Diálogo con el enemigo

Si bien es cierto que la democracia es una búsqueda permanente del consenso, donde precisamente convergen diferentes actores para avanzar en grados de entendimiento, tampoco es que se debe caer en la trampa del diálogo con los enemigos. Si de verdad se va a tender puentes con la oposición, entonces vamos a darles todas las herramientas: cabillas, palas, cemento, cauchos y dinamita. Ellos son expertos en el manejo de todos esos materiales de construcción, pero desde siempre los han utilizado para destruir, para engañar y meter miedo.

Si de verdad caemos en esa ingenuidad, pronto andaremos por las trochas y veremos los puentes dinamitados y las cabillas incrustadas en el corazón de la Constitución; palas cavando la fosa para sepultar la revolución; cauchos ardiendo a las puertas de la universidad, lanzando al cielo el humo negro de la mediocridad; dinamita explotada para abrirle boquetes al sistema político; y en medio de ese caos, la caravana fúnebre de la muerte donde va la Reina del cemento cortejada por grupos de estudiantes de manitos sucias y negras con olor a pólvora, después de haber incendiado la patria y asesinado la democracia revolucionaria.

Si miramos a través de la ventana del tiempo, encontramos que a lo largo de la historia política de Venezuela, el diálogo como elemento consensual ha sido lanzado por los despeñaderos, arrastrando con ello las posibilidades de lograr la configuración de un sistema democrático estable, real y revolucionario. Ahora que hemos venido avanzando en la construcción de ese Estado revolucionario, los puentes, el diálogo y el consenso deben ser con el pueblo, con esos millones de venezolanos y venezolanas, que día a día y a lo largo de estos años han mantenido su sus sueños y sus luchas revolucionarias para lograr la verdadera sociedad. Insistir en la necesidad del diálogo con la derecha, no es el camino. El verdadero camino es fortalecer la revolución y emprender la lucha para asegurar el poder más allá de los tiempos.

Para nadie es un secreto que en Venezuela hay una lucha por el poder. Hay una lucha de proyectos irremediablemente antagónicos: el revolucionario y el de la derecha. Cada uno no puede realizarse sino a través de la muerte del otro. Si vamos más lejos y revisamos detenidamente las formas de Estado en América Latina, encontramos estados nacionales emergentes de las luchas de independencia (primera mitad del siglo XIX); estados oligárquicos (desde fines del siglo XIX); estados populistas y neo-oligárquicos (que siguen a la gran crisis de 1930); estados desarrollistas de la postguerra; estados autoritarios-modernizantes que se abren a partir de 1970; las democracias representativas de los intereses de las élites (en Venezuela la tuvimos hasta 1998); por último, los Estados actuales donde se vislumbran las democracias revolucionarias. Es necesario destacar que la manipulación del diálogo y el consenso contribuyeron, entre otros factores, para que las mismas democracias y formas de Estado entraran en crisis, ocasionando las rupturas y las discontinuidades. Entonces, para qué negociar con el cruel y vil enemigo.



(*) Politólogo
eduardojm51@yahoo.es


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Eduardo Marapacuto (*)


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