Miedo a la libertad desde Rulfo



Ilustración: Obra mixta, de Richard Zela

El nacimiento del gran pueblo de México está ligado a las influencias de pensamientos y sucesos que acaecían en la Europa occidental imperialista. Como refiere lo refiere el político e historiador mexicano Justo Sierra (1940), en su "Evolución política del pueblo mexicano. México", el movimiento pre independentista e independentista en México, fue un proceso histórico que abarcó desde 1810 hasta 1821; toda una rebelión que comenzó con una manifestación de rechazo a las invasiones napoleónicas, tornando luego a convertirse en una serie de acontecimientos revolucionarios que se conjugaron en la independencia de México, marcando el ideal los llamados conspiradores de Querétaro, donde la figura del cura Miguel Hidalgo y Costilla, es la más resaltante, llamando a la conformación de un nuevo gobierno y al desconocimiento de las lealtades a la Corona Española que ya se percibía débil y sin capacidad de respuesta , producto del desgaste que causó Napoleón al cuerpo armado de la monarquía.

Para cuando se da la consolidación del proceso de independencia mexicana, en 1823, se da también el desmembramiento del Virreinato de la Nueva España, que estaba conformado por los territorios de México, parte de Estados Unidos de Norteamérica, Alta California, Nuevo México, Texas, Louisiana y las Floridas; también Centroamérica, islas del Caribe; y los enclaves españoles de Asia y Oceanía. Fue un Virreinato, que tuvo algunas Capitanías con un margen de autonomía para el cumplimiento de sus funciones, tales como la Capitanía General de Cuba, la Capitanía General de Guatemala y la Capitanía General de Puerto Rico.

Estos anhelos se caracterizaron por buscar un estatus de representación en el mundo civilizado moderno, llevó a México al siglo XX, con algunas cuentas aún sin saldar. Las necesidades como pueblo, ya como Estado Nacional constituido, de ver concretada las banderas de igualdad y solidaridad, que se pudieran traducir en bienestar para la población y en el fortalecimiento de sus estructuras sociales y políticas, el pueblo mexicano siguió arrastrando problemas de deterioro como sociedad de la época pre independentistas y se sumaron otros nuevos problemas producto de la independencia que ameritaba una nueva reacción pero esta vez para erradicar el despotismo y el latifundismo que el gobierno de Porfirio Díaz (1830-1915), militar mexicano que ocupó la presidencia en siete ocasiones, había estimulado; así como la reacción del pueblo a las intenciones del porfirismo de darle privilegios a las grandes potencias capitalistas que tenían dominio sobre los ferrocarriles, las minas, el petróleo, entre otros; el pueblo seguía con un menguado reconocimiento de sus derechos y de su lugar histórico en un México que se estaba quedando sin su anhelada independencia.

Esta realidad de país creó las condiciones para un movimiento social que luego se transformó en político y que en 1910, implosiona con una serie de levantamientos en todo el territorio mexicano que se le llamaría Revolución Mexicana pero que bien puede interpretarse hoy día como la continuación de los anhelos de quienes motivaron el proceso de independencia mexicano. Durante todo este periplo histórico la literatura estuvo presente, como lo está en cada acontecimiento que tiene que ver con los hombres y los procesos civilizatorios. Desde las obras de Homero en la Grecia Antigua, hasta la moderna novela del siglo XX, de Marcel Proust ("En busca del tiempo perdido") y James Joyce (Ulises), la literatura está ahí, indagando, presentando sus paisajes, monitoreando la conducta, los cambios de humor, las revelaciones que solamente el sentido común de la cotidianidad hace posible describir sin tropezar con engaños o fabulas.

