Revolución dentro de la Revolución





Ilustración: Dibujo de Eduardo Azócar, 2020, grafito sobre papel, "El Trauma".



"Yo soy chavista, sí, pero también soy ciudadana y tengo deberes

y derechos, y el más sagrado de mis derechos es tener libertad de elegir

qué quiero ver en la televisión, quien me va a gobernar,

y a quien quiero como pareja de vida; como usuaria de DirecTV,

me estafaron, me robaron la confianza y me trataron como una cosa,

eso y el impacto en mi vida cotidiana y en la de mis nietos, es un daño

tan grande que no es suficiente la justicia en esta vida

para que esa gente lo pague…"

ROSA SÁNCHEZ

(Usuaria, Valencia-Carabobo)


En Venezuela suceden dos situaciones puntuales imposible de ocultar: una, las sanciones de los Estados Unidos de Norteamérica, como motor del capitalismo global, ha hecho mella en la vida de los ciudadanos de "a pie" que no tienen mayores banderas en sus hogares que el de sobrevivir y el de intentar darle una vida digna a sus familias; y dos, que la lucha política interna (aguas abajo del propio movimiento revolucionario), está proyectando una situación de incertidumbre y caos indescriptible en la historia institucional y constitucional del país. Hay una crisis como "Dios manda" y se está jugando día a día con la paciencia y la buena voluntad de un pueblo que conoce sus derechos y entiende de política.

El mayor error de los EE.UU. y sus países satélites, es subestimar el valor, la inteligencia y el compromiso del pueblo venezolano; no somos una etnia de aborígenes analfabetas, somos el producto de un proceso de transculturización que hemos revertido y estamos en proceso de deconstrucción de nuestros valores y de nuestra historia. El inmenso daño que ha hecho en nosotros el proceso de Conquista imperial de Europa no está en la esclavitud o en la privación de libertad, eso no es cierto, esa "leyenda negra" del Descubrimiento de América se desvanece como humo ante una historia cada vez más develadora del sentido humanista del proceso de Conquista y de las buenas intenciones de un gran Imperio que protegió al aborigen y buscó integrarlo al orden civilizatorio moderno.

Esa leyenda negra, antiespañola y con una profunda manipulación de la verdad, fue utilizada por los indigenistas (estudiosos de los pueblos aborígenes), como argumento de que los españoles, conquistadores, exploradores y colonizadores eran enemigos de los nativos americanos, pero los Cronistas de las Indias desmienten esa postura. Se ha dicho que desde un comienzo fueron enemigos, ya que durante la conquista mataban y expropiaban territorios, colonizando a la fuerza de la violencia y la espada; los españoles esclavizaron, torturaron, violaron y buscaron desaparecer la cultura autóctona de los pueblos. Si eso fue así: ¿por qué conocemos hoy de esa cultura aborigen? ¿Por qué hay una literatura de crónica bastante copiosa que muestra el respeto que se le dio a las creencias de los aborígenes y sus rituales?

Hay una afirmación que dejó plasmada en su obra "Historia de la civilización española", el cronista e historiador español Ciriaco Pérez-Bustamante de la Vega (1896-1975): "…la conquista y colonización de América por parte de los españoles habría sido imposible sin la ayuda de los aborígenes…" Esto lleva a preguntarse: ¿Cómo se explicaría que Hernán Cortés con su ejército de aproximadamente trescientos cincuenta hombres venciese en durísimas batallas a ejércitos de varias decenas de miles de guerreros nativos? Eso fue posible gracias a que detrás de esa pandilla de españoles había alianzas con otras naciones nativas que proporcionaban apoyo de todo tipo, entregando y disponiendo de otras decenas de miles de guerreros pero, esta vez, aliados y que facilitaron enormemente la conquista de México. Es un asunto de lógica común, cuando se llega a un lugar sin saber nada o muy poco sobre el mismo tu mejor guía, asesor y ayudante va a ser el que sí lo conoce.

Entonces pongamos las cosas en proporción, y advierto, quien escribe es una persona convencido de los procesos de cambio y transformación de nuestros pueblos por la vía de la socialización de los medios de producción: ¿estamos en un proceso revolucionario en Venezuela para admitir que todo está bien y que el costo de ese estar bien es llevar a una generación de la sociedad al oscurantismo nuevamente? La respuesta es que "no estamos en ningún proceso revolucionario" en Venezuela, porque no se le puede denominar "revolución" a un Estado contaminado con instituciones corrompidas y un aparato de coerción que ha trasgredido el marco constitucional de los derechos humanos de algunos ciudadanos y ciudadanas, los cuales han elevado su voz de disidencia y crítica hacia el sistema. Una Revolución, con esa "R" mayúscula que necesita la América Latina moderna, no se escribe con la "solidaridad automática", ni con acciones de consentimientos a los actos aberrantes de corrupción que hoy se presentan en todos los estamentos de la sociedad venezolana. Desde ese ciudadano de "a pie" que por la vía de un amigo logró obtener unos litros de gasolina y los colocó en el mercado negro a $ 30, hasta ese alto funcionario que tiene la responsabilidad de dirigir una empresa del Estado y hace uso de ella para su bien propio. La corrupción es el obstáculo inmenso que impide que logremos comenzar a construir un verdadero proceso revolucionario en Venezuela.

