La historia de dos amigos, dos ciudades, dos países

Las vueltas que da la vida venezolana con sus variopintas relaciones humanas, en la amargura y en la dulzura de sus padecimientos. Parece ya casi un remoto pasado aquél año de 1996 cuando dos amigos cercanos, si no íntimos, al menos si estrechamente cercanos vinculados a una misma pasión literaria, tertuliaban cordialmente en una atmósfera envolvente que emanaba de ellos. Rodeados por un séquito, de entre quienes por intromisión escuchábamos absortos las desventuras de Charles Darnay, aquél noble francés, personaje principal de "Historia de dos Ciudades", novela histórica del escritor británico Charles Dickens.

Traigo a colación esta aparente trivialidad, al azar de ver a estos dos viejos contertulios muy recientemente, sirviendo este episodio para recordar que ambos muchos años después antagonizaban agriamente debido al clima de confrontación traído con todo proceso e ideario revolucionario. Proceso que vino demoliendo todo vestigio de amistad entre ellos a causa del acontecer político. Erosionada la fraterna amistad de ambos, ya no era posible verlos acudiendo al mismo local de Chacao para departir juntos. Simplemente ya no se soportaban, ni se escuchaban en su mutua sordina. Un tercero conocido relataba que ambos se golpearon ferozmente durante la antesala al referéndum Constitucional del 2007 que intentaba modificar 69 artículos de la Constitución de 1999 para aprobar el Estado Socialista. Uno de ellos llevó la peor parte por heridas abiertas con un vaso de vidrio lanzado por el otro, que no solo triunfó en la refriega física sino en la NO aprobación del referéndum. Doble triunfo y doble derrota, dos corazones llameantes en disputa, que a pesar que latían al mismo tiempo en sus afinidades lectoras, solo uno quedó rebosante de gozo y otro nadando en la hiel de la derrota. Nunca más se dirigieron la palabra. El derrotado: un chavista, revolucionario cabal, muy vehemente, buen soñador, convencido y tan sapiente como el otro, lidiaba con una tercera derrota, la de la geografía de vivir rodeado de adversarios políticos. No hay mandamiento de orden para el dominio de las bajas pasiones, y es que hasta en las altas esferas académicas, los engarces sirven para fundar escuelas adversarias, con fieles seguidores que multiplican las trifulcas por años.

Es ampliamente conocido que lo mismo ocurre en el ámbito personal de cada ciudadano venezolano, muy inmerso en el fragor de los altercados a lo largo y ancho de cada círculo improvisado en cualquier ciudad donde el grueso de la población debate, acusa y arrostra sus propias verdades salpicadas de insultos en un amplio espectro que oscilan entre los altisonantes y más moderados improperios. Nadie se escapa de comportarse como emisor de un florilegio de maledicencias. Son parte activa de este azuzamiento colectivo, las élites y sus vigilantes con ropajes de intelectualidad, declarando en prensa, confeccionando artículos disuasivos y hostigadores, acuden buscando espacios para la intemperancia, invitados a espacios televisivos donde difunden vagas generalizaciones que buena parte de la clase media rebota para hacerlas eco de una tendencia que se asienta en la mente de muchas personas. En descargo de ellos, debe también someterse a un escrutinio exhaustivo, crítico, enmendador y de más altura, toda la codificación de mensajes emitidos por nuestro liderazgo revolucionario, cuya estridencia retórica, ensoberbecida, y prosaica a ratos, aviva las reacciones de los poderes económicos que influyen en la clase media, cuya conciencia de clase ya sabemos es la menos acrisolada, soñando siempre por ocupar altas jerarquías de abolengo.

