Sin perdón

¿No existe en el planeta Tierra ninguna fuerza con autoridad suficiente para detenerlo? ¿No queda ya ningún tribunal con competencia para juzgarlo?

Lo perpetrado por este individuo el 3 de enero no es un "exceso", ni un "error", ni la deriva trágica de un conflicto internacional: es un crimen. Un crimen de una brutalidad arcaica, propia de épocas que creíamos enterradas. Y por ello mismo aún más intolerable en pleno tercer milenio. No hay explicación política posible. Solo por la hybris griega, el orgullo desmesurado. Solo la patología lo explica: un sujeto megalómano, desprovisto de escrúpulos, un criminal serial al frente de un Estado que, amparado en una superioridad militar que presume impune, ordena y ejecuta la muerte como instrumento ordinario de gobierno.

Cien personas asesinadas por mandato directo de un civil criminal, a la vista de toda la Humanidad, constituyen un crimen contra la conciencia universal. Y no menos criminal es la apropiación de un país entero, el saqueo sistemático de sus recursos naturales y convertir el erario público de esa nacion en patrimonio privado. Nada de ello puede ni debe quedar sin castigo. No solo por las víctimas, sino para evitar que el mundo vuelva a confirmar la advertencia de Einstein: que lo verdaderamente insoportable no es la perversidad en sí, sino la de quienes la toleran y la justifican con lenguaje diplomático.

La perplejidad inicial y la parálisis momentánea pueden explicar —solo de manera transitoria— la inacción del llamado mundo civilizado. Pero superado el estupor, esa pasividad ya no es prudencia: pasa a ser complicidad. En frío, las naciones, sus dirigentes y también sus sociedades tienen una obligación moral y política ineludible: exigir responsabilidades, reparar en lo posible y castigar. No hacerlo equivale a legitimar el crimen como método y la fuerza bruta como derecho.

Este individuo ha violado todos los Tratados, todas las Cartas, todas las normas del derecho internacional y todos los principios que, tras siglos de barbarie, se instituyeron y proclamaron para impedir precisamente esto. Ha burlado la legalidad internacional no por su debilidad, sino por la cobardía de quienes la administran. Y cada día que permanece impune, esa justicia internacional que se invoca en discursos queda más desacreditada, más convertida en farsa.

Aquí no cabe el perdón. Aquí solo cabe juicio, condena y memoria. Si no reacciona la tan mentada comunidad internacional, la Humanidad se cubrirá con el manto de la desolación.

 



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Jaime Richart

Antropólogo y jurista.

 richart.jaime@gmail.com      @jjaimerichart

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