El general Manuel Piar, cuyos restos, ¡al fin!, entrarán al panteón, opina sobre su fusilamiento

El presidente de la República, Nicolás Maduro Moros, ha decidido el traslado de los restos de General Manuel Piar al Panteón Nacional. Demás está decir que eso lo celebramos, dados sus abundantes méritos y por lo que este trabajo contiene. Por esta razón, como para sumarnos a ese homenaje por demás merecido del insigne prócer, reponemos este trabajo:

Nota: Este acontecimiento en el que estuvo envuelto uno de los generales más prestigiosos y hasta exitosos de la patria, siempre ha sido importante punto de referencia e incansable discusión. Trata de un General que tuvo la brillante y atrevida idea de tomar la retaguardia y fortaleza del enemigo español, representada en Guayana, protegida por la amplitud del Orinoco, en lugar de seguir gastando fuerzas, pertrechos y hombres conquistando plazas que no se podían defender; un soldado, casi siempre vencedor pocas veces vencido, que en la batalla de San Félix, por sólo nombrar una, abrió el camino para la posterior refundación de la nación en el Congreso de Angostura y las marchas libertadoras al sur del continente. En este trabajo de ficción, presentado en tres (3) entregas, no ajeno de referencias reales y documentales, queremos rendir homenaje a aquel mártir y héroe que nunca dejó de serlo.

I

Son las cuatro de la tarde. Dentro de una hora, cuando el sol comience a declinar, me llevarán detrás de la torre sur de la catedral de Angostura para aplicarme la sanción que dictó la Corte Marcial.

Mañana se dirá que la decisión de ejecutarme servirá para fortalecer la autoridad del gobierno, acorralar la sedición y, el presidente del alto tribunal militar, General Luis Brion, afirmará, como para consolarse, que se me condenó por el delito de traición a la patria.

En verdad, reiteradamente hice comentarios y emití opiniones sobre la conflictividad social en que está envuelto el ejército republicano que hoy me parecen imprudentes. Muy a menudo me dejé llevar por mi natural irascibilidad y propensión a confiar en todo el mundo. Siendo yo el primer mulato en alcanzar tan alta posición en nuestro cuerpo armado y en el gobierno de la República, en un país donde ha habido tantas diferencias, odios y desconfianzas entre un sector social y otro, debí cuidar mis pronunciamientos. Andar hablando aquí y allá sin ningún recato de la conveniencia de promover la libertad de los esclavos, es como nombrar la soga en casa del ahorcado y olvidar el peso de las opiniones e intereses partidarios de ese estado de cosas, en el seno del movimiento independentista. Esa actitud mía fue, a todas luces, una torpeza.

Es tan cierto esto que, mañana 17 de octubre cuando Bolívar hable al ejército patriota acerca de mi fusilamiento dirá, sin rubor alguno, ¿Nuestras armas, no han roto las cadenas de los esclavos? ¿La odiosa diferencia de clases y colores, no ha sido abolida para siempre? ¿Qué quería pues, el General Piar para vosotros? Pero ese mismo hombre, en 1819, al hablar al Congreso de Angostura, cuando estén por cumplirse dos años de mi fusilamiento, dirá para sorpresa de cualquier desprevenido, "Yo imploro la confirmación de la libertad absoluta de los esclavos, como imploraría mi vida y la vida de la República."

Y un tribuno llamado Fernando Peñalver, nacido en la costa que se besa con el Caribe, saltará como otras tantas veces, antes y después de esa reunión, a desmadejar razones conservadoras, opuestas al pensamiento mío y del Libertador, para negar su ruego. Y dirá Peñalver, de la manera más pragmática y vergonzosa, que tal petición es inadmisible, porque los negros son la base del trabajo agrícola.

Si Bolívar, el caraqueño de San Jacinto, a quién llamarán el genio de América, que a base de tenacidad, permeabilidad, inteligentes avances y retrocesos tácticos, ha sabido mantener su liderazgo y cuándo golpear y dónde hacerlo, ha sido y será derrotado tantas veces, cómo no iba a serlo yo, Manuel María Francisco Piar Gómez, el mulato del barrio Otrabanda de Curazao, que inconvenientemente y a todo pulmón llegó a decir cosas como: "Me voy a Maturín y al fin del mundo si es necesario, a ponerme a la cabeza de los que no tienen otro apoyo que sus propias fuerzas……"

Por estas y otras tantas opiniones similares, y no por mis ejecutorias políticas y nexos con gente como Mariño, pese al esfuerzo y la brillantez de mi defensor, el Teniente Coronel Fernando Galindo, quien supo descalificar a mis calumniadores y desbaratar los subjetivismos del juez instructor General Carlos Soublette, de lo que me ocuparé especialmente en próxima oportunidad, dentro de poco habrán de fusilarme.

Tocan a la puerta; están aquí. El sol declina por los lados de la torre sur de la catedral de Angostura

II

Ya estoy en el sitio donde habrán de fusilarme. De espaldas a la nave sur de la catedral de Angostura. A mi derecha está una de las imponentes torres del majestuoso templo. Al frente, el fiscal del proceso, General Carlos Soublette, y en formación las tropas encargadas de ejecutar la sentencia.

Ayer el Consejo de Guerra acordó que se pasase por las armas al General Manuel María Francisco Piar Gómez y, el Jefe Supremo, General Bolívar, lo confirmó; y ordenó al fiscal lo hiciese el día de hoy a las cinco de la tarde.