En este sentido, la literatura por su condición de ficticia y de representación simbólica de épocas y espacios cuyas temporalidades tienden a ser ordenadas en un sinfín de fragmentos que solamente el lector es capaz de descomponer y componer, se ha subestimado en el análisis sociológico, politológico o paradigmático de las ciencias sociales, reservando para ella un espacio de recreación y de paralelismo idealizado, pero la experiencia de los escritores modernos ha ido presentándose bajo otras condiciones que lo colocan en un escenario de valores, de interconexión con los protagonistas de los acontecimientos y, en algunas creaciones narrativas, la ficción tiende a representar la esencia y autenticidad conque los hechos ocurren en la vida real. No con esto se pretende presentar la literatura como una vía objetiva desde donde entender la vida y su circunstancia (parafraseando al filósofo español José Ortega y Gasset); solamente que la literatura ha influido en esa historia social y política de los pueblos porque para su construcción se vale del lenguaje cotidiano, sincero, sin muletas, que usan los hombres de a pie en su recorrido por los territorios invadidos de aciertos y desaciertos propios de los seres humanos. En la época de pre independencia e independencia en México se cantaba y se vivía a la antigua; América, en general, estábamos por aquel tiempo retrasados en modas y en literatura. Tardíamente nos llegaban ambas cosas de la Metrópoli. La poesía novohispana era una banda innumerable de liras gongóricas para entonar cantos de artificio y divertimiento, verdaderos juegos de palabras, sonetos ecoicos, octavas de doble rima, estrofas compuestas a manera de centones, con versos sueltos del lírico cordobés, arreglados y combinados como las piedras en un mosaico, para producir la sombra de un oscuro sentido. La literatura, propiamente dicha, la incontaminada de la finalidad política, la bella literatura, se resintió asimismo de estas divisiones sociales. Este es el motivo por el cual permanecen todavía, hasta muy entrado el siglo XIX, los gustos y las imitaciones del clasicismo español, que es como una vasta alquitara que destila y refina los añejos vinos romanos y helénicos.

En concreto, todo el peso intelectual de los creadores literatos comenzó a tomar parte de la realidad política, era insalvable ya que la literatura no ocupara espacios en la segmentación de las clases sociales que se encontraban desparramadas por todo el país buscando atención y reconocimiento, en la vorágine que produjo, a comienzos del siglo XX, las ideas de restitución y reforma, de un orden que se había querido construir pero que adolecía de un discurso propio, auténtico. El único sector que ofreció al movimiento revolucionario mexicano un lenguaje personalizado y un mensaje esperanzador, fue la literatura. Se va a ir creando un discurso literario desde la figura de José Mariano de Larra y Ángel Saavedra, hasta Espronceda y Zorrilla, mostrando un cambio en sus artificios neoclásicos y en las odas moratinianas y de la altisonante, de la desproporcionada sonoridad de Quintana y Cienfuegos.

Esta nueva dimensión que vendrá a tomar partido en el proceso revolucionario mexicano, encuentra en nuevos intelectuales, ya de generaciones posteriores a 1910, un discurso crítico que se pudiera calificar sincrético en el marco de un realismo social que critica duramente el estado de abandono en que quedó México después de las estruendosas guerras urbanas y rurales de la revolución. Las voces de Mariano Azuela (1873-1952), Martín Luis Guzmán (1887-1976), Rafael F. Muñoz. (1899- 1972), Francisco L. Urquizo (1891-1969), Juan Rulfo (1917-1986), entre otros. De este grupo de importantes representantes de esa literatura que tomó de los escenarios de la Revolución Mexicana sus olores, sus colores, sus historias, sus héroes y sus víctimas, la figura que resalta más por el sentido psicológico y humano de sus personajes, sometidos al más cruente abandono, es Juan Rulfo.

Acerca del pensamiento de Juan Rulfo, circunscrita a una novela, un libro de cuentos y un guión de cine novelado, hace percibir al autor inmerso en una estructura sintáctica que consiste en una relación ecuacional entre la realidad de los hechos que le dieron movimiento a la Revolución Mexicana, y los efectos de una revolución que descontó no solamente vidas humanas, sino calidad de vida y esperanzas en un pueblo que venía siendo objeto de maltratos, injusticias y dominación. Al observar la obra de Rulfo en un contexto integral, se puede comprender la misma desde el abandono como contexto de lo que dejó la Revolución Mexicana.

