Lenin: ¿instauró un régimen comunista en Rusia?

Un analista internacional y, creo, profesor universitario con ducho conocimiento en materia religiosa, expresó en un programa de opinión por Televisión que Lenin había instaurado un régimen comunista en Rusia pero, además, desató una represión feroz contra la Iglesia rusa y sus voceros. Es necesario, igualmente, destacar que reconoció que en Cuba el gobierno revolucionario jamás ha aplicado represión contra los obispos y los sacerdotes. Es justo, también, respetarle su derecho a profesar pensamiento religioso, a ser opositor del socialismo como a tener la libertad de expresar sus ideas por cualquier medio de comunicación que crea conveniente o le facilite su espacio.

Sin embargo, en defensa de la verdad histórica, decir que Lenin instauró un régimen comunista en Rusia en 1917 es, por un lado, una abstracción sacada, de manera muy apresurada o muy interesada, de la doctrina marxista mal interpretada y, por el otro, un desconocimiento hasta de lo más elemental del pensamiento y la obra del camarada Lenin como el primer Presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo luego de que se produjo la revolución conocida como bolchevique, de octubre o rusa.

Marx habla, ciertamente, de sociedad comunista o un modo de producción comunista que es caracterizado por dos fases: la socialista y la comunista. Pero, además, señala en Crítica del Programa de Gotha, que “Entre la sociedad capitalista y la sociedad comunista media el período de la transformación revolucionaria de la primera en la segunda. A este período corresponde también un período político de transición, cuyo Estado no puede ser otro que la dictadura revolucionaria del proletariado”... No nos pongamos a discutir si Marx tenía o no razón, por lo menos, para lo que deseamos comprender o aclarar sobre Lenin.

Tal vez, como fantasía, lo que más desee un marxista es instaurar el comunismo tan pronto despoje a la burguesía o capitalismo del poder político. Sin embargo, Lenin gozaba de tanto dominio del conocimiento y, especialmente, de la política que nunca se ocupó en imaginarse tal utopía. Mucho había enseñado la concepción materialista de la historia que ésta o sus cursos no dependen de la voluntad de los seres humanos sino que, en última instancia, son los factores económicos quienes deciden. La historia, incluso y lo dijo Marx, no puede concebirse sin las casualidades, porque, entonces, sería muy mística. Y que se sepa, las casualidades no dependen de las convicciones o voluntades de los seres humanos, pero no pocas veces se transforma en el elemento fundamental para determinar una victoria o una derrota. Pretender, por simple deseo de la voluntad personal, saltar etapas históricas, sin que la evolución haya cumplido sus metas, es algo parecido a un novato que por vez primera toma en sus manos una garrocha le pongan la varilla en siete metros cuando el campeón mundial de salto alto sólo ha podido superarla hasta los cinco metros y medio o, valga otro ejemplo, como el principiante de salto triple pretenda superar sólo con su primer salto la distancia que el campeón del mundo logra con los tres saltos reglamentarios. Eso, en la cabeza de Lenin, jamás tuvo espacio para asentarse.

Las ciencias trabajan con categorías que identifican las múltiples realidades concretas o la generalidad de un fenómeno dado. En la política, mucho más que en otras ciencias, los sinónimos deben tratarse con el sumo cuidado para que no se conviertan en focos de confusión o perturbación en los análisis científicos. Precisamente, en la revolución rusa se hizo un uso desmedido de los sinónimos sin tener idea de medir sus consecuencias. Trotsky nos dice, que no “… es discutible que los marxistas, comenzando por el mismo Marx, hayan empleado con relación al Estado obrero los términos de propiedad <estatal>, <nacional> o <socialista> como sinónimos. A grandes escalas históricas, esta manera de hablar no presentaba inconvenientes; pero se transforma en fuente de groseros errores y de engañifas al tratarse de las primeras etapas, aún no aseguradas, de la evolución de la nueva sociedad aislada y retrasada, desde el punto de vista económico, con relación a los países capitalistas”. Esto se señala, porque identificar el período de transición política que corresponde al período de transición del capitalismo al socialismo como régimen comunista es un error garrafal para un analista político, bien sea de carácter internacional o bien del campo nacional, bien sea también de derecha como de izquierda. Es como confundir la chicha con la limonada o el plátano con el casabe.