La historia de estos dos hombres, estos dos vecinos de Chacao, es la misma historia de dos municipios en Chacao, uno minoritario, silente, consciente de su escualidez chavista. Y de otro mayoritario, feroz, valiente, irreverente y desafiante, consciente de tener una mayoría que extrapola precipitadamente al resto del país en su estrechez de miras. También es la historia de dos ciudades, de dos países, dos sentires en cualquier lugar de nuestra geografía nacional, que alternan la primacía de una mayoría que se balancea entre dos extremos al calor de la reyerta electoral de turno durante estos 18 años revolucionarios. Esa alternancia se ha agudizado en los últimos años, aunque manteniendo las tendencias a juzgar por los escrutinios en cada espacio del territorio nacional que cualquier curioso puede revisar en cada municipio y estado al examinar la página web del CNE. Un recorrido que todo venezolano debe inspeccionar, estudiar, ponderar y conjeturar sobre los dramas, comedias y tragedias que en torno a un mismo hecho que nos confronta, sirve para figurarse lo que ocurre en los hogares venezolanos, en los gremios, juntas vecinales, entre amigos, familiares, estudiantes, profesores, etc. En todos los casos se reproduce el mismo fenómeno, bullen los debates, afrentas y desmanes bajo la forma de excesos que hemos cada quién en su trinchera decidido defender.

Pero ignoremos púdicamente este último factor, y preguntémonos con cuánta recurrencia no ocurren historias cuyos dramas son similares al narrado por Charles Dickens en su conmovedora "Historia de dos Ciudades", esos entresijos cuyas realidades superan la ficción y que tanta gente confinada en su parcela se niega a mirar elucubrando los más elaborados argumentos que apreciamos como incontestables, cuando pretendemos dañar o comprometer la posición de un contrincante o peor cuando queremos destruir al enemigo que hemos construido en nuestra psique por medio de la violencia física. Cuántos personajes reales similares al Charles Darnay de "Historia de dos Ciudades" no son redimidos por sus excesos contra unos Manette que han decidido perdonarle, pero la vorágine de la locura, así como de la cordura revolucionaria hacen mella, logrando que emerjan personajes como Defarge que con justificada afectación pretende condenar a Darnay valiéndose de la Justicia, a pesar de su redención. Tenemos muchas historias compatriotas venezolanos similares a la narrada por Dickens, muy vivas en nuestra contemporaneidad, cada uno de nosotros conoce alguna como la de los dos amigos de Chacao. "La Historia de dos ciudades" es un monumental cuadro de la Francia revolucionaria, sus amores, la política, la polarización, la corrupción, la necedad de las élites, el dolor, lo absurdo del enfrentamiento entre ciudadanos, todo eso está en la novela, y es pasmosamente similar a lo que ocurre en nuestra Venezuela, hombres y mujeres concretos arrastrados por la turbulencia, la locura y los amores a ideales, quizás elevados a un nivel tan encumbrado que nos destrozamos mutuamente para alcanzarlos. Nuestra historia de 18 años revolucionarios en cada hogar, es tan estremecedora como ese relato, centrado en los albores de la Revolución Francesa, cuyas palabras que le dan apertura es considerada una de las mejores construcciones de la literatura universal:

"Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos en derechura al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto. En una palabra, aquella época era tan parecida a la actual, que nuestras más notables autoridades insisten en que, tanto en lo que se refiere al bien como al mal, sólo es aceptable la comparación en grado superlativo".

Recordemos que los peores enemigos, quizás se puedan convertir en los mejores amigos cuando el catalizador del vínculo es sellado con la pasión por la lectura reflexiva, suprimiendo las abundantes y estúpidas discusiones acerca de la verdad y la objetividad. Todo venezolano sumido en la confrontación debe al unísono dirigirse a sus líderes para retomar el diálogo y la negociación, tender los puentes del entendimiento. A nuestros dirigentes revolucionarios solo me resta decirles que el amor por la Revolución se torna a veces multisápido, en mieles y hieles, y aunque el amor puede seguir fructificando, recuerden señores que existe el poder para librarnos también del amor, que surge siempre de dos formas 1) Por el conocimiento de una cosa mejor 2) Por la experiencia de que la cosa amada, que antes era tenida por gigante y excelsa, trae consigo mucha desventura, desazón y desgracia.

jguaina@gmail.com



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