Introducción
Después de la muerte de Hugo Chávez, el gobierno venezolano siguió con un discurso antiimperialista. Hoy asistimos a un quiebre cualitativo: ya no se trata de contradicciones, zigzags o concesiones parciales, sino de una capitulación estructural ante Estados Unidos.
Esta capitulación no puede explicarse como una suma de "errores tácticos", malas decisiones coyunturales, presiones externas irresistibles y sobre todo la renuncia a abolir el capitalismo apoyándose en la clase trabajadora. Lo que está en marcha es una orientación consciente de la cúpula gobernante, cuyo objetivo central no es la defensa de la soberanía ni mucho menos la emancipación social, sino la preservación del aparato estatal existente y de los privilegios materiales de la burocracia civil-militar que lo controla. En ese marco, la nación, sus recursos y su población pasan a ser moneda de cambio en una negociación desigual con el imperialismo.
Lejos de estabilizar la situación del país, esta estrategia agrava todas las contradicciones. La entrega económica, política y geopolítica no descomprime la presión externa: la reorganiza en términos más favorables al capital estadounidense. Al mismo tiempo, destruye el relato legitimador interno y disciplina a amplios sectores populares en nombre de una supuesta "resistencia". Cuando el antiimperialismo se vacía de contenido material, lo que queda es un Estado desnudo, defendiendo intereses cada vez más ajenos a las masas.
Este texto no parte de la nostalgia, ni de la defensa acrítica del chavismo, ni de ninguna idealización del pasado. Tampoco busca justificar salidas desesperadas o aventuras sin horizonte. Su objetivo es advertir: mostrar que la capitulación abierta no cierra la crisis venezolana, sino que abre escenarios más peligrosos, marcados por la fractura interna, la descomposición política y el posible surgimiento de respuestas deformadas y reaccionarias ante una traición histórica. Entender esta dinámica es una tarea imprescindible para cualquier análisis marxista serio del momento actual.
La capitulación como proceso, no como hecho puntual
La capitulación del gobierno venezolano ante Estados Unidos no puede entenderse como un acontecimiento aislado, un "punto de inflexión" repentino o una decisión excepcional tomada bajo circunstancias extremas. Es, por el contrario, un proceso acumulativo, construido paso a paso a través de concesiones sucesivas que, vistas de manera fragmentada, podían presentarse como tácticas defensivas, pero que en su conjunto configuran una reorientación estratégica completa.
En primer lugar, el petróleo —eje material de la soberanía venezolana— ha sido progresivamente colocado en el centro de negociaciones opacas, licencias especiales, acuerdos asimétricos y esquemas de asociación que subordinan la producción y comercialización a los intereses del capital extranjero, ahora particularmente el estadounidense. No se trata solo de vender crudo, sino de ceder control, aceptar tutelas y normalizar la idea de que la supervivencia del Estado depende de la benevolencia del imperialismo.
En paralelo, la política exterior ha sido vaciada de cualquier contenido mínimamente independiente. El alineamiento "pragmático" se traduce en silencios cómplices, retrocesos diplomáticos y en el distanciamiento progresivo —abierto o encubierto— de alianzas que antes se presentaban como estratégicas. La supuesta defensa de un mundo "multipolar" queda reducida a consigna hueca cuando, en la práctica, se acepta la reincorporación subordinada al orden imperialista.
Las alianzas estratégicas también han sido redefinidas bajo esta lógica. Ya no se trata de acuerdos entre Estados soberanos, sino de reacomodos forzados para tranquilizar a Washington, expulsar competidores geopolíticos y demostrar "fiabilidad" ante el capital internacional. Cada gesto en esa dirección refuerza la dependencia y debilita la capacidad de maniobra futura, cerrando aún más el margen para cualquier política independiente.