Pero ha sido tan bien hilvanada esa idea de revolución bolivariana que a pesar de tantos desaciertos y de un contexto de pillería que carcome las bases de una sociedad confrontada al orden del capitalismo global actual, permanece un nivel de confianza de una gran mayoría de conciudadanos que entienden que no todo el aparataje del Estado está corrompido y que hay un liderazgo que busca adecentar el proceso de transformación político-social, pero estamos conscientes que no es suficiente, que hace falta mayor empeño y sobre todo, una visión estratégica aguda que dé con el traste con quienes entran a formar parte del círculo de confianza del liderazgo revolucionario para aprovecharse de las bondades de un Gobierno que en su convencimiento de estar haciendo las cosas bien para un colectivo, se muestra ingenuo ante funcionarios que no tienen un ápice de lealtad ni personalidad política.

Y en esto es que está la esencia de la cosa: "la personalidad política". Para un revolucionario como Ernesto Che Guevara, la personalidad política es "actuar como se piensa", y es precisamente esa cara autentica, desprendida de malas acciones y condicionada a ejercer competencias con valores y respeto a la gente, la cual se ha perdido y es a donde debe enfocarse el proceso revolucionario en comenzar su depuración y rebosamiento. La "orden" no puede sustituir el "sentido común"; la sociedad no es una entidad bajo disciplina militar, esa es otra de nuestras debilidades; la sociedad es civil en su naturaleza y debe seguir siendo civil en su cotidianidad y en el enriquecimiento cultural y social de esa cotidianidad. Cuando nos descuidamos y llevamos a la praxis la "orden", ese mandato que hay que cumplir "si porque sí", fracturamos la conciencia de una sociedad y la convertimos en un "trapo" o "cosa" al servicio de una jerarquía. El propio Hugo Chávez (1954-2013), lo dijo en su tiempo: "…la revolución no es Chávez, es un pueblo…" Y esa consigna debe volver a colocarse como premisa de los tiempos que vendrán.

De los hechos que están ocurriendo, últimamente, está el cierre de operaciones de una empresa internacional de comunicación y entretenimiento; una empresa que basó su marketing en brindarle una nueva forma de entender y vivir la cotidianidad, al punto que entró en el subconsciente de una generación y los hizo dependientes de su producto (entretenimiento); de un plumazo toman la decisión de cerrar operaciones y con ello incumplir Contratos, compromiso y "faltar a la ética empresarial moderna" como llamaba el recién fallecido amigo y estudioso Emeterio Gómez, cuando vinculaba la responsabilidad social de las organizaciones con el objeto o razón de ser de las mismas. Esta empresa, denominada DirecTV (prestaba un servicio de televisión por cable a un 45% del mercado de consumo en este rubro del país), no solamente merece ser sancionada, sino llevada a los tribunales nacionales e internacionales porque incumplió sus preceptos de valores y causó un daño irreparable sobre una generación que aún, pasado unos días de esa decisión, no ha podido superar la ausencia de un hábito que le daba sentido a sus días y, por qué no, a sus sueños.

Hubo una sentencia del Tribunal Supremo de Justicia, activada por la denuncia de usuarios de esta cablera de capital norteamericano, pero es un asunto cuya gravedad va más allá del plano jurídico, político y económico, causó un gran impacto en lo psicológico-social de los venezolanos; hasta los que no tenían acceso a ese servicio han visto como una parte de la sociedad se ha deprimido y por supuesto ese familiar y/o amigo, también se deprime. El costo humano, de calidad de vida no fue medido por esta empresa y se sabe, para nadie es un secreto, que su accionar es una arista más en esa estrategia desacertada del EE.UU. y sus países satélites, por presionar a un pueblo que nunca va a despertar por esa vía, pero que si lo van a minimizar en su calidad de vida y quizás lo vaya desapareciendo lentamente en el espiral diabólico del discurso de una mejor democracia y un volver a la libertad. En Venezuela hay democracia y hay libertad, pero no hay conciencia de cómo debemos cultivar esa democracia y esa libertad.

