Anatomía del poder

El poder, los poderes, como potencia social permanente, ni escucha ni habla. El poder no discute: actúa. Y actúa siempre en silencio, imponiendo su fuerza, unas veces ma­terial y otras moral, porque sabe que nosotros nunca va­mos a pasar de las palabras, de los reproches y de los aspa­vientos. Somos nosotros los que hablamos solos como el que se desgañita en el desierto. Somos nosotros los que nos pasamos la vida reprochándole y acusándole de lo que hace y de lo que no hace. Pero el poder nunca con­testa, nunca dice nada. Al menos nada que tenga que ver con nuestras quejas, con nuestros lamentos, con nuestra in­dignación, con nuestras frustraciones y con nuestros des­engaños en tanto que ciudadanos de una república in­existente. Es más, el poder se ríe de nosotros...

Si acaso el poder en otros países a veces balbucea y algo responde, pero si el poder es español, la incomunicación con la ciudadanía es absoluta... Si no estuvieses conforme, dime qué dice la Banca, qué dicen los de las puertas girato­rias, qué dicen los del Ibex35, qué dicen los magistra­dos, qué dicen la curia, los obispos y arzobispos, qué dicen los generales del ejército, salvo ofrecerse a llevar la fuerza a donde a los otros convenga: nada. Y si dicen algo es para provocar, para recordarnos sus ultrajantes be­neficios a nuestra costa, para exhortarnos a los viejos a que nos mu­ramos, para hablar de sus leyes enrevesadas para me­jor es­conder tanta y tan ofensiva desigualdad, para echar­nos en cara sus irrisorios méritos para haber obte­nido el privile­gio, para amenazar, para amedrentar, para encarce­lar, directamente por leyes positivas o indirectamente por mandato gubernativo...

El poder lo protagonizan todos los que forman parte de él y al mismo tiempo ninguno. Para ejercer su dominio apa­bullante, aparte de esa estrategia del silencio, el poder se vale de otros tres recursos que en esa medida nadie po­see: simulación, mimetismo y metamorfosis. Gracias a esas tres cualidades se reproduce indefinidamente desde la noche de los tiempos, sin que el proceso de reproduc­ción permanente se haga patente para el mundo. De ahí las inútiles intentonas de reformarlo a fondo, sólo el paso del tiempo lo consigue, y la imposibilidad metafísica de destruirlo: es indestructible. Y así es cómo sucede algo que nos mueve a la desesperación a los idealistas: los intentos por acabar con el poder y por cambiar el mundo acaban empeorando el mundo.

Antropólogo y jurista



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Jaime Richart


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