Finalmente, la soberanía económica —ya severamente erosionada— es sacrificada en nombre de la "estabilidad". Reformas regresivas, flexibilización laboral de facto, privatizaciones encubiertas y garantías extraordinarias al capital se justifican como males necesarios. Pero lo que se consolida es un Estado que ya no actúa como defensor de la nación, sino como administrador de su derrota, encargado de gestionar la adaptación del país a una posición claramente subordinada.
Cada una de estas concesiones debilita el relato nacional-popular. Ese relato no se derrumba de un día para otro: se desgasta, se vacía, pierde credibilidad. Cuando el discurso ya no coincide con la práctica material, la legitimidad se erosiona y el control político debe sostenerse por otros medios.
Por eso es fundamental subrayar con claridad que la capitulación ante Trump no evita la crisis sino que la desplaza hacia dentro.
Lo que antes se expresaba como confrontación externa ahora se transforma en tensión interna, fractura política, desmoralización y radicalización sin horizonte. Al renunciar a cualquier salida soberana y de clase, el gobierno no estabiliza el país: siembra las condiciones de una crisis más profunda, menos controlable y potencialmente más violenta.
Burocracia adaptada vs sectores desplazados
La profundización de la capitulación no produce una reacción homogénea dentro del chavismo. Por el contrario, acelera una fractura interna que ya existía de forma latente, pero que ahora adquiere un carácter más agudo y peligroso. Esta fractura no se expresa —al menos por ahora— como una ruptura abierta, sino como una división política y material entre dos bloques con intereses y expectativas cada vez más incompatibles.
Por un lado, se encuentra la cúpula civil-militar, plenamente integrada al nuevo orden que se está configurando. Este sector ha logrado adaptarse a la reorientación proimperialista porque sus intereses no dependen de la soberanía nacional ni del apoyo popular, sino del control del Estado, de los recursos estratégicos y de su capacidad de negociación directa con el capital extranjero. Para esta fracción, la capitulación no es una tragedia histórica, sino una estrategia de supervivencia y reproducción. Su antiimperialismo ha devenido puramente instrumental: retórico hacia abajo, negociador hacia arriba.
En el extremo opuesto se ubican sectores desplazados y descontentos del chavismo: cuadros medios del aparato político, militantes históricos, funcionarios sin acceso a los grandes negocios, sectores de base e incluso actores armados subordinados que no esperaban que el proceso de capitulación llegara tan lejos. No se trata de un bloque homogéneo ni políticamente coherente, pero comparten una experiencia común: la sensación de haber sido utilizados y luego descartados en nombre de una estabilidad que ya no los incluye.
Es fundamental subrayarlo sin ambigüedades: este segundo sector descontento tras esta vergonzosa capitulación no es portador de una estrategia de clase. Arrastra profundas limitaciones políticas, una visión nacionalista difusa y una fuerte dependencia del Estado que hoy los margina mientras negocian con Washington. Sin embargo, lo que los vuelve relevantes no es su programa —que prácticamente no existe— sino su estado subjetivo: se sienten traicionados no sólo en términos materiales, sino simbólicos e históricos. Para muchos de ellos, la capitulación representa una humillación nacional y una ruptura con aquello que creían estar defendiendo.
Aquí emerge un fenómeno peligroso: el descontento sin programa. Al no disponer de una política marxista, ni de una estrategia independiente de clase, ni de canales reales de disputa política, una parte de ese descontento no se traduce en organización consciente, sino en resentimiento acumulado, desesperación política y búsqueda de salidas "contundentes". No es una radicalización hacia el socialismo, sino hacia formas confusas de oposición al nuevo orden impuesto desde arriba.
Esta fractura interna es explosiva precisamente porque no se procesa políticamente. La cúpula busca cerrarla mediante disciplina, silencios y represión selectiva; los sectores desplazados, al no poder disputar el rumbo, oscilan entre la resignación y la tentación de respuestas extrainstitucionales. En ese punto, la crisis deja de ser solo un conflicto entre el Estado y el imperialismo para convertirse en una crisis dentro del propio bloque gobernante, con consecuencias imprevisibles.
