempo doméstico, real, de una vida humana, el agua empieza ya a valer en España tanto como en otros muchos lugares del planeta donde el sol es el dueño y señor. Pues en España apenas llueve y apenas nieva. Y a ello se añade la rápida evaporación y el rápido deshielo de las cumbres por el notable aumento de la temperatura, tanto del globo como local. Cuando llueve, llueve o muy débilmente o torrencialmente. No habría, pues, a partir de esta observación, propiamente un cambio climático, sino una mutación climática en tanto que mutación supone idea de desorden, de caos y de proceso cancerígeno. Por ejemplo, en el corto espacio de una semana, y sin mediar lluvia ni tormenta alguna, el termómetro puede pasar de grados propios de la canícula, a grados propios del otoño, para volver otra vez a temperaturas de canícula...

En el mundo hay 7.724.328 millones de seres humanos en el momento que escribo el guarismo. Y sigue contando el contador cada décima de segundo. La superpoblación es imparable. Está claro que empieza a ser un problema de gran envergadura para la Humanidad. Hasta ahora la demografía se ha regulado “automáticamente” a través de guerras y especialmente guerras de exterminio o exterminadoras. Por eso, lo que voy a decir puede parecer atroz, pero lo cierto es que es posible que desde el punto de vista biológico esté “justificado”. Me refiero a una participación directa, consciente e inconsciente al mismo tiempo, del humano que actúa como agente de la fatalidad. Un humano “desconsiderado” que interviene como mecanismo de regulación “natural” (natural es también la biología y el humano parte de la zoología) aunque pueda ser, y es, también brutal. Sea como fuere, se entrevé, o se adivina, el propósito que yace en las profundidades de la sociedad humana cuyo epicentro no es fácil localizar, de diezmar severamente la demografía mundial. Y lo peor es que parece ser España uno de los territorios por donde empieza la ejecución. No hay nazismos ahora, pero la hibrys, la desmesura y la vesania no abandonan al humano desde que Erasmo de Rotterdam escribió el “Elogio de la locura”. Porque la “necesidad vital” de la especie está por encima de cada individuo por separado. Y la superpoblación puede dar lugar a una secreta, como todas, confubalación en nombre de la especie precisamente para su “salvación”.

Desde luego a los artefactos que desde hace al menos una década sobrevuelan los cielos de la península especialmente del centro y del sudeste, y cuyo número va en aumento y seguramente en progresión, todavía nadie les ha dado una explicación convincente. Nadie de los obligados a ello: las altas dignidades del Estado y Defensa especialmente. Las autoridades políticas, militares y de toda clase son esquivas, no responden o lo hacen quitando importancia al “avatar”. A las interpelaciones que se les hace por distintas vías, incluidas las del sector agrícola y las de agricultores preocupados, responden con evasivas o afirmando que esas estelas que vemos en el cielo es simple “vapor de agua”, y además, que no se puede controlar el espacio aéreo por encima de cierta altura (de modo que si a uno de esos artefactos se le ocurre lanzar una bomba sobre este país, Defensa está disculpada). Pero lo cierto es que en el BOE, 849/1986 en su artículo 3, se dispone que “la fase atmosférica del ciclo hidrológico (la lluvia) sólo podrá ser modificada por la Administración del Estado o por aquellos a quien éste autorice”; ¿qué significa esto? ¿qué es si no atribuirse el Estado el derecho a manipular y forzar el orden natural? No se explica la presencia masiva de esos aparatos, y ello coincide con la disminución progresiva de lluvias, de nieves y de borrascas. Hay, por tanto, motivos para despertar en la población gravísimas sospechas.

Porque si las condiciones medioambientales fuesen normales y normal el régimen de lluvias en las distintas zonas de la península con arreglo a su cadencia aún eventualmente cambiante, interrogarnos sobre esos aparatos no pasaría de simple curiosidad. Pero cada año llueve menos en otoño o no llueve, llueve menos en primavera o no llueve, y la nieve es cada año significativamente decreciente. Los ríos se secan. Los arroyos y regatos están desapareciendo. No quedan pastos en muchas zonas del país donde los hubo. Los pueblos del sistema central están dosificando la poca agua que les queda en depósitos custodiados casi bajo llave. El sudeste empieza a parecerse a un desierto. Por millones se cuentan los almendros secos. Los análisis de sangre de los pacientes de aquella zona acusan un grave incremento de bario, de aluminio, de plomo y de estroncio procedentes de la contaminación, muy por encima de lo que se considera normal. Las potentes borrascas que entraban por el noroeste ya no llegan. Bordean la costa y siguen en ángulo recto hacia Francia y los Alpes. Apenas hay nubosidad, o el cielo está enrarecido y entrecruzado por numerosas estelas del demonio de ésas... Pero todo da la sensación de estar bajo control. Los meteorólogos siguen su rutina y no expresan su extrañeza. Está visto que no pueden hablar. Sin embargo, lo que se ve venir es que, al igual que el pasado año, no hay a la vista a lo largo del año hidrológico que empieza en setiembre, lluvias y nieves que llenen de nuevo los embalses. Lo que no sabemos es qué pasará cuando se agote el agua embalsada. Pero se lo puede uno imaginar.

