Derrumbe de viejos aparatos políticos sin reemplazo

Argentina en torbellino

Derrotado el peronismo en sus bastiones tradicionales, asumió el gobierno una frágil coalición. La preside un representante directo del gran capital, sin base de sustentación, lanzado a un desarrollismo ultraconservador y populista

Con equipo heterogéneo y base social ajena, el presidente Mauricio Macri avanza en zigzag mientras acentúa un autoritarismo unipersonal, obligado por la hibridez política y la inconsistencia social de su gobierno.

Muy lejos del marbete con que lo atacan sus predecesores en el mando, el elenco reemplazante trata de implementar una táctica contraria a los ajustes clásicos que Argentina conoce muy bien. A la inversa, su máximo empeño, hasta fines de enero y con 6 semanas de actuación, consiste en dar continuidad a las políticas sociales del gobierno anterior, corregidas en eficiencia y magnitud. Aunque conviven en el gabinete rancios liberales y desarrollistas de abolengo, estos últimos parecen haberse impuesto en la coyuntura. Tanto para evitar una erupción social en gestación durante los últimos cuatro años como para sortear el impacto interno de la crisis mundial se impuso la continuidad de planes de asistencia social y reactivación de la economía con base en subsidios y obras públicas. La sustentabilidad de tal estrategia es el quid de la cuestión.

Por paradojal que resulte, el ministro de Hacienda Alfonso Prat Gay, que timoneó con destreza técnica no exenta de osadía la salida del llamado "cepo cambiario" (restricciones a la compra de divisas y fijación oficial del precio del dólar), insiste en la voluntad oficial de universalizar de verdad el subsidio por hijo, anuncia una ampliación del plan de ayuda para la construcción de viviendas (denominado Procrear) y, acompañado por el ministro de Interior, Rogelio Frigerio, comunica la intención de multiplicar obras públicas a partir de autovías, usinas de generación eléctrica, escuelas y hospitales. La perla de esa corona desarrollista es el Plan Belgrano, propuesto como objetivo de conjunto para el Norte argentino (ver recuadro). Esta propuesta de desarrollo le valió a Macri buena parte de los votos obtenidos en el Norte y le permite ahora gravitar sobre gobernadores sin jefatura política en el peronismo. A la par, el gobierno inicia un camino destinado a corregir desequilibrios en los precios relativos y aminorar, siquiera marginalmente, el impacto del gasto descontrolado en un déficit fiscal que supera el 7% del PIB. No obstante, todo indica que ese desequilibrio no se corregirá hasta nuevo aviso con recortes y ajustes, sino con endeudamiento externo, ya asegurado.

Sociedad atónita

Un sentimiento dominante, que atraviesa clases y sectores, es la perplejidad. Nadie -y menos que nadie los beneficiados directos- preveía que el Partido Justicialista (peronista) comandado por Cristina Kirchner perdería el gobierno nacional y, sobre todo, el control de su bastión decisivo, la provincia de Buenos Aires, donde vive el 40% de la población.

Los vencidos quedaron sin argumentos ni capacidad de respuesta. Hasta el momento no atinan sino a proferir calificativos vacíos y llamar a una "resistencia" a la que el conjunto social da la espalda con desinterés o, en el mejor de los casos, con una sonrisa irónica o de decepcionada tristeza: la palabra resistencia tiene historia en el pasado del peronismo, de la clase obrera y de la vanguardia política de todos los signos, que enfrentaron dictadura tras dictadura desde 1955. El resultado inmediato es una vertiginosa disgregación de la estructura creada por Néstor Kirchner bajo la sigla FpV (Frente para la Victoria) que, como su nombre lo indica, no es adecuada para la circunstancia que afronta.

Al otro lado, los vencedores -la apresurada alianza Cambiemos- no esperaban encontrarse con el poder. Los restos desconcertados de la Unión Cívica Radical, única estructura realmente existente, con 140 años de vida y despliegue territorial en todo el país, filial local de la socialdemocracia internacional, obró como receptáculo para la obtención de votos, pero su principal dirigente renunció antes de asumir un ministerio marginal ofrecido por Macri.