Lo decisivo es entender que esta fractura no abre automáticamente una salida progresiva. Sin intervención consciente de la clase trabajadora como sujeto independiente y la falta de un programa marxista, el descontento sin programa no conduce a la emancipación, sino a escenarios de descomposición política que pueden adoptar formas cada vez más peligrosas.
Cuando la política se cierra, la violencia aparece como ilusión
Cuando un proceso político clausura sistemáticamente todas las vías de intervención consciente, la historia demuestra que la violencia comienza a aparecer —para ciertos sectores— como una salida ilusoria. No porque sea revolucionaria, ni porque exprese fuerza real, sino porque la política ha sido expulsada del terreno social y reemplazada por la administración autoritaria de la crisis. En ese contexto, la acción armada deja de ser un medio subordinado a una estrategia y pasa a ser percibida como sustituto de la política ausente.
En la Venezuela actual, los canales políticos reales están cerrados. No existe debate interno efectivo, ni posibilidad de disputa estratégica dentro del chavismo, ni margen para la construcción de una alternativa por izquierda. Este mismo bloque gobernante ha criminalizado a la izquierda combativa. La organización independiente de la clase trabajadora es neutralizada, los sindicatos son controlados o vaciados, y cualquier intento de articulación autónoma es rápidamente absorbido, deslegitimado o reprimido. La política, entendida como acción colectiva consciente de las masas, ha sido reemplazada por la obediencia y la gestión desde arriba.
En este vacío, algunos sectores comienzan a confundir radicalidad con acción armada. No porque crean seriamente que pueden derrotar al imperialismo o transformar la sociedad por esa vía, sino porque no ven ninguna otra forma de expresar la ruptura. La violencia aparece entonces como gesto, como atajo, como acto "decisivo" frente a una realidad que parece bloqueada. Es una radicalidad sin horizonte, que sustituye el análisis por la urgencia y la estrategia por la desesperación. Esta cúpula gobernante está creando peligrosamente las condiciones objetivas para el surgimiento de guerrillas rurales o urbanas.
Es fundamental rechazar cualquier lectura romántica o heroica de este fenómeno. No se trata de una "vuelta a la lucha", ni de una reaparición de la combatividad revolucionaria. Es, por el contrario, un síntoma de bloqueo histórico. Cuando la política de clase desaparece, la violencia no emerge como instrumento consciente de transformación, sino como expresión deformada de la impotencia. No abre caminos: los cierra aún más.
Desde el marxismo, este punto es central y debe formularse sin ambigüedades, cuando no hay política de clase, la violencia aparece como sustituto deformado de la acción revolucionaria.
Esa violencia no surge de la fuerza organizada de la clase trabajadora, sino de su ausencia como sujeto. No se apoya en la movilización consciente de las masas, sino en núcleos aislados que actúan en nombre de una radicalidad abstracta. Y precisamente por eso, lejos de desafiar al orden existente, termina reforzándolo: justifica la represión, legítima el control autoritario y facilita la intervención externa bajo el discurso del "orden" y la "seguridad".
Así, la ilusión de la lucha armada no es una alternativa al cierre político que hoy vivimos, sino una de sus consecuencias más regresivas. No expresa una salida revolucionaria, sino el fracaso de un proceso que, al negar la política de clase, empuja a sectores desorientados hacia callejones sin salida.
¿Qué tipo de grupos podrían surgir?
Si la dinámica descrita se profundiza —capitulación sostenida, cierre de la política, gran descontento sin programa—, la eventual aparición de grupos armados no debe analizarse en términos militares ni tácticos, sino políticos y sociales. Lo decisivo no es cómo actuarían, sino qué representarían en el cuadro general de la crisis venezolana.
En primer lugar, serían minoritarios. No surgirían de una movilización masiva de la clase trabajadora ni de un proceso de autoorganización popular consciente, sino de núcleos reducidos, escindidos del aparato estatal (como por ejemplo los Colectivos) o de su periferia política. Su existencia expresaría una ruptura parcial, no un movimiento social amplio con capacidad de disputar hegemonía.