Rulfo se une a una serie de escritores que reflejaron el carácter de abandono y soledad de los pueblos de postguerra, resaltando el rol que el escritor debe asumir ante la problemática social, al destacar que el realismo social, cuyo origen se remonta a la Revolución Soviética, cuya idea es la de crear una literatura al servicio del cambio social, veremos que no sólo la problemática social, sino también la denuncia y la crítica social, a la vez que trascendía el tiempo. En este sentido, el escritor está propenso a recibir la amenaza, el cuestionamiento de la propia sociedad que se siente abandonada; una sociedad que pierde sus valores y a la vez se consume entre la sensación de una inmensa soledad que va llevándola al instinto de confrontarse a sí misma y de terminar con la agonía a través del olvido inducido y la perdida de independencia, de idiosincrasia, de historia; un hombre vencido por su propio miedo, por tener temores e inseguridades causadas por años de dolor y de abandono. En Rulfo se alcanza a ver una palabra escrita que tiene la capacidad de llegar masivamente a la gente y la cual se ha sostenido en el tiempo; su literatura se desenvuelve en medio de la problemática social más trascendente en términos presentes y futuros; la literatura de Rulfo, muestra como el hombre somete al hombre. Al desvalido, al ignorante, al pobre, al necesitado y cambiar lo que la historia nos ha marcado a lo largo de la misma.

El papel de la narrativa de Rulfo en la construcción de un ideario revolucionario en México, muestra una cartografía real del sufrimiento y de la desesperanza que causó la Revolución Mexicana de 1910, dejando los campos abandonados, sin labranzas ni bestias a las cuales alimentar o criar; campos cuyo abandono trajo una soledad pesada, imbuida por la tristeza de los que se fueron, de los que murieron y los que están muriendo en cada historia contada por Rulfo. La Revolución Mexicana fue un evento que trascendió hasta1917, y fue un levantamiento en armas que estuvo circunscrito a la figura de autoridad de Porfirio Díaz (1830-1915), el cual vino a ocupar el poder, o la "Silla del Águila" en metáfora de Carlos Fuentes, entre 1876 y 1911. Su Gobierno se caracterizó por el manejo fuerte e impositivo de las relaciones con sus adversarios y con el propio pueblo. Para algunos historiadores porfirianistas, tal cual lo expresa, hay tres categorías desde donde apreciar su gesta política: el porfirismo, que es el retrato del líder como el gran salvador de la República; en anti-porfirismo, como la acción crítica contra un hombre que utilizó el despotismo como estrategia supervivencia en el poder; y un neoporfirismo, como la proyección del estadista que con actitud visionaria preparó a México para el futuro que le depararía el siglo XX.

El porfirismo, a grandes rasgos, cuyo agotamiento y barbarie causó los movimientos en armas que caracterizaron la Revolución Mexicana, no ha sido un asunto que quedó en los comienzos de la evolución política mexicana de principios del siglo XX, ha sido un anhelo aún sin concluir, apareciendo en la contemporaneidad como un modelo de rescate a la institucionalidad y a los valores nacionalistas de un Estado que se siente traicionado, junto a su pueblo, por los incumplimientos de la idílica Revolución. Ésta se fue quedando atrás como una forma de reivindicación de los derechos de los campesinos y luego de los obreros; fue un movimiento que al cabo de pocos años de haber iniciado ya se veía agotado su modelo, más porque no se pusieron de acuerdo las partes rebeldes de qué camino tomar para comenzar a brindarles a las gentes un Estado que les dignificara y no que les utilizara para la satisfacción de las posturas caudillistas que aún se anidaban entorno a la Silla del Águila. Pasados unos diez años, se estima que la influencia de la Revolución Mexicana estuvo hasta 1917, de manera febril, llega en 1927, una confrontación que estuvo circunscrita a ciertas provincias de México, producto de la reacción ante la persecución religiosa ordenada durante el gobierno del general Plutarco Elías Calles. Esta confrontación se conoció como "la guerra cristera", y su reaccionando se debió a la intención del Estado por someter a la Iglesia Católica, produciendo la unidad del pueblo creyente que con el grito de "Viva Cristo Rey", se enfrentó al orden instituido y causó mucho derramamiento de sangre, sobre todo, porque en las filas de los Cristeros se colaron personas criminales confesos que decían luchar en nombre de la fé que los había despertado de su vida criminal.