Cierto es que en Rusia, a partir de la victoria revolucionaria del 25 de octubre de 1917, se instauró, encabezado y dirigido por los bolcheviques y a cuya cabeza nadie brilló más alto o intenso que Lenin, lo que Marx denominó dictadura del proletariado, que se expresaba por medio de los Soviets –fundamentalmente- de obreros. Dictadura que tenía el deber de garantizar la democracia para las clases y sectores populares (pueblo) y la dictadura sobre la burguesía y sus fervientes partidarios de estamentos medios de la sociedad. No nos pongamos a discutir si eso tiene o no vigencia en la actualidad. Sencillamente, nos estamos limitando a aclarar que no se corresponde con la verdad la acusación que se hace contra Lenin, de que éste instauró en Rusia el régimen comunista.

Lenin es el autor del libro “El Estado y la Revolución”, donde no sólo analiza científica y prolíficamente la concepción marxista sobre ambas categorías históricas, sino que desarrolla su pensamiento de una manera sencilla, entendible y rica en contenido teórico. Para Lenin, aprendido de Marx y de Engels, no cabía la idea en la mente de un marxista de que el Estado y la democracia política iban a tener vigencia en la fase comunista como tampoco las clases que irían desapareciendo en la medida en que iría desapareciendo la propiedad privada sobre los medios de producción convirtiéndose en propiedad social y la administración de las cosas iría pasando a manos de la sociedad. No olvidemos que Lenin decía que el socialismo era cada vez más economía y menos política.

Existen miles de textos, documentos, análisis, estudios y reflexiones que desmienten la acusación que el analista internacional hizo contra Lenin. Pero vayamos, para no emborronar muchas cuartillas, a unos argumentos que no dejan duda y son irrefutables. Lenin siempre se guió, día y noche, por un principio que lo engrandeció de pies a cabeza: condenar una política errónea para abrir el paso a una política justa. Para Lenin, además, el tiempo era un elemento decisivo en la política y, especialmente, en momentos de cambios bruscos en los cuales se enfrentan, en cosas de vida o muerte, dos sistemas: el capitalismo y el socialismo, que es lo que acontece en la transición del primero al segundo. Nadie, como Lenin, conocía tanto lo que es la transitoriedad con sus contradicciones, sus diferencias, con sus posibilidades diversas. Y, al mismo tiempo, sabía distinguir un fenómeno de otro, un período de flujo del de reflujo, sus fases de desarrollo, las necesidades de cambios tácticos manteniendo la estrategia de conjunto. Ahora, es justo reconocer que Lenin no era perfecto, que cometió errores grandes como grandes fueron sus aciertos. La invasión a Polonia, por ejemplo y auspiciada por Lenin, fue uno de los grandes desastres de la política internacional de la revolución rusa. Pero de esto no nos ocupemos por ahora.

Ningún analista, sea de la tendencia de pensamiento que sea, debe dejar por fuera de su estudio sobre la revolución rusa, siendo Lenin el Presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo, que inmediatamente después de la toma del poder político o del derrocamiento político del gobierno burgués, la revolución fue víctima del ataque mancomunado de las potencias imperialistas, de contrarrevoluciones armadas internas y, además, se produjo en plena Primera Guerra Mundial siendo Alemania la ultrajadora de los sueños primarios de la revolución. Léase el desarrollo de las discusiones y el pacto de Brest-Litovsk. La revolución se vio obligada, por imperiosa necesidad de existencia, a tomar medidas duras, drásticas como el llamado comunismo de guerra que en el fondo no tienen nada que ver con un sistema comunista de producción y de vida social.

Pero mejor concretémonos a los argumentos irrebatibles que desmientes la acusación de que Lenin instauró un régimen comunista en Rusia. Si alguien sabía, con la exactitud del científico que comprueba en un laboratorio su hipótesis y la transforma en teoría, de que Rusia no estaba preparada para la construcción de un régimen comunista era, precisamente, el camarada Lenin. Por eso soñó e invirtió valioso tiempo de su vida en estimular la producción y la victoria de la revolución en otros países y, especialmente, en Alemania. Para Lenin el socialismo no era una cuestión que se limitaba a las fronteras de una sola nación y que dependía, mucho más, de lo internacional que de lo nacional. Por ello, abrazó como suya la famosa y combatida teoría de la revolución permanente.

