Dialogo entre Beethoven y Pedro Infante

Los ideólogos de la globalización, de tanto ya poseer riqueza económica y de tanto conjugar las palabras en verbo mintiéndole a la gente, le dijeron al mundo: “Ha llegado el fin de la historia”, lo cual supone el fin de la cultura y el arte, pero como no aclaran a qué historia se refieren, muchos filósofos siguen empecinados en la búsqueda de génesis entre los gritos de protesta en los mercados o en los rostros pálidos y tensionados en las bolsas de valores, para sus nuevas teorías. Y como tallar una piedra o un pedazo de madera, como trazar unas rayas dándoles forma y contenido en blanco y negro o en colores, como tocar un instrumento y cantar una letra poniéndole música, entre otras cosas, es arte, hubo una época en que un mandatario, llamado el "internacionalista del arte", cansado de tantos conflictos sociales violentos y de tantas quejas insolucionables en diálogos entre partes enfrentadas por determinados intereses esencialmente económicos, buscó resolver las contradicciones antagónicas entre las clases de la sociedad por el método de la música. Era también un tiempo en que nadie se imaginaba que un dólar -peleándose de hipocresía con un euro- crecería sin control ni medida, mientras el resto de monedas bajarían escaleras buscando la sima para esconderse y desaparecer de toda manifestación económica. Había que crear un fetiche gigante que devorara a todos los fetiches más pequeños. “Nada de nombrar a Marx, porque eso suele recordarle a los obreros que existe una cosa que se llama mercancía destinada a la venta y otra denominada plusvalía, que es lo que le produce riqueza al rico, lo cual puede producir arrecheras y echarnos por la borda nuestro propósito humanístico”, le dijo el “internacionalista del arte” a su asesor de futuro saltando presente sin recordar nada del pasado.

Ese mandatario había llegado, luego de un análisis correcto de la situación internacional y la nacional de su país, a una conclusión incorrecta después de haber escuchado todos los géneros musicales: "Resolver los conflictos sociales por medios estrictamente ideológicos, pero que fueran artísticos y no doctrinarios, ni religiosos, ni filosóficos, ni jurídicos, ni morales ni militares". Un musicólogo estudioso de la ranchera y de la ópera, asesor del mandatario, elaboró el proyecto con suficientes razones, argumentos y motivos para que el cuerpo legislativo lo aprobara sin enmienda de ninguna naturaleza. El mandatario quería que todo fuera lo más democrático posible. El asesor expuso: "No podemos conciliar a Dios con el Diablo, a Malthus con Marx, a Luis XVI con Diderot, a Hitler o Rosa Luxemburgo, al zar con Lenin, a Kerenvski con Trotsky, al Papa con un ateo ni al proletariado con la burguesía, pero sí podemos conciliar a Beethoven con Pedro Infante, ya que el primero representa la cultura y el arte burgués y el segundo, una cultura y un arte sin clases". Los legisladores (de izquierda, de derecha, del centro y los más ultrosos de los diferentes lados llamados los montañosos), se pararon y aplaudieron con devoción, gritaron el ¡! con frenesí y algunos, comenzaron a romper los libros doctrinarios e ideológicos que servían de guía para sus discursos. Una nueva "teoría" hacía su entrada triunfal en el parlamento y eso era una batalla ganada por el pacifismo sin violencia alguna, ganándole espacio a los locos que continúan con la manía de seguir creyendo que el mundo de la globalización capitalista implica lucha de clases y que sus contradicciones sólo se resuelven con el triunfo del socialismo y punto.

El asesor, estratega de emboscadas y aprovechando el momento de euforia logrado por su exposición, le dijo a los parlamentarios aun sin que dejaran de aplaudir: "Respetables señores: como ya no habrá más conflicto social, el Congreso ya no tiene vigencia y en consecuencia, queda disuelto por orden de nuestro Primer Mandatario". Los legisladores intentaron protestar, especialmente, por la pérdida del cúmulo de privilegios que disfrutaban sin transpirar una gota de sudor, pero las leyes apuntaban con precisión y el silencio se convirtió en un sepulcro. Ahora nada mejor que cada parlamentario se retirase a escuchar música de Beethoven y de Pedro Infante para hacer sus analogías y pronósticos musicólogos. El golpe a la burocracia, aprovechando el carácter universal de la música, había sido como una estocada mortal.

El mandatario ordenó que se construyera un teatro para ópera y una cantina, uno al lado de la otra. Se combina así la arquitectura de hermosas pinturas y esculturas de viejos siglos con los típicos cuadros taberneros de charros con pistola al cinto sobre caballo negro azabache. “El pasado, por lo menos en la concepción del arte, no puede ser borrado de un solo plumazo”, dijo un artesano que miraba extasiado como buscando descubrir los misterios del porvenir en los razonamientos artísticos de un arquitecto.