Esta guerra cristera se ha mantenido en muy bajo perfil por algunos historiadores, sobre todo por el hecho de que no involucró a todo el país (regiones de Zacatecas, Jalisco, Colima, Nayarit, Michoacán, Querétaro y Guanajoato, expandiéndose un tanto al centro del país), y por ser considerada más una lucha de fanáticos que perseguían fines no muy claros, aunque la historia ha develado que lo que aspiraban era la apertura de cultos, por la religión y su libertad.

Lo cierto es que ambos sucesos están conectados, la Revolución Mexicana levantó las banderas de rebeldía, irreverencia y postura crítica del pueblo; y los Cristeros buscaron salvaguardar algo que a comienzos del siglo XX, en cuanto a que el pueblo mexicano era un pueblo de cultos, de devoción, de entrega espiritual; el culto, como naturaleza de un pueblo con un pasado aborigen rico en images, historia y legado, se fortaleció con el mestizaje.

En la obra de Rulfo, estos acontecimientos de la Revolución mexicana se van abordando en los personajes de sus novelas, caracterizados bajo temas sociales y políticos que le son pertinentes a los escritores modernos para ayudar a su época a entenderla y a valorar cada una de las acciones que los hombres hacen en nombre de la libertad, la independencia y la reivindicaciones de sus derechos. También es una obra crítica, reflexiva del papel de la literatura en la sociedad latinoamericana, tocando la figura de Juan Rulfo como un exponente de una violencia que no se encuentra enmarcada en grandes movimientos históricos, sino en la atmósfera de un tiempo detenido en quienes ya no viven para contar historia. Muestra a un Rulfo que asume las banderas de un realismo simbólico que a pesar de pasearse por escenarios donde los muertos hablan y suceden eventos paranormales, esas son cosas que también pasan en la vida real pero que tienden a ser descartadas con facilidad ante el temor y el miedo de sus efectos.

Rulfo, en su rol escritural, es un sobreviviente, él simboliza una época en la cual se interactuó con la tragedia y hasta la propia tragedia se encargó en desaparecer parte de esa historia, pero lo que logró subsistir es hoy literatura; es el cuestionamiento histórico y creativo, de un autor que fue más allá del imaginario social y abarcó sensaciones de quienes habían ya partido y se habían quedo sin voz.

Otro factor que influyó en la visión de Rulfo del sentimiento revolucionario, se marca un estilo literario donde domina una categoría denominaría "realismo social del abandono", caracterizada por ser expresión de un relato con fuerte contenido social, con abundantes escenas naturalistas, dinámico y dramático, que pasa por encima del folklorismo superficial para ahondar en la soledad y en el dolor de la pérdida del sentido de reconocimiento de las personas por parte de otros semejantes; algo así, como historia de seres humanos hiper-olvidados, que sienten hacia el abandono una cultura de vida para poder sentir que sobreviven a ella a pesar de ya no contar con existencia, porque, claro está, son personajes de Rulfo, están muertos.