Lenin, por encima de todos los demás dirigentes de la revolución, estaba consciente de que Rusia era el eslabón más atrasado de la cadena capitalista de Europa. El 29 de octubre de 1921, ya establecida la NEP (nueva política económica) luego de la victoria de la revolución sobre sus enemigos alzados en armas, Lenin dijo lo siguiente: “El paso a la nueva política económica, llevada a cabo en la primavera, la retirada que hicimos… ¿ha sido suficiente para que detengamos el retroceso, para que nos preparemos ya a la ofensiva? No. Esa retirada no basta todavía… Y ahora nos vemos obligados a admitirlo, si no queremos imitar al avestruz, si no queremos ocultar a la gente su derrota, si no tenemos miedo a ver el peligro cara a cara. Debemos reconocer que la retirada efectuada es insuficiente, que es necesario operar un nuevo retroceso, un movimiento aun hacia atrás, en el cual pasaremos del capitalismo de Estado a la reglamentación por el Estado de la compra, de la venta y de la circulación monetaria… He aquí por qué estamos aún obligados a retroceder, para pasar, finalmente, más tarde, a la ofensiva”.

Igualmente, luego decía Lenin: “Ocultarse a sí mismos, ocultar a la clase obrera, a la masa, que, en el dominio económico, en la primavera del 21 y aun actualmente, en el invierno de 1921-1922, continuamos retrocediendo, sería condenarnos a una completa inconsciencia, sería no tener el valor de mirar cara a cara la situación que se ha creado. En tales condiciones serían imposibles el trabajo y la lucha”.

El 6 de marzo de 1922, Lenin decía: “Podemos decir ahora que esta retirada, en el sentido de las concesiones que hacemos a los capitalistas, ha terminado… Y espero, y estoy cierto de ello, que el Congreso del partido lo dirá también, oficialmente, en nombre del partido director de Rusia”. Sin embargo, para que nadie cayera en el optimismo ciego, Lenin sostuvo lo siguiente: “Las palabras sobre la detención de la retirada no deben comprenderse en el sentido de que hayamos creado ya la base de la economía nueva y de que podamos marchar tranquilamente. No; esta base no está aún establecida”. Sépase y entiéndase que al año siguiente de la muerte de Lenin, hubo necesidad en 1925 de reconocer que las circunstancias del momento obligaban a la revolución a otro retroceso. Ya no había posibilidad real inmediata de que se produjera la revolución en Alemania y se extendiera a toda Europa.

Lenin como un dominador del arte de dirigir previendo las cosas, decía el 7 de marzo de 1918, lo siguiente: “… pues no cabe duda alguna de que sin la revolución alemana pereceremos”. El 14 del mismo mes, sostenía Lenin esto: “El imperialismo universal y la marcha triunfal de la revolución social no pueden coexistir”. Unas semanas luego, Lenin expresaba: “El hecho de estar atrasados nos ha empujado hacia delante, y pereceremos si no sabemos resistir hasta el momento en que encontremos el poderoso apoyo de los obreros insurrectos de otros países”.

En 1920, Lenin manifestó: “El capitalismo, considerado en su conjunto mundial, continúa siendo más fuerte que el poder de los soviets, no sólo militarmente, sino también desde el punto de vista económico. Es preciso partir de esta consideración fundamental y no olvidarla jamás”. A final del mismo año, Lenin expresaba: “Ahora hemos pasado de la guerra a la paz, pero no hemos olvidado que la guerra volverá nuevamente. Mientras subsistan el capitalismo y el socialismo no podemos vivir tranquilamente; en fin de cuentas, uno u otro vencerá. Se cantará el Réquiem, ya de la república de los soviets, ya del capitalismo mundial…”. ¿Acaso no lo cantó el capitalismo en 1990?

