España

La corrupción masiva

Ya es hora de escribir la historia. Al menos por encima y solo de los hechos esenciales…

Hasta entonces y después de la segunda guerra mundial, el globo vivía en general la paz con los islotes de violencia bélica que hay que contar siempre en la desquiciada familia humana; casi todos no obstante, instigados por los dominadores de la tierra.

Pero fue un 11 de setiembre del año 2001 cuando se dio el pistole­tazo de salida para un nuovo ordine. Ese día, unos misterio­sos terroristas de incierta procedencia meti­dos en dos o tres avio­nes civiles, con luz, taquígrafos y profu­sas cámaras de vigilancia abatieron ante el mundo entero -tal fue el despliegue de la visualiza­ción- dos rascacielos neoyorki­nos más o menos a la hora de entrada al trabajo de los trabajadores subalter­nos. La hora H de la F del futuro abierta en aquel mo­mento, acababa de ser escrita anticipa­damente por los cónsules de la Nueva Roma.

Inmediatamente, en tiempo histórico, un personaje de cómic pero de carne y hueso, un tal Ben Laden, antes y después del hecho convertido en el nuevo enemigo terrorista, es el pretexto para invadir y laminar un mísero país asiático: Afganistán. No mucho tiempo después, otro país próximo, Irak, ése donde se encontraba la milenaria Babilonia y donde la población vivía en paz, con el viejo y novedísimo truco del peligro que representa­ban unas ar­mas de destrucción masiva inexistentes que se las adjudicaba al gobernante, también es invadido, saqueados sus tesoros, arrasado y destrozado hasta dejarlo hasta en las heces. Más tarde, otro país, Libia, es desmantelado desde de­ntro por las fuerzas antagónicas que existen siempre más o me­nos larvadas en toda nación, hábil­mente manejadas por el mando a distancia de la administración que hay a cada mo­mento en el imperio inevitable. Siria y su intermi­nable guerra civil es otro resultado de la instigación y el atizamiento desde fuera de la violencia extrema, a través del último invento: el fabuloso Estado islámico, colofón de la postrera ignominia occiden­tal cuyo origen puede situarse perfectamente en la ac­ción abyecta de aquel 11 de setiembre. Pues bien, el evanes­cente Estado islámico es ya el enemigo de turno a abatir en el Arga­menón del terrorismo cristiano. Y desde entonces, causa, efecto y excusa de todo cuanto los ejércitos y las polic­ías de los países occidentales puedan cometer en materia de crimenes de lesa humani­dad...

España, que ha sufrido trances trágicos posteriores como conse­cuencia directa o indirecta de ese espíritu terrorista fabri­cado y del contraataque adaptado a él, vive ahora, de consuno con el resto de los países europeos, el momento de una nueva diáspora histórica. Una oleada de inmigración hacia el continente europeo de centena­res de miles, y pronto millones, de seres huma­nos en busca de refugio que ese mismo 11 de setiembre de 2011 empeza­ron a ser empuja­dos a abandonar el continente asiático donde ya no crece la hierba. Y a aquellas armas de destrucción masiva de fantasía que no existían cuando su invención dio lugar a la inva­sión de Babilo­nia, y a ese Estado islámico itinerante que tiene todos los ingredien­tes de un nuevo y demoníaco truco, en España se suma un fenó­meno real que no es en este caso una artimaña sino un hecho real. Se trata de que mientras todo esto relatado estaba suce­diendo, una bestia se ha enseñoreado silenciosamente del país a lo largo de estos últimos treinta años: la corrupción masiva encar­nada por tal legión de malhechores que, ya que habla­mos en clave bíblica, no permite suponer que en el país, entre hombres y mujeres, queden diez políticos justos...



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Jaime Richart


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