En la obra escritural-novelada de Rulfo, sobre todo en su obra "El Llano en Llamas", se percibe la vinculación de algunos cuentos con el proceso histórico de la Revolución Mexicana; en el cuento que lleva el nombre del libro, "El Llano en Llamas", se da comienzo a una fabulación del momento que representó este movimiento revolucionario en la provincia; de esta manera retrata Rulfo su realismo social del abandono: "…La tercera descarga nos llegó por detrás. Brotó de ellos, haciéndonos brincar hasta el otro lado de la cerca, hasta más allá de los muertos que nosotros habíamos matado…Luego comenzó la corretiza por entre los matorrales. Sentíamos las balas pajueleándonos los talones, como si hubiéramos caído sobre un enjambre de chapulines. Y de vez en cuando, y cada vez más seguido, pegando mero en medio de alguno de nosotros, que se quebraba con un crujido de huesos. Corrimos. Llegamos al borde de la barranca y nos dejamos descolgar por allí como si nos despeñáramos. Ellos seguían disparando. Siguieron disparando todavía después que habíamos subido hasta el otro lado, a gatas, como tejones espantados por la lumbre. "¡Viva mi general Petronilo Flores, hijos de la tal por cual!", nos gritaron otra vez. Y el grito se fue rebotando como el trueno de una tormenta, barranca abajo…Nos quedamos agazapados detrás de unas piedras grandes y boludas, todavía resollando fuerte por la carrera. Solamente mirábamos a Pedro Zamora preguntándole con los ojos qué era lo que nos había pasado. Pero él también nos miraba sin decirnos nada. Era como si se nos hubiera acabado el habla a todos o como si la lengua se nos hubiera hecho bola como la de los pericos y nos costara trabajo soltarla para que dijera algo. Pedro Zamora nos seguía mirando. Estaba haciendo sus cuentas con los ojos; con aquellos ojos que él tenía, todos enrojecidos, como si los trajera siempre desvelados. Nos contaba de uno en uno. Sabía ya cuántos éramos los que estábamos allí, pero parecía no estar seguro todavía, por eso nos repasaba una vez y otra y otra…"

En la narración de Rulfo, se da una características del movimiento insurreccional valiosa y es la que se refiere a la táctica de guerrillas, una condición que aún no estaba entendida en Latinoamérica como vía para el triunfo de revoluciones, pero que en esos llanos soleados y laberinticos, entre polvo y ramas secas, se podía dar con extrema posibilidad de éxito, ya que el enemigo, los militares del porfirismo, estaban dispuestos a defender pero no a morir por su Presidente. Rulfo narra el proceso de desgaste del movimiento revolucionario: "…ya teníamos algún tiempo sin pelear, sólo de andar huyendo el bulto; por eso resolvimos remontarnos los pocos que quedamos, echándonos al cerro para escondernos de la persecución. Y acabamos por ser unos grupitos tan ralos que ya nadie nos tenía miedo..." Pero no sería por mucho tiempo, ya que el movimiento se estaba organizando y tenía una idea clara de qué era lo que necesitaba el pueblo; los antecedentes, causas y motivos, carecen, en un sentido profundo, de precursores; se presenta al principio como una exigencia de verbal y limpieza en los métodos democráticos, según puede verse en el Plan de San Luis.

La Revolución Mexicana, a través de Rulfo, se presenta como un movimiento que busca rescatar reivindicaciones sociales arrancadas a la población mestiza, y de allí evoluciona a un movimiento de rescate al sentido nacionalista patrio de quienes siendo analfabetas y pobres, no tenían en qué creer ni razones para luchar. Se daban los primeros pasos hacia una nueva independencia, porque la mano dura del porfiriato había causaba miedo en el pueblo, aunque más miedo causaba dejar de sentir ese miedo al líder, pero los personajes de Rulfo estaban convencidos de que era tiempo de cambiar ese miedo, por un nuevo miedo, un miedo en libertad.



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Ramón Eduardo Azócar Añez

Doctor en Ciencias de la Educación/Politólogo/ Planificador. Docente Universitario, Conferencista y Asesor en Políticas Públicas y Planificación (Consejo Legislativo del Estado Portuguesa, Alcaldías de Guanare, Ospino y San Genaro de Boconoito).

 azocarramon1968@gmail.com

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