En el mes de julio de 1921, Lenin dijo algo importantísimo: “Se ha creado un equilibrio sumamente frágil, sumamente inestable; un equilibrio tal que la república socialista puede existir, aunque seguramente no por mucho tiempo, rodeada de países capitalistas.” Tomemos en cuenta esto del tiempo: si la revolución burguesa o, mejor dicho, el capitalismo llevaba 132 años dominando el mundo para 1921, ¿cuánto significaban 4 años para una revolución que soñó con transformar por completo el planeta en socialismo soterrando para siempre los rigores perversos creados y desarrollados por el capitalismo? Veinte años no es nada dijo Gardel. Eso puede tener sentido para la historia pero no para la persona en lo particular.

En el mismo mes de julio de 1921, en una sesión del Congreso del partido, Lenin dijo algo para la historia: “Para nosotros estaba claro que sin la ayuda de la revolución mundial era imposible el triunfo de nuestra revolución proletaria. Tanto antes como después de la revolución pensábamos: inmediatamente, o al menos en muy poco tiempo, se producirá una revolución en los países atrasados y en los que están más desarrollados desde el punto de vista capitalista, o, en el caso contrario, tendremos que perecer. Aunque teníamos conciencia de ello, hemos hecho todo siempre por conservar a toda costa el sistema soviético, pues sabemos que trabajamos no solamente para nosotros mismos, sino también para la revolución internacional”. ¡He allí la grandeza del pensamiento internacionalista de Lenin!

Ahora, fijémonos en las cosas que a continuación siguen y que desmienten, de pies a cabeza, toda acusación que se plantee hacer creer que Lenin implantó en Rusia un régimen comunista. ¿Cuánto hubiera dado Lenin por ver, con sus propios ojos, la realidad comunista no sólo en la sociedad soviética sino en el mundo entero? No es difícil adivinarlo: su propia vida.

En 1918, en su comienzo, Lenin, refutando tesis extrañas y llenas de infantilismo de izquierda de Bujarin, le decía lo siguiente: “Establecer en nuestro país, por ejemplo, en seis meses, el capitalismo de Estado, sería un éxito y la garantía más segura de que de aquí a un año el socialismo se consolidaría definitivamente en Rusia y sería invencible”. Pareciera una contradicción esa cita con todo lo que anterior o posterior dicho por Lenin, pero no es así. Para Lenin el triunfo del socialismo en una nación no significaba de por sí la construcción de una sociedad socialista acabada sino, -ojo con esto-, algo más sencillo, lo que la revolución rusa había materializado en Rusia durante el primer período de su existencia. Para Lenin, cuando hablaba de consolidar el socialismo en Rusia, no se estaba refiriendo a la desaparición de las clases, la extinción del Estado, la solución definitiva de las contradicciones entre el campo y la ciudad y entre trabajo manual y trabajo intelectual. No, simplemente se refería, como lo explicó posteriormente Trotsky, al restablecimiento del trabajo de las fábricas en manos del Estado proletario para poder, de esa manera, garantizar el cambio de productos entre las ciudades y los campos.

Lenin fue disipando cualquier duda sobre la construcción del socialismo en Rusia y no se entendiera la toma del poder político como el hecho mismo de esa construcción. En abril de 1918, Lenin decía: “La generación que nos sigue inmediatamente, y que estará más desarrollada que nosotros, pasará apenas completamente al socialismo”. El 3 de diciembre de 1919, decía: “Sabemos que no podemos introducir ahora el orden socialista; Dios quiera que se establezca en nuestro país en vida de nuestros hijos, o, al menos, en la de nuestros nietos”.

