(Ciencia vs. Tecnología)

Conozcamos la Economía Política

   El campo de aplicaciones  de la “Economía” es tan amplio que le  permite a las personas enriquecer  su vocabulario desde su infancia, en su casa, la escuela,  abastos, areperas, calles, trabajo y hasta en la “cama, pero en ese sentido estaríamos hablando de Economía Vulgar, popular,   contable y muy tecnológica. La Economía Política es otra cosa.

   Aristóteles supo distinguir entre “Economía”,  o Economía Política, y Crematística[1]. La primera se ocupa de la riqueza material, de la producción de bienes útiles, más  conocidos como mercancías, y la segunda, de su comercialización a través del dinero, y se ocupa también del “arte de hacer dinero con el  dinero”. La crematística, además servir al intercambio de los bienes, dio origen a la práctica de la usura, a la  técnica  bancaria,   desligada como se halla de la función originaria del dinero como simple facilitador de la     circulación de las mercancías.

   Para la  crematística, la circulación es la fuente de la riqueza. Tal es la versión del comerciante y del banquero   la cual es convalidada por  los apologistas de la burguesía y del capitalismo en su incesante tarea de negar la explotación del trabajo asalariado, y de negar  que es en las fábricas donde se crea la riqueza y no en el intercambio, habida cuenta de que en este sólo se trastruecan los bienes   ya creados durante el proceso de producción.

   Para la Economía Vulgar es como si en las fábricas sólo se produjera valores de uso, y en el mercado, los valores de cambio. Contra esta versión irrumpe genialmente Carlos Marx quien  termina adosando indefectiblemente el valor de cambio al valor de uso producido por la mano del trabajador[2]. Desde luego, el trabajador no produce ni crea los valores de cambio, sino sólo valores de uso.    El valor de cambio es la pura y más representativa forma de expresión de la división social del trabajo. Ratificar este descubrimiento, hacerlo respetar científicamente y vulgarizarlo a toda la humanidad ha sido la tesonera labor, todavía en proceso,  de la Economía Política.

   El valor de cambio  puede representar perfectamente el  objeto de estudio de la Economía Política. A esta ciencia renunció  el propio Aristóteles, impedido como estuvo de ver en el trabajo de los esclavos una igualdad entre los hombres[3]. Para los hombres libres e iguales  de la era capitalista, el problema no debería resultar tan difícil, salvo por los intereses clasistas que son una constante  en las sociedades donde siga privando la propiedad privada sobre los medios de producción.

   Bien, desde la  óptica de la economía vulgar (crematística), resulta  lógico que la   ganancia surja tanto en las fábricas como en el comercio. En  el mercado se trueca dinero por mercancías, y  a estas por dinero con tal de que el segundo canje arroje más dinero que el desembolsado en el primero; de allí la ganancia comercial. El comercio  oculta el trasfondo de la explotación burguesa.

   En la esfera de las fábricas, la ganancia sólo puede   tener como fuente la explotación de la mano de obra en funciones, y de allí la explotación burguesa.   Veamos: Para fabricar o producir cualquier bien útil es necesario el consumo y transformación de materiales y materias diversas por parte de un trabajador especializado, de un esclavo o de un siervo o de un moderno asalariado. La determinación cuantitativa y cualitativa de estos factores de la producción es un asunto meramente técnico: tanto de la materia A, tanto de la m. B, tantas horas/hombres,  tantos energéticos, tantos  etc. [4]. De esa armoniosa combinación de insumos brota un valor de uso con determinadas características fisicoquímicas. Se  trata de un  producto, una mercancía, y esta tendrá como valor el   conjunto de los precios  de esos insumos. Entonces, ese producto no puede llegar  más allá de lo que  costaron  las materias  A y B, además del costo de las horas de trabajo invertidas. Se trataría, pues, de simple contabilidad, simple ingeniería, s. química, simple física y hasta simple sociología por aquello de las modernas RR HH. 

   Hasta allí, la ganancia aspirada y retenida por el fabricante en la empresa capitalista podría resultar hasta arbitraria en términos cuantitativos, pero tal ganancia cobra una incuestionable objetividad cuando reconocemos que el precio de la mano de obra (el salario)  pudo o debe ser subestimado por el patrono, ya que de otra manera su ganancia sería el resultado de una sobrevaloración  meramente especulativa. Este patrono estaría vendiendo a un precio que ya no se correspondería con el valor insumido en la fabricación de su mercancía; este patrono se parecería más a un comerciante que a un  fabricante.

   Marx resolvió esa confusión, primero, descubriendo el valor de cambio dentro del proceso de fabricación, y segundo, denunciando que, si el trabajador fuera el dueño, o condueño, de los medios de producción trabajados por él, entonces  desparecería el concepto  de valor de cambio, de ganancia, y sólo estaríamos hablando de “producción técnica”, de   compras,  ventas y satisfacciones con los valores de  uso producidos por todos los trabajadores. Este descubrimiento  se refiere a que el costo de esas horas/hombre   corre a cargo del trabajador, a cambio del cual el patrono sólo reconoce un precio menor (salario) y retiene un sobrevalor (plusvalía) que nada le cuesta y es la fuente de su ganancia[1].

Esas  categorías económicas, configuran con asombrosa sencillez todo el articulado de la ciencia de la Economía Política, hasta ahora,  la más envolvente  de todas las  ciencias, cuya aplicabilidad general permanece pendiente de realización, pero cuya  vigencia cesará cuando terminen  los regímenes de explotación de unos hombres por otros. 

 



[1]  Carlos Marx, El Capital, Libro Primero, Cartago, (Buenos Aires, 1973),  pp. 160 y 172.

[2]  Carlos Marx, Obra citada, Cap. I.2,  p. 60.

[3]  Carlos Marx, Obra citada, Cap. I, pp. 75 y 76

[4]  Carlos Marx, Obra citada, Cap. I, p. 56.

[1] Carlos Marx, Obra citada, Cap. VII2 íntegro.



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Manuel C. Martínez M.


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