Alquimia Política

Compartir felicidad y dolor

Los Wixarikas, conocidos como huicholes, son aborígenes que habitan el Oeste central de México en la Sierra Madre Occidental, en los estados de Jalisco, Nayarit y partes de Durango y Zacatecas; los wixarica  o la gente, en su lengua, pertenecen a la familia de lenguas uto-aztecas, al grupo cora-chol que está emparentado con el grupo nahua o aztecoide. La influencia que como grupo étnico han recibido, proviene de los mesoamericanos, lo cual se refleja en que el huichol tiene rasgos típicos del área lingüística mesoamericana. En su cultura de convivencia, parten de la idea de que el dolor y la felicidad deben compartirse; el acto de parir, en el caso de los huicholes, ya se trate de un hijo, una idea o una obra de arte, va siempre acompañado de dolor. Los indios huicholes piensan que la pareja de la mujer debe compartir el dolor y el placer de dar a luz: por eso, mientras ella está de parto, el marido se sienta en las vigas situadas sobre su cabeza con una cuerda atada a los testículos. Cada vez que tiene una contracción, la parturienta tira de la cuerda. Al final, el marido siente tanta alegría por el nacimiento del niño como la mujer. Esta costumbre de compartir los dolores del parto, en la que el hombre mantiene una actitud simpática ante la llegada del hijo, está extendida entre muchos nativos; los indios huicholes de México piensan que la pareja de la mujer debe compartir el dolor y el placer de dar a luz.  

Esta realidad de la convivencia de nuestros aborígenes, nos lleva a pensar en el papel que la felicidad y el dolor, tienen en el contexto ético-moral y sociopolítico, de las democracias en Occidente. Las democracias modernas adolecen de sensibilidad humana. Se han convertido, como todo lo que toca la mecanización y producción en masa, en una especie de máquina demoledora de conciencia y de búsqueda afanosa de resultados. Si la victoria significara no votos sino producción de clavos, habría un afán inusitado por fabricar clavos. La fábrica de votos es el aparato más complejo que involucra vender fantasía con presentación de felicidad y ocultar el dolor de la realidad. Si quienes se benefician fabricando votos (los políticos) tuvieran que compartir esa felicidad disfrazada  y ese dolor oculto, no tendría gracia la política, menos aún el afán por fabricar votos. 

La democracia, y esto hay que puntualizarlo bien, es el menos malo de los gobiernos. Sí, esa es la verdad; ya Aristóteles lo decía en el siglo IV a. de C., de que el hecho de que gobierne la mayoría o la minoría, no es razón suficiente para calificar a un gobierno; lo que distingue a la democracia de la oligarquía es la pobreza o la riqueza. Debe distinguirse, expresaba Aristóteles, en todo Estado la cantidad y la cualidad de los ciudadanos; por cualidad entendía Aristóteles, a la libertad, la riqueza, la ciencia, la nobleza; y la cantidad, que no era más que la preponderancia del número. En una cultura donde el poder esté en manos de los ricos, incluso si son mayoría, habrá oligarquía; allí donde el poder lo tengan los pobres, aún cuando estén en minoría, habrá democracia. Aristóteles distingue diversos grados de democracias: La que se refiere a las funciones públicas y están ligadas a un censo muy modesto, el cual no está en contradicción con la naturaleza democrática del gobierno; donde no se exige ninguna condición de censo para ser elector, pero sí se requiere una pequeña fortuna para ser elegible; donde no se requiere ningún censo, ya que las funciones son gratuitas., aunque en la práctica son solo accesibles aquellos que disfrutan de cierto bienestar; es decir, que solo en teoría dichas funciones son gratuitas; y cuando las funciones públicas están remuneradas, lo que provoca que los pobres las busquen como un medio de vida. Esto deriva en una multitud que se apodera del gobierno. En consecuencia el pueblo se convierte en monarca y pretende comportarse como tal, pero surgen conflictos, debido a que el poder reside en demasiadas personas. 

Aristóteles, explica en su obra “La Política”, que es cierto que son esenciales a toda democracia la libertad y la igualdad, cuanto más completa sea esta igualdad de derechos políticos más existirá la democracia en toda su pureza, pero llegar a ese equilibrio cuando tantas personas tienen expectativas con el gobierno es un absurdo, siempre habrá uno que pase la raya y se beneficie más que otros. Desde los primeros registros de la democracia, se dice que esta idea   nace un día en que un orador y político griego Clistenes, sentado en una roca en la playa, pensaba, afligido, en como mejorar la situación política de su amada Atenas, entonces, al mirar al suelo, vio una piedrecita blanca y otra negra, que lo motivaron a crear la llamada democracia (forma de gobierno basada en la “isotemia”, derecho igual para todos), y para defender este sistema también crea el ostracismo, votar, guardando en el secreto de las conchas de ostras, nuestro criterio hacia una o varias fórmulas de potenciales gobernantes.  

Ahora bien: ¿esa democracia, en esta transformación en que la modernidad la ha colocado, guarda algún espíritu de felicidad verdadera? No lo guardó en el pasado menos se puede soñar que en el presente tenga ese sentido sublime de perfectibilidad. La democracia, sobre todo la socialista, debe profundizar sus valores y sus lazos con el pueblo. Dejar de ver al soberano como un vínculo con el producto “voto”, y empezar a verlo como parte de un proceso de transformación y de crecimiento que le haga entender el modelo bolivariano como expresión de una felicidad y dolor compartido. Si el pueblo no tiene unos líderes que se sienten en las vigas del Estado, situadas sobre el estrato mayor de la sociedad, con una cuerda atada a sus testículos u ovarios, que haga posible que cada vez que el pueblo tenga una contracción, tire de la cuerda y transfiera a sus gobernantes lo que le dolió, se estará siempre dando vuelta en una transición que no alcance la conclusión de un Estado de justicia social plena. Para alcanzar la meta el secreto, o estrategia mágica, es compartir con equidad. 

ramonazocar@yahoo.com.ve



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Ramón E. Azócar

Doctor en Ciencias de la Educación/Politólogo/ Planificador. Docente Universitario, Conferencista y Asesor en Políticas Públicas y Planificación (Consejo Legislativo del Estado Portuguesa, Alcaldías de Guanare, Ospino y San Genaro de Boconoito).

 azocarramon1968@gmail.com

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