Comunismo y razón

Los debates acerca de este asunto no tienen punto de confluen­cia salvo para los razonadores sin prejuicios, que en Occidente prácticamente no existen...

En España los reductos de pensamiento comunista alojados en partidos que con diferentes siglas han ido desfilando desde el ini­cio de esta democracia de mínimos, no han tenido más reme­dio que ceñirse hasta ahora en su recorrido a un papel parlamenta­rio casi decorativo y testimonial por el número de quienes representan ese pensamiento en la sociedad española. Pero eso, en modo alguno prueba la debilidad intelectiva y argu­mentativa de las tesis comunistas, pese a que en otros puntos del planeta es al revés: la op­ción opuesta propia de las democracias burguesas carece institucionalmente de va­lor. Hay otra óptica. Pero en España y en los países del mismo sistema, lo que ello pone de manifiesto a cuenta de la paradoja de que a más razón práctica menos razón pura en la gobernanza de la sociedad, es el gigantesco potencial con el que cuenta una tesis socio econó­mica que está llevando a la ruina a grandes ma­sas de población en cada nación y al planeta. Tesis que no bri­llan por su carga de lógica formal, sino sobre todo por estar res­paldadas por el egoísmo extremo de otras grandes masas y de re­presentantes su­yos que, bien acomodados, cuentan con los instru­mentos más efi­caces para imponer su razón y su ley: ejérci­tos, policías, di­nero, riqueza, medios de información y técni­cas de mentalismo; es decir, todo cuanto se precisa para "per­suadir" en la paz, del mismo modo que los ejércitos "persuaden" al enemigo después de haberle ganado la guerra. Pero no porque el liberalismo sea en sí mismo persuasivo, no por­que las tesis iusnaturalistas (lleva­das a unos extremos aberran­tes por el liberalismo econó­mico que se ha instalado en Occidente para quedarse) no carez­can del sentido profundo y de­moledor que sí tienen las tesis marxistas (argumento éste que está en línea con lo mantenido en otro artículo del que soy autor acerca de la verdadera realidad que en la sombra está detrás de la realidad oficial).

El "sistema" occidental se vertebra exclusivamente en el número, no en el raciocinio de la justicia social. El número en la estadística (a menudo manipulado), el número en la economía de los precios, y el número de los que, representantes y represen­tados en un parlamento, comparten la idea fabricada por ideólogos que diseñan esa realidad a la que aludo sin contar con cada vez mayores minorías que la sufren. En el fondo, un modo de razonar perverso y fraudulento; una teoría y clase de pensa­miento de factura similar y con la misma dosis de "verdad" o de razón que sus custodios dicen encierra "esa" filosofía, ese par­tido o "esa" religión, por­que tienen éste u otro número de seguido­res, de adeptos o de fieles... Es el número lo que les da toda la razón...

Lo que sí ha de reconocerse, desafortunadamente para los lógi­cos, es la debilidad de la razón pura frente a la razón práctica: lo que hace de la filosofía y de la lógica formal dos espacios menta­les que poco a poco van perdiendo fuelle e interés; salvo para débiles mentales ilustrados y para quienes buscan consuelo en la primera... Y es que, en efecto, la razón pura nada tiene qué hacer enfrentada a la razón práctica de la política, económica o común. Pues asentada la razón práctica en la retórica, a su vez res­paldada por la fuerza material y la maquinación, por la fuerza del número y en la voluntad de poder, la razón pura podría de­cirse que poco menos que fabula.

Sin embargo y para poner en evidencia que la razón pura tam­bién es posible aplicada a la organización política y económica de la sociedad, ahí tenemos el ejemplo vivo de China. Vasto país donde esa razón, es decir, el ideal que fue, se transformó en razón práctica por la revolución. Un país donde la libertad se sa­crificó a la igualdad; un sistema cuya an­dadura empezó sacrifi­cando las libertades individuales y públi­cas que tanto se cele­bran en occidente, y luego, a lo largo de tres cuartos de siglo, fue graduán­dolas hasta llegar a dis­poner el individuo de unos ni­veles de libertad cercanos a los que se su­pone se disfruta en Occi­dente donde la sacrificada es la igualdad. Casi mil quinien­tos millones, casi un cuarto de la humanidad, no sienten, o lo sienten levemente, el aguijón de la injusticia instituida gra­cias a los planteamientos y soluciones marxistas.

En nuestras naciones en cambio la razón, las cuotas de razón tanto pura como práctica, se reparten proporcionalmente entre el número de escaños en los parlamentos. Cuantos más escaños más razón, cuantos menos escaños menos razón. De aquí que la única salida a la inversión del potencial de la razón para que los instrumentos de poder pasen de manos de las capas sociales domi­nantes a las secularmente dominadas, es sólo la revolución. Pues sólo la revolución transfiere automáti­camente el dinero, las finanzas los medios y la riqueza a esas partes de sociedad que ahora son minoritarias, marginadas y perdedoras. El hecho de que no se lleve a efecto no significa más que estas tres cosas. La primera es que en estas sociedades los individuos comen aunque sean miga­jas; la segunda, es que las tecnologías aturden las men­tes lo bas­tante como para hacer presas de la molicie a millo­nes de indivi­duos; y la tercera, que la socie­dad occidental se ha civilizado hasta un grado decadente. Pero todo eso tampoco signi­fica en absoluto que el marxismo, el comu­nismo, el socia­lismo real o el socialismo desnudo, en sus di­ferentes concepcio­nes y vertientes, adaptados a las circunstan­cias excepcionales que atraviesa el mundo y el planeta, no sean la solución deseable y urgente para modificar la relación de fuer­zas que existen invete­radamente en la sociedad occidental desde la caverna. No creo exagerar si digo que si en el siglo XXI las tesis de Marx y de otros comunis­tas, entre ellos buen número de padres de la Igle­sia cató­lica, no se llevan a la práctica el neoliberalismo, sus can­cerbe­ros y turiferarios, más los mimetizados en Europa proce­dentes de las fi­las de los falsos socialistas acabarán sin re­medio con el propio sistema y con las condi­ciones habitables del planeta...



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Jaime Richart


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