En segundo lugar, serían fragmentados. La ausencia de un programa coherente y de una dirección política centralizada impediría cualquier unificación estratégica. Lo más probable sería la coexistencia de grupos dispersos, sin coordinación orgánica, con lecturas distintas —y a menudo contradictorias— sobre el enemigo principal, los objetivos y los medios. Esta fragmentación no es accidental: es el reflejo directo de la descomposición del bloque político gobernante del que emergen.
En tercer lugar, carecerían de base obrera organizada. Este punto es decisivo desde una perspectiva marxista. Sin sindicatos independientes, sin organismos de poder de las masas, sin inserción real en la producción y en la vida cotidiana de la clase trabajadora, estos grupos no podrían actuar como expresión de intereses de clase. Su relación con el pueblo sería, en el mejor de los casos, indirecta y simbólica, y en el peor, completamente ajena.
Ideológicamente, estarían atravesados por una confusión profunda. Su discurso combinaría elementos de nacionalismo herido, antiimperialismo abstracto, lealtades rotas y referencias nostálgicas a un pasado idealizado. Pero esa mezcla no constituye un reflejo consciente de la lucha de clases, sino una reacción moral y política ante la traición percibida. La ausencia de una perspectiva marxista los condena a oscilar entre consignas radicales y prácticas políticamente impotentes.
Por todo ello, es imprescindible rechazar cualquier identificación automática entre la aparición de estos grupos y una "reanudación de la lucha revolucionaria". No estaríamos ante guerrillas revolucionarias en el sentido histórico del término, ni ante instrumentos de emancipación social. Estaríamos ante expresiones armadas de la descomposición del régimen, productos de un proceso que ha destruido tanto la soberanía real como la posibilidad de una respuesta consciente de clase.
En ese sentido, su eventual surgimiento no señalaría una salida, sino la profundidad de la crisis. No indicaría fortaleza política, sino el vacío dejado por la capitulación y el cierre de la política. Entender esta diferencia es fundamental para no confundir consecuencias trágicas con alternativas históricas.
Una vía desastrosa
El eventual surgimiento de grupos armados sin base de clase ni estrategia revolucionaria no constituye una amenaza real para el imperialismo. Por el contrario, tiende a reforzar su posición, tanto a nivel político como ideológico y operativo. Esta afirmación puede parecer contraintuitiva para sectores radicalizados, pero está sólidamente fundada en la experiencia histórica y en el análisis marxista del poder imperialista contemporáneo.
En primer lugar, estos grupos facilitan la represión. La existencia de focos armados aislados permite al Estado —y a sus aliados externos— justificar el endurecimiento del control político, la criminalización de la disidencia y la neutralización preventiva de cualquier forma de organización social autónoma. Bajo el pretexto de la "seguridad", se amplían las facultades represivas y se clausuran aún más los espacios de acción colectiva. En este escenario, la represión no distingue entre violencia armada minoritaria y protesta social legítima: todo queda subsumido bajo la misma lógica de orden.
En segundo lugar, estos grupos legitiman la tutela imperialista. El imperialismo no necesita demostrar su dominación sólo con tanques o sanciones; le basta con construir un relato de "Estado fallido", "amenaza terrorista" o "inestabilidad crónica" para intervenir, condicionar y supervisar. La aparición de violencia política desarticulada alimenta ese relato, ofreciendo la coartada perfecta para una mayor injerencia externa, ya sea directa o indirecta. Lo que se presenta como resistencia termina funcionando como argumento para la ocupación política.
En tercer lugar, esta vía aísla cualquier resistencia social real. La clase trabajadora y los sectores populares —ya golpeados por la crisis— tienden a distanciarse de dinámicas que perciben como ajenas, peligrosas o sin horizonte. La violencia sin proyecto no convoca: intimida o desmoviliza. En lugar de ampliar la base social de la lucha contra el imperialismo y a la capitulación, la reduce, fragmenta y empuja a las masas a buscar refugio en el "mal menor" o en la pasividad.