Por su lado las capas medias y franjas decisivas del proletariado industrial, volcadas en masa al voto contra Cristina Fernández -no a favor de Macri- observan expectantes y confundidas señales que tienden a ganárselas en el discurso y en los hechos, por imperio del legado económico, las golpean de lleno mientras las autoridades se empeñan en sostener que mantendrán la ayuda social para las capas más desposeídas. Éstas, por su parte, vacilan entre creer a sus ex puntos de referencia política o a los nuevos, que tratan de reemplazarlos con los mismos métodos utilizados por los llamados "punteros": clientelismo y manipulación.

En la cima de esta Babel, el nuevo elenco gobernante, también pasmado por la inesperada voltereta política que lo puso en la Casa Rosada, hace equilibrio azotado por un torbellino económico: cuatro años de estancamiento y recesión, precio contenido del dólar -entre octubre 2011 y diciembre 2015 pasó de 4,73 a 9,60, no obstante el paralelo alcanzaba los 16 pesos y marcaba el ritmo de los precios. Roto el cepo, oscila entre 13 y 14 pesos. En la base del sistema, más de un cuarto de la población en la línea de pobreza, 1 de cada 2 trabajadores no registrados y un promedio salarial total de menos de $7000 (alrededor de 500 dólares). Hay más: descontrolado endeudamiento interno, caída de las exportaciones y de los precios en las materias primas exportables, recesión dura en Brasil y caída drástica de la economía en China, dos socios claves; inflación rondando el 30% anual (acelerada tras la devaluación ya bajo el gobierno de Macri); acoso de los fondos buitres y pesadas exigencias de los organismos internacionales de crédito. Cuantiosas cuentas impagas desde septiembre último han paralizado la obra pública y provocan despidos en forma creciente y amenazante.

Lo que vendrá

Macri se mostró en años pasados como discípulo de José Aznar y Álvaro Uribe, animoso promotor de la Internacional Parda. A esa vocación fascista se la ha denominado "neoliberal". Pero en su función, el nuevo presidente argentino no es lo uno ni lo otro (sea lo que sea que signifique ese adjetivo insustancial). Es un hijo del gran capital que, parado en una ciénaga y rodeado de crisis, obligado a consolidar y ampliar la base social que lo votó, se ha lanzado a un experimento populista conservador con arrestos desarrollistas, respaldado de buen o mal grado por todas las fracciones de la burguesía local, acompañado por el grueso del peronismo y alentado, como se vio en el Foro de Davos, por el establishment internacional.

Si su equipo logra domeñar la inflación (6% en diciembre, 4% proyectado en enero), es presumible que la economía salga de su prolongado letargo y, con el cuadro político descripto, Macri obtenga un crédito social de corto plazo. Cuenta además con el visto bueno de las cúpulas sindicales con peso real. Un ejemplo basta para resumir la coyuntura política: en un gesto destinado a mostrarse austero y republicano, el gobierno ordenó el despido de 2000 empleados sin función en el Senado, incorporados por el ex vicepresidente, una figura repudiada por la población. El peronismo domina la Cámara alta con 41 senadores. De ellos, sólo 12 acataron la orden de Cristina Fernández de "resistir" los despidos. El resto avaló la decisión de la vicepresidente Gabriela Michetti y el titular de la bancada peronista, Miguel Pichetto, quien durante 12 años acompañó sin pestañear las órdenes de la Casa Rosada, ahora advirtió sin eufemismos: "el jefe soy yo". Otro tanto ocurre con la prisión de Milagro Sala. Al margen de argumentos a favor y en contra de esa actitud del gobernador jujeño Gerardo Morales frente a una dirigente directamente asociada a la ex presidente, la totalidad de los gobernadores peronistas, todas sus autoridades con mando efectivo y las principales cabezas del sindicalismo, optaron por el silencio, cuando no por el abierto respaldo a Morales y Macri.

Con la sociedad pasiva y tales relaciones de fuerzas en la superestructura política, todo apunta ahora a la pugna por los aumentos salariales a discutir en paritarias a partir de febrero y marzo. Allí también pesará la conducta aquiescente de las cúpulas sindicales, empeñadas en que comience la reactivación económica y se avente el fantasma de un rebelión social que los arrastre a ellos y ponga a Macri al borde del abismo. El gobierno planea domeñar la inflación a partir del segundo semestre, iniciar un ciclo de reactivación económica y consolidar un nuevo equilibrio político nacional. Hasta el momento, tiene la iniciativa en sus manos.



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Luis Bilbao

Escritor. Director de la revista América XXI

 luisbilbao@fibertel.com.ar      @BilbaoL

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