Un día domingo el mandatario dispuso la inauguración del teatro y la cantina. Entrada libre y parlantes fuera de los recintos para que la sociedad escuchara diferentes expresiones musicales que hacen "olvidar" las contradicciones antagónicas entre las clases sociales. Todo estaba adornado de flores y frutas. El pueblo estaba allí obedeciendo la orden del mandatario.

Dos culturas diferentes, dos vestimentas distintas y dos intereses opuestos se encontraron, frente a frente, en las colas para entrar a presenciar los espectáculos que buscaban conciliar a la clase dominante con la clase dominada. Los corrillos y rumores, ya hechos murmullos ideológicos, iban y venían como dos vientos huracanados que chocan violentamente rompiendo la armonía del espacio y del tiempo. Desde la cola de la cantina se decía: "Miren esa vieja ridícula que se parece un adorno de navidad con ese traje de esmeraldas y piel de foca; y ese viejo espantoso con ese paltó de levita que parece un forro de urna". Mientras que desde la cola para el teatro se escuchaba: "Que chusma. Miren esa loca tan chabacana y fumando tabaco; y ese hombre tan ordinario con esa botella de tequila en la mano y una pistola en la cintura. Seguro habrá disturbio en esa cosa tan horrible que se llama cantina". Eran dos razones lógicas que no se entendían, pero que se intentaba conciliarlas para la paz. El mandatario miraba y sonreía desde el otro lado de la acera, y decía: "Qué hermoso es mirar a dos clases económicamente enemigas sentirse unidas, alegres, y dichosas aunque sólo las separen una pared que divide al teatro de la cantina. El ministro para las buenas costumbres y las buenas relaciones entre los integrantes de la sociedad, dijo: “Es como ver al trabajador abrazarse con la ciencia, que es el amo de los medios de producción, y aplastar en su abrazo todas las contradicciones sociales".

Comienza la función

En el teatro todo era un silencio consciente, culto y total, una concentración analítica, ni una sola mosca ni una sola mirada extraviada, porque todas estaban fijadas sobre aquel hombre de pelo largo, de mente ordenada, vestido de levita negra y genial con dos varitas en las manos que parecían mágicas. Brotaba el aroma de perfume caro y el limpio de la costosa alfombra se correspondía con el brillo de los calzados. Ni una sola rodilla de mujer podía ser observada, porque aquellos vestidos largos cubrían todo el cuerpo humano de cada una de las asistentes y, por supuesto, menos la cara ya que las manos eran cubiertas con guantes de seda.

En la cantina todo era un griterío, miles de copas se levantaban y bajaban de boca en boca sin control como si fueran débiles hojas cuando pasa un nubarrón; los charros buscaban precisar picones en aquella cantidad de piernas cruzadas; el humo ahogaba a los asmáticos y los cantineros eran llamados desde todas las mesas para que sirvieran más tequila. Algunos gritaban: "Que comience la función. Mi cuate, mi cuate, baja la cabeza para que me dejes ver". Otros gritaban: “Malditos, bajen las cabezas antes que llegue Villa y se las ponga en su lugar”. Y muchos otros pegaban alaridos como queriendo hacer presente al falsete.

Nadie, ni siquiera el mandatario, se había percatado que el arquitecto y el ingeniero se habían equivocado al colocar anime como pared para separar el teatro de la cantina. Y una vez comenzada ambas funciones se produjo una enorme confusión, porque la ópera y la ranchera crearon un sonido chocante nunca escuchado por ninguno de los dos públicos. Los charros sacaban las pistolas y disparaban al aire, lo que entorpecía el oído musical de Beethoven y creaba malestar en su audiencia. "Que ruido tan espantoso tiene esa chusma en la cantina", comentaban las damas del teatro. "Que música tan fastidiosa tocan en ese teatro", gritaban desde la cantina.

El anime cedió y se derrumbó y la confusión se tornó crítica. El mandatario muy preocupado por la primera derrota de su proyecto, ordenó el allanamiento de ambos locales y que dialogaran Beethoven y Pedro Infante para buscarle una solución a ese nuevo conflicto social que no estaba en los pronósticos de los más versados ideólogos del arte musical ni de la política de la lucha de clases. Beethoven y Pedro Infante, frente a frente, mirándose de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba, también confundidos, decidieron dialogar.

Beethoven le expresó a Pedro Infante: "Usted no comprende que existe un teatro para ópera y necesita silencio total para que el público se concentre y pueda escuchar e interpretar la música". Pedro Infante le respondió: "Mi cuate, tu no comprendes que existe una cantina y que las rancheras se escuchan y se bailan entre tragos de tequila y gritos de falsete".