El error de fondo consiste en sobreestimar el impacto de la violencia aislada y subestimar la capacidad de absorción del imperialismo. Las grandes potencias no temen a focos armados sin inserción de masas; los administran. Los infiltran, los cercan, los desgastan y, sobre todo, los convierten en parte del problema que dicen venir a resolver. Mientras tanto, el tiempo juega a su favor: se consolidan acuerdos, se reordenan economías y se normaliza la subordinación.
Por eso, la advertencia debe formularse con toda claridad, y que la violencia sin clase no debilita al imperialismo. Todo lo contrario le da argumentos y tiempo.
No enfrenta el núcleo del poder, no rompe la dependencia estructural, no construye una alternativa. Al contrario, desvía la atención del terreno decisivo, que es la organización consciente e independiente de la clase trabajadora. Sin ese sujeto, toda violencia se vuelve funcional al orden que dice combatir.
El gran ausente. La clase trabajadora como sujeto independiente
Cualquier análisis serio sobre la crisis venezolana debe subrayar un hecho central: la ausencia de la clase trabajadora como sujeto político independiente. Esta ausencia no es un accidente ni una simple debilidad coyuntural; es la condición que permite que la capitulación se consolide, que la radicalización se deforme y que la violencia aislada no tenga impacto emancipador.
Actualmente, no existen organismos de poder obrero autónomos, capaces de disputar decisiones económicas o políticas fundamentales. Los sindicatos y consejos de trabajadores, si se mantienen, han sido cooptados, desarticulados o vaciados de contenido de clase, funcionando más como instrumentos del Estado que como órganos de autoorganización de la clase trabajadora. Tampoco hay control obrero sobre la producción, que es el mecanismo material que permitiría a los trabajadores incidir sobre la economía y condicionar la política. Por último, no existe un partido revolucionario capaz de unificar, orientar y articular las luchas de clase hacia objetivos estratégicos.
La consecuencia es clara: sin clase trabajadora organizada e independiente, no hay revolución posible. Lo que puede surgir en su lugar son dos fenómenos deformados:
1. Crisis administrada desde arriba, donde la capitulación y la dependencia estructural se justifican como soluciones "pragmáticas" mientras se evita cualquier desafío real al orden.
2. Descomposición violenta, donde sectores frustrados actúan por impulso, resentimiento o sentido de traición, sin coordinación de clase, generando fragmentación y caos.
Esta sección es crucial porque marca la diferencia entre violencia militarista y acción revolucionaria consciente. Mientras la primera surge de la impotencia y produce efectos regresivos, la segunda depende de la organización independiente de la clase trabajadora, capaz de transformar la relación de fuerzas y disputar el poder real. Sin este factor, cualquier forma de violencia, por intensa que sea, refuerza la dependencia y la descomposición, y no abre ninguna salida histórica progresista.
En otras palabras, la clave no está en quién tiene armas ni en quién se radicaliza, sino en quién tiene la capacidad de actuar como sujeto colectivo y estratégico: la clase trabajadora organizada. Cualquier análisis que ignore esto corre el riesgo de confundir gestos desesperados con alternativas revolucionarias, y ese es el peligro que debemos subrayar en este contexto.
El ejemplo de la Argelia post-independencia (década de 1960)
Tras la independencia de Argelia en 1962, luego de más de siete años de lucha contra el colonialismo francés, el Frente de Liberación Nacional (FLN) asumió el poder central en todo el país. Desde un principio, la dirección del FLN buscó consolidar un Estado fuerte y centralizado, asegurando el control sobre la política, la economía y las fuerzas armadas, y garantizando su autoridad frente a cualquier desafío interno.