Es decir, la temperatura de la tierra sube, bien sea por los abusos que el ser humano viene cometiendo con la Naturaleza, bien porque el globo ha entrado simplemente en otro ciclo térmico: las dos tesis predominantes. Pero la intención de extraer del lance el máximo aprovechamiento que, dicho sea de paso, sólo está al alcance de las grandes corporaciones (prácticamente invisibles, solapadas unas en otras y haciéndolo de tal manera que el propósito desconcierte al mundo porque ongs compuestas de militantes voluntariosos ajenos a la intención están controladas a distancia por ellas), es cada vez más verosímil. Pero no sólo eso, también se perfila el propósito de acelerar el proceso del calentamiento para rentabilizarlo cuanto antes. Ahí están la deforestación metódica de la Amazonía y, aparte las altas temperaturas, o aprovechándolas, lo que parece una forzada licuación de los polos, o la oferta de comprar Groenlandia a Dinamarca del presidente estadounidense, como en 1867, recién terminada la guerra de secesión, Estados Unidos compró Alaska a Rusia por 100 millones de dólares o antes la Lousiana a Francia. Lo que concuerda con la teoría cada vez más extendida de que todo esto es obra de los eugenistas y de los almacenistas de dinero del mundo para hacerse sin tapujos dueños del planeta a través del control del clima: control, no para provocar la lluvia que riegue los campos y colme los pantanos y los ríos, sino para que se sequen y se sequen las lagunas y los lagos y los humedales de zonas y países, según un minucioso plan. Y para que en corto espacio de tiempo la mayor parte de la población, empezando por la española, y siguiendo luego a saber cuáles otras, vayan pereciendo, en línea con el llamamiento público, hace años, de una tal Christine Lagard, secretaria del FMI, y del ministro de economía nipón a quitarse la vida los ancianos porque la ancianidad supone un grave quebranto para la economía de los Estsdos. Pero eso, sí, por el bien de la Humanidad. Un extraño plan. Pero lo que en España mueve a sublevación es que, relacionado con este llamamiento, es la hipótesis no descabellada de la colaboración del Estado español, a través del artículo 3 de la Ley 849/1986 de imposible explicación...

Quiere decirse, que sí esta teoría, la de la deliberada destrucción del ecosistema Tierra, fuese conspiranoide o fruto de una imaginación calenturienta; si esos aparatos que vuelan dejando estelas fuesen de recreo o respondiesen a cualquier frivolidad, etc, sería aún peor: podríamos suponer que estamos en el final de los tiempos. Para creyentes y no creyentes: si todo empezó con el Diluvio Universal, todo parece apuntar a la Sequía Universal.

Sin embargo, lo que importa en la primera plana de los noticiarios no es esto que, silenciosamente, está sucediendo. Por eso las piscinas particulares y las glorietas y las fuentes públicas siguen rebosando agua; por eso se sigue llamando a la compra de chalets con piscina; por eso sigue la costumbre de ducharse dos veces al día. Parte del litoral levantino se abastece de un embalse del que también se abastece la capital. Todo sigue como si nada pasara. Hay que evitar la alarma social. Por eso sigue también en pie el proyecto de obra faraónica de una ciudad dentro de la capital. Miles y miles de hectáreas serán construidas, y con ello gran número de rascacielos... ¿De qué os servirá todo eso, estúpidos, necios, miserables, sí para entonces no va a haber agua?

Pero lo importante parecen seguir siendo las esquivas, las argucias, las fintas y las maniobras de los políticos... Dicen, unos, que habrá pacto. Otros, que vamos a elecciones... ¡Qué bien se lo pasan los políticos haciendo piruetas con su retórica; los politólogos y los periodistas con sus apuestas, y los medios ganando dinero a espuertas con sus pactómetros y vaticinios; desgranando todo con la minuciosidad del relojero! Y mientras tanto gran parte de España, y más adelante toda, no en el futuro sino mañana, rápidamente destinada a convertirse en un desierto. Y ellos sin hacer nada...

Ya sé que en cuanto salimos del baño o de la ducha, baja la temperatura y caen cuatro gotas, se desvanece la aprensión. Pero ajena a nosotros, prosigue la entropía... Sea como fuere, bien por la intervención del hombre, bien sea porque la Naturaleza ha entrado en shock, da la impresión de que nos enfrentamos al fatum, a lo fatídico. Decían los antiguos griegos que los dioses ayudan a quienes aceptan y arrastran a quienes se resisten. Yo acepto. No quiero que me arrastren. Los gobernantes y los políticos mediocres, mentecatos y necios que, en España, son la inmensa mayoría, prestan atención exorbitante a futilezas, y desconocen o quieren desconocer lo que se nos viene encima. Lo que se nos viene encima por los motivos que sea, pues llegado el planeta al estado en que se encuentra y las condiciones climáticas a que hemos llegado, la verdad es que resulta indiferente cuáles sean las causas. Pues acaba siendo irrelevante la distinción y parecen de todo punto irreversibles. Personalmente estoy harto, pero tengo una edad y recursos. Así es que, por respeto a “los sin agua”, seguiré lavándome las manos con un hilo de agua del grifo. Pero a partir de ahora me ducharé tres veces al día a medida que la cosa se vaya poniendo fea iré emigrando sucesivamente al Norte. Tengo una edad avanzada y me queda demasiado poco tiempo para sufrir... Que, con la preocupación o la desesperación que tarde o temprano habrá de llegarles, apenquen otros. Y en relación a los optimistas en sentido contrario, que el optimismo corra de su cuenta...


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Jaime Richart

Antropólogo y jurista.

 richart.jaime@gmail.com      @jjaimerichart

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