Beethoven le pregunta a Pedro Infante: "¿Es acaso necesario que deban hacer esos disparos y pegar esos gritos ensordecedores cuando la música requiere de relajamiento espiritual?". Pedro Infante responde a Beethoven: "¿Y es necesario que tengan ustedes a un hombre que mueve tanto las manos como si fuera a volar y no vuela, y mueve la cabeza como una gata defendiéndose boca arriba y además, ese viejero mirando hacia dónde gira la varita mágica?".

-¿Cómo podría concentrarse Mozart para tocar su música con un escándalo tan perturbador al oído humano como el del público ese de la cantina? -preguntó Beethoven a Pedro Infante.

-¿Cómo podría desenvolverse Jorge Negrete para cantar su música con un público tan silencioso e indiferente como el del público ese del teatro? -preguntó Pedro Infante a Beethoven.

-¿Cómo podría cantar su música Plácido Garrido ante un público que sólo sabe gritar y echar tiros en una cantina? -preguntó Beethoven a Pedro Infante.

-¿Cómo podría cantar su música Vicente Fernández ante un público que sólo sabe callar y concentrar sus ojos como búho en la espalda de un hombre de larga levita y cabellera y con dos varitas que le dirigen las manos? -preguntó Pedro Infante a Beethoven.

-Europa, Europa es el arte que no entienden los pueblos incivilizados. Esas dos varitas son el sentido de las notas que una orquesta entona para que la ópera, por ejemplo, lleve la armonía de la música -dijo Beethoven a Pedro Infante.

-América Latina, América Latina es el grito de rebeldía contra la esclavitud de Europa civilizada en la Tierra. Esos gritos rompen con todo el silencio que durante más de tres siglos los europeos impusieron en América para esclavizarnos, son el falsete de nuestro derecho a la libertad -dijo Pedro Infante a Beethoven.

Beethoven le solicita a Pedro Infante aunque sea un breve tiempo para que escuchen su ópera "Fidelio"; y Pedro Infante le pide a cambio que escuchen el "Corrido de Adelita".

A pesar de que Jaime Bateman sostuvo que a quien le guste el mambo también le gusta la música clásica, Beethoven y Pedro Infante, entendieron que no podían conciliar sus concepciones de clase en la música, pero cada uno estuvo de acuerdo en respetar la música como una expresión totalmente ideológica del arte. Mientras tanto, los ricos volvieron a su riqueza y los pobres a su pobreza. El obispo no tuvo tiempo de echarle la bendición a lo que se creyó sería una nueva sociedad, pero la realidad fue mucho más poderosa y decisiva que todas las ideas que se reunieron en una sola ambición de un mandatario errado en su concepción de mundo.

A los pocos días un informe confidencial de inteligencia policial fue entregado al mandatario, donde le expusieron que se había iniciado la revolución dando gritos de ¡Viva Zapata! El mandatario sumamente preocupado por la situación, ordenó llamar y convocar nuevamente al Congreso para que aprobara separar el teatro de la cantina. El mandatario también entendió que a través de la música no era posible conciliar el antagonismo existente entre clases sociales con intereses económicos opuestos.

Un intelectual, casi clandestino que había mirado los toros desde la barrera pero formado en los ideales de redención social, expuso a un grupo de amigos que: "Se necesita una cultura y un arte sin clase para que la sociedad alcance un nivel de desarrollo en que la música pueda ser, siempre, un alimento espiritual para el disfrute de los mejores momentos de la recreación humana". Un borracho caído en una acera, lo miró de reojo y le dijo: “Yo no tomo alimento espiritual, porque mis peas son de tequila”.

Por el momento, Beethoven será accesible al oído musical de la burguesía, y Pedro Infante al del proletariado. Volvieron los parlamentarios con sus manos alzadas a continuar decidiendo leyes y apresurados lanzaron el decreto de separación del teatro de la cantina. Las rebeliones del pueblo deben ser aplastadas por medio de las armas disfrazadas de leyes de orden público burgués. Mientras tanto empezaron a sentir temor de los ronquidos de un tal Marcos que se cubre el rostro con un pasamontañas para que le reconocieran su rostro y se colocó un seudónimo para que le identificaran su nombre. Al otro día la prensa, incluso la más fiel a los intereses de los mayores ricos del planeta, informaban sobre bombardeos y muertes en otros lugares del mundo invadidos por el “eje del bien”, que es el más terrorista de todos los terroristas del mundo. “Cada loco con su música y cada cuerdo con su tema mientras no haya socialismo en la Tierra”, dijo un serenatero que toda madrugada anda despertando pájaros con su manía de profeta de la redención social.



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Freddy Yépez


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