Y para que no quede ninguna duda sobre la obra y el pensamiento del camarada Lenin contra quienes, por una u otra razón, se los deforman, ya en 1915, dos años antes de que la revolución tomara el poder en Rusia, decía: “Rusia es un país campesino, uno de los países más atrasados de Europa. El socialismo no puede triunfar en él directamente, en seguida. Pero el carácter campesino del país, dadas las inmensas propiedades agrarias conservadas por los nobles terratenientes, puede, como lo prueba la experiencia de 1905, dar a la revolución burguesa y democrática en Rusia una extensión inmensa; puede hacer de la nuestra el prólogo de la revolución socialista mundial, una etapa hacia ella… El proletariado ruso no puede, por sus propias fuerzas, acabar victoriosamente la revolución socialista. Pero puede dar a la revolución tal extensión que cree las mejores condiciones para la revolución socialista, y la comenzará, en cierto modo. Puede hacer la situación más favorable para que entre en las batallas decisivas su colaborador principal y el más seguro, el proletariado socialista europeo y americano”. Lamentablemente, ni el uno ni el otro (de los proletariados) hizo lo que Lenin soñaba. Démonos cuenta, una vez más, que la historia ni tampoco la revolución dependen de los buenos deseos de los seres humanos o de los dirigentes políticos.

Y rematemos, para no continuar emborronando cuartillas, con la esencia del pensamiento de Lenin sobre el régimen socialista: “Derribar en un país el poder de la burguesía e instaurar el del proletariado no significa asegurar el triunfo completo del socialismo. Queda aún por realizar la misión principal de éste: la organización socialista de la producción. ¿Se puede resolver este problema, se puede obtener la victoria definitiva del socialismo en un solo país sin que concuerden los esfuerzos de los proletarios de varios países avanzados? No; es imposible. Para derribar a la burguesía, bastan los esfuerzos de un solo país, como lo prueba la historia de nuestra revolución. Para que el socialismo triunfe definitivamente, para organizar la producción socialista, los esfuerzos de un solo país, sobre todo de un país tan campesino como Rusia, ya no bastan; son precisos para ello los de los proletarios de varios países avanzados”.

Conclusión: quien haya escrito o hablado de la manera en que lo hizo el camarada Lenin, no puede haberse imaginado jamás la posibilidad de instaurar en la Rusia de 1917 un régimen comunista, aunque el comunismo fuera el ideal guía de su pensamiento político. Es todo.

Un comentario final sobre Lenin y la religión. No es cierto, tampoco, que Lenin haya sido un represivo contra la Iglesia y los religiosos. Nadie, absolutamente nadie, en Rusia era más consciente, cuidadoso, comedido, paciente y respetuoso en el trato de la revolución con la religión que Lenin. Sépase que más que una anécdota fue una realidad lo que a continuación se expone. Toda revolución tiene el deber de luchar, de exponer sus ideas sobre la negación de Dios, en contra de los milagros caídos del cielo, en contra de los dogmas y los mitos o supersticiones que esclavizan el espíritu de las personas y los hacen resignarse a la pobreza y el dolor en la Tierra creyendo asegurar la felicidad de su alma en el reino del Cielo, pero de allí a tomar medidas represivas por el hecho de la gente profesar una religión es un trecho demasiado complejo que Lenin jamás las puso en práctica. Nadie como Lenin sabía que la religión se combate generando la satisfacción de las necesidades materiales de los seres humanos y convirtiéndolos en cultos, haciendo progresar la cultura y desarrollando la educación científica. Estando Lenin hospitalizado recibió la noticia de que Yarolavski había sido encargado de la comisión que debía combatir teóricamente a la religión. Casi muere infartado, porque para Lenin ese personaje no reunía la capacidad de cultura o de conocimientos para cumplir tal misión. Por eso, en Rusia y gracias a personas como Yarolavski, la lucha contra la Iglesia devino generalmente en bufonadas y vejaciones a los religiosos. Lenin, muerto en 1924, absolutamente nada tuvo que ver en eso. Sépase, para quienes creen que Lenin fue un represivo, que ni siquiera estuvo de acuerdo con que se fusilara a los terroristas que atentaron contra su vida, lo hirieron y lo cual lo condujo apresuradamente a la muerte, porque jamás reaccionaba por lo que le convenía a él o al Estado sino al pueblo soviético y al interés de la revolución en el campo internacional. Esta es la verdad. Es todo.

En fin y en reducidas cuentas: quien haya leído, simplemente, “El Estado y la Revolución” de Lenin se percataría de la imposibilidad de que llegase a creer en la absurda idea de instaurar un régimen comunista con sólo despojar del poder político a la burguesía. Creer lo contrario es como buscarle una quinta pata al gato. Es todo.



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Freddy Yépez


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