No es posible entender, en pleno siglo XXI, con sus avances tecnológicos y la visión global de un mundo interconectado bajo la figura del negocio y el fortalecimiento de los proyectos de vida como escenario para mejorar las condiciones de existencia de los seres humanos y sus familias, que se siga pensando en dádivas y obsequios para poder paliar el alto costo de los productos que alimentan y brindan confort a los seres humanos. Una sociedad que asuma como proyecto de vida vivir de la caridad de quienes sí amanecen diariamente labrando sus proyectos de vida, es una sociedad condenada a desaparecer, a volverse "polvo cósmico", sea en capitalismo y/o socialismo. Por esta razón, el proceso revolucionario debe comenzar a fortalecer la vida autónoma (que no es la individual, sino ese valor personal de cada quien para superarse de acuerdo a sus potencialidades y destrezas) y crear condiciones (con sus herramientas y todo) para que cada persona logre desenvolverse de manera coherente, organizada y equilibrada en una sociedad que no puede negarle a ser parte del mundo, sino integrarse respetándole su manera de pensar y entender en la vida social, los criterios de la solidaridad y equidad.

A todas estas, el Imperio para los venezolanos sigue siendo la versión de las dos caras de la moneda: en una cara se ve el Imperio malvado que persigue expropiar las riquezas de un país; y por la otra, el Imperio benevolente que busca coadyuvar al desarrollo y fortaleza productiva de ese país; ambos Imperios están, cara buena y cara mala, ahí y con él nos toca convivir, cerrarnos a él es el problema, debemos generar nuestras propias estrategias para evitar que ese Imperio impacte de manera muy recurrente y excesiva en ese modo de vida que merece una generación del milenium. La sociedad de consumo venezolana, es como expresara el sociólogo polaco Zygmunt Bauman, un grupo de personas que no está atenta por cumplir las exigencias básicas e inalienables de nuestro organismo, sino un grupo de seres humanos que promueve la incesante búsqueda de satisfacción de deseos que ella misma crea y estimula para mantenerse en funcionamiento. Es decir, una sociedad que ha construido sus hábitos, y es donde también debe hacer énfasis la revolución como Gobierno, en generarle condiciones para que esa sociedad estimule funcionar de una manera menos dependiente del Imperio y más recurrente a su espacio local y a sus necesidades de atención en salud, educación y seguridad pública.

Decía Bauman: "Pongamos de ejemplo: los objetos viejos que podemos encontrar en tiendas de antigüedades o en casa de algún pariente; puede ser una buena prenda de vestir, un instrumento musical o una máquina de escribir o de coser. Los objetos producidos antes, hace algunas décadas tenían el objetivo de satisfacer una necesidad, por lo que la durabilidad de los mismos era quizá una de las características más importantes. Ahora, la mayoría de los productos que consumimos son todo menos durable. Ser desechables a corto plazo asegura el deseo de consumo de nuevo. La obsolescencia y la obsolescencia programada son necesarias para que la sociedad de consumistas sobreviva. Nuestra sociedad asocia la felicidad con un incremento de deseo y de la intensidad del mismo. En el sistema capitalista en el que vivimos, la manera de paliar el deseo por un momento es la compra, el consumismo…La sociedad consumista en la que vivimos se caracteriza por inestable en los aspectos, en los deseos y en las necesidades. Esta inestabilidad se traduce en algo muy sencillo: los productos que compramos proveen satisfacción sólo para un período limitado de tiempo. Esta situación se permite —y al mismo tiempo es también provocada— por el deseo que tenemos de desechar y reponer cosas. Además, ahora, en nuestras sociedades, el tiempo aparece fragmentado, pareciera como si cada instante fuera distinto a otro. El tiempo en nuestra forma de vida está roto, ya no hay una continuidad entre los instantes que vivimos, sino que los sentimos y pensamos como independientes. Esto sucede por la gran cantidad de experiencias y de información con la que estamos siendo bombardeados todo el tiempo."

En concreto, la sociedad venezolana necesita una "revolución" dentro de la "revolución"; es preciso construir una fuerza interna que influya en el cambio de hábitos; si se logra hacer eso, es posible construir una sociedad consumista, pero con valores capaces de ser controlados, sin entrar en contradicción con la supervivencia social y su relación con la naturaleza de la convivencia humana; es prioridad construir una sociedad revolucionaria en la que los lazos sociales no se diluyan, se derritan, se licúen, sino que se integren y la hagan una masa espesa, heterogénea y competitiva, en términos de respeto a la igualdad y la solidaridad que rescate la visión ética y de virtud que desde los Griegos antiguos ha ocupado un espacio en el alma del ser humano y que por épocas pareciera están dormido, pero se hace indispensable despertar para trascender y eliminar del plano visual de la vida la corrupción, flagelo de nuestro proceso de lucha y transformación social.



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Ramón Eduardo Azócar Añez

Doctor en Ciencias de la Educación/Politólogo/ Planificador. Docente Universitario, Conferencista y Asesor en Políticas Públicas y Planificación (Consejo Legislativo del Estado Portuguesa, Alcaldías de Guanare, Ospino y San Genaro de Boconoito).

 azocarramon1968@gmail.com

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