El olvido de los cinco millones: Cuando el poder ignora el hambre del trabajador

Mientras Venezuela transita un complejo tablero político donde el debate principal se reduce a una lucha encarnizada por el poder —unos por conservarlo a toda costa y otros por obtenerlo—, existe una cifra que parece no entrar en ninguna encuesta ni mesa de negociación: los más de 5 millones de trabajadores de la administración pública que hoy sobreviven bajo un sistema de "salarios de hambre".

La política venezolana se ha convertido en un espectáculo de acuerdos diplomáticos, repartición de cuotas y discusiones sobre contratos de alto nivel, pero en la base de esa pirámide, el maestro, el enfermero, el policía y el oficinista ministerial han sido borrados del mapa de prioridades.

Para la dirigencia, el trabajador es una estadística de movilización; para el trabajador, la política es un ruido lejano que no pone comida en su mesa.

La brecha del desprecio: Venezuela frente al continente

La realidad salarial en Venezuela no solo es precaria, es una anomalía violenta si se compara con la región.

Mientras en el país el salario mínimo oficial se mantiene estancado en 130 bolívares (una cifra que, sumada a bonificaciones sin incidencia laboral, apenas ronda los 100 a 130 dólares en el mejor de los casos), el resto de Latinoamérica avanza en la protección del poder adquisitivo.

Para entender la magnitud del abandono, basta observar a tres vecinos directos en este inicio de 2026:

País Salario Mínimo Mensual (Aprox. USD)

Realidad frente a Venezuela

Colombia $535 USD El sueldo colombiano es casi 5 veces mayor que el ingreso integral venezolano.

Chile $597 USD Un trabajador chileno percibe lo que un venezolano tardaría medio año en reunir.

Brasil $294 USD Incluso en una economía de gran escala, el mínimo brasileño duplica con creces la oferta venezolana.

La política del silencio

El drama no es solo la falta de dinero, sino la bonificación del salario. Al no tener incidencia en prestaciones ni vacaciones, el político de turno ha "secuestrado" el futuro del trabajador. Quien se jubila hoy en la administración pública, lo hace hacia la miseria absoluta, pues los bonos desaparecen y queda solo una pensión pírrica que no alcanza para un día de tratamiento médico.

Ningún sector político ha puesto sobre la mesa una propuesta de indexación real o de rescate de las contrataciones colectivas. El trabajador venezolano se siente, con razón, huérfano de representación.

Mientras las élites hablan de democracia y legitimidad, el pueblo trabajador habla de supervivencia.

Como bien he señalado, se ha convertido en una necesidad urgente ser "la voz de los que no pueden hablar". La pregunta que queda en el aire es: ¿Hasta cuándo podrá sostenerse un país donde quienes lo sirven son los que peor viven? La paz social no se firma en una oficina, se garantiza en el bolsillo y en la mesa de cada familia que trabaja.

Prefiero molestar con la Verdad, que adular con la Mentira.



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Igor Prieto


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