Sin embargo, la construcción de este Estado centralizado no fue homogénea ni aceptada por todos los actores que habían participado en la lucha de liberación. Sectores del FLN —militantes históricos, cuadros intermedios, jefes locales de combate y guerrilleros urbanos o del monte— comenzaron a percibir que la dirección central había traicionado los objetivos de la revolución. Se estaba priorizando la consolidación de la burocracia central, más que la emancipación social y económica de la población.
Las decisiones del FLN central a menudo se subordinaban a intereses diplomáticos y económicos internacionales, principalmente en la búsqueda de reconocimiento y estabilidad ante Francia y otras potencias, sacrificando reivindicaciones sociales internas.
Muchos militantes esperaban que la revolución transformara la sociedad y promoviera la participación popular, pero la dirección imponía un control autoritario, dejando muy poco espacio para la autonomía local.
En respuesta, surgieron escisiones: pequeños grupos armados o núcleos de militantes que actuaban al margen del FLN central, tratando de mantener lo que consideraban los valores originales de la independencia. Estas escisiones compartían algunas características importantes: eran minoritarios y fragmentados.
No contaban con coordinación central, ni con un liderazgo unificado que pudiera articular un plan político coherente. Actuaban de manera dispersa, en ciudades o regiones rurales, sin capacidad de incidencia nacional. Carecían de una base popular amplia y un programa marxista.
La mayoría de la población estaba políticamente neutralizada, fatigada por la guerra y organizada bajo el control del FLN central. Estas escisiones no lograron movilizar a la clase trabajadora ni a los campesinos más allá de sus núcleos inmediatos. No eran un sujeto de clase consciente. Su acción surgía de un sentimiento de traición y frustración, no de un programa estratégico de emancipación socialista. Sus objetivos eran a menudo difusos, mezclando nacionalismo, antiimperialismo abstracto y reivindicación de ideales históricos de la lucha anti-colonial.
El resultado histórico fue claro. Los grupos fueron neutralizados o absorbidos por la burocracia central del FLN. Su existencia justificó la consolidación de un Estado fuerte, que utilizó la amenaza de la violencia armada para legitimar la represión interna y la centralización política.
La falta de un sujeto de clase organizado significó que ninguna acción de estos grupos pudiera realmente desafiar el nuevo orden ni transformar las condiciones materiales de la sociedad.
En términos marxistas, este caso ilustra perfectamente un peligro que puede repetirse en Venezuela.
Sectores desplazados del chavismo que se sienten traicionados por la capitulación ante EE. UU. pueden radicalizarse. Sin una clase trabajadora organizada ni un partido revolucionario que articule la lucha social, cualquier violencia o escisión no debilita el imperialismo ni cambia la dependencia, sino que fortalece la burocracia y justifica la represión. La radicalización sin programa marxista es un síntoma de descomposición del régimen, no una alternativa emancipadora.
Lección clave para Venezuela
Cuando la dirección de un bloque gubernamental traiciona sus objetivos históricos, los sectores desplazados pueden reaccionar con violencia, pero sin clase organizada, esta violencia sólo refuerza el poder central y facilita la intervención externa. La historia de Argelia demuestra que la radicalización aislada es funcional al bloque dominante, no a la emancipación del pueblo.
Lenin enfatizó la necesidad de apoyo y organización de las masas:
"Cualquier acción revolucionaria que carezca de apoyo de las masas proletarias es impotente y está condenada a convertirse en un acto heroico pero aislado, útil solo para la represión del enemigo." (Lenin, Qué hacer?, 1902)
Esta cita ilustra claramente que los sectores desplazados del chavismo no podrían enfrentar al imperialismo sin clase organizada.
Además, Lenin subrayó que la revolución no depende de pequeños grupos actuando aisladamente:
"La revolución no se hace por conspiraciones de pequeños grupos, ni por golpes aislados de fuerza; la revolución se hace cuando las masas obreras están organizadas y conscientes de sus intereses." (Lenin, El Estado y la Revolución, 1917)
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