Según el tribunal militar, incurrí en los delitos o crímenes, como específicamente dice la sentencia, de insubordinación, conspiración, sedición y deserción. Este tribunal estuvo integrado por el Almirante Luis Brion, quien lo presidió; por los generales de brigada Pedro León Torres y José Antonio Anzoátegui; coroneles José Ucrós y José María Carreño y tenientes coroneles Judas Piñango y Francisco Conde. Además del fusilamiento, el General de Brigada José Antonio Anzoátegui y el Teniente Coronel Francisco Conde, solicitaron la pena de degradación, lo que hubiese significado la negación absoluta de mis servicios a la independencia de América.

Mi defensor, Fernando Galindo, admitió en el tribunal que era incuestionable la tesis de deserción. Pero presentó diversos atenuantes, como mi carácter irascible, mis temores y dudas ante los malsanos comentarios difundidos sobre mi conducta, hasta tal punto que se llegó a decir que me había apropiado indebidamente de ochenta mil pesos. Y uno de los testigos del fiscal, se hizo portavoz ante el tribunal de tal maledicencia. Es curioso que, en un país como el nuestro, Venezuela, donde a lo largo de su historia se venerará a los corruptos, a mí se me acusó injustamente de ese delito en un tribunal.

Por fortuna para mí, no estuve presente en la reunión del Consejo de Guerra donde el fiscal presentó cargos. Me hubiese resultado muy triste escuchar la disertación abstracta y fantasiosa del General Soublette.

Las falaces declaraciones de los testigos, coroneles Francisco Sánchez y Pedro Hernández y Teniente Coronel José Manuel Olivares, descalificados al ser careados conmigo y posteriormente por mi defensor, fundamentaron las acusaciones de conspiración y sedición presentadas por el fiscal.

Fernando Galindo, mi defensor, alegó la verdad. Los testigos del fiscal son mis enemigos. Sánchez, en una oportunidad juró convertirse en perseguidor mío; a Hernández lo reprendí fuertemente en la batalla de San Félix y a Olivares en Upata, manifestando ambos de manera pública, animadversión contra mi persona.

No hay nada diferente en el fondo de las afirmaciones de Soublette, a las opiniones de Pablo Morillo, general realista, quien, en carta del 8 de mayo de este año, hace apenas unos meses, afirmó que yo, en connivencia con el General Petión, a quien él califica de "mulato rebelde que se titula presidente de Haití", quiero dominar Guayana para repetir las escenas de Guárico y las posesiones francesas de Santo Domingo. En concreto, el General español me acusa de conspirar para rebelar a los esclavos y a toda la población negra y mulata con el fin de crear un Estado dominado por ese sector social. Es elemental que estos febriles y desesperados argumentos de Morillo, buscan ahondar las discrepancias que existen entre nosotros para "pescar en río revuelto". ¡En parte, es lamentable, obtuvo buenos resultados! Yo soy la víctima.

En la presentación de cargos, dijo el General Soublette, que yo proyectaba una conspiración para destruir al actual gobierno y asesinar a todos los blancos que sirven a la República.

Mientras el General Soublette, aquí en los alrededores de la catedral de Angostura, lee la sentencia en alta voz, yo, de rodillas frente a la bandera nacional, sigo meditando sobre el proceso.

III

El General Soublette ha terminado de leer la sentencia del Consejo de Guerra. El pelotón de fusilamiento está en los últimos preparativos. Sólo el ruido metálico de los fusiles rasga el denso silencio que me envuelve, mientras el sol declina en esta bella y estratégica Angostura. Mañana, para fortuna mía, el Jefe Supremo promulgará la Ley de repartición de Bienes Nacionales, mediante la cual se premiará los oficiales y soldados por sus servicios a la patria americana. La lucidez del General Bolívar encontró oportuno anunciar esa medida pocas horas después que me fusilen, como una manera de provocar un equilibrio emocional en los hombres que me quieren y aprecian; bien por ser conocedores de mi dedicación y empeño por la justa causa o haber compartido conmigo las incomodidades y riesgos de la guerra,

Se me hace más sofocante el calor de esta tarde de octubre en Angostura, cuando recuerdo los argumentos del General Soublette. Dijo el compañero de armas, que los testigos presentados por él son idóneos, pese a que como ya dije, son mis enemigos. Y agregó de inmediato que yo había proyectado – esta versión es textual- y puesto en ejecución una conspiración cuyas consecuencias habrían sido la ruina de la República. Luego se dedicó a hacer especulaciones que presentó como verdades irrefutables. Hasta llegó a contradecirse cuando dijo que, entre mis papeles, no se encontraron planes, listas ni correspondencia alusiva a la conspiración. Pero insistió en que puse empeño en encontrar quien abrigase mis intentos y largó una frase que revela todo el temor que Soublette y el sector más conservador del movimiento independentista anida en su conciencia. Dijo el fiscal que, por mi acción conspirativa, rotos los lazos de la sociedad, no habría podido contener a mis cómplices, aunque lo hubiese intentado y yo mismo me habría ahogado en sangre. ¡Esa febril declaración muestra cuánto miedo provoca a los mantuanos el solo pensar que los oprimidos y sojuzgados tomen conciencia de sus derechos! ¡Curiosa coincidencia con Morillo!

De nada valió la lúcida defensa del Teniente Coronel Fernando Galindo. ¿Por qué el tribunal desdeñó sus argumentos? ¿Cómo es posible que aquellos hombres juiciosos, formados en la guerra, amantes de la justicia, sensatos y nada desprevenidos pudiesen creer, como alegó el defensor, que el General Manuel Piar iba a invitar a conspirar precisamente a enconados enemigos suyos? ¡Soy el único conspirador que conoce la historia que no intentó incorporar a su causa a sus amigos íntimos, en cambio optó por quienes le odian!

Creo tener muchos defectos, pero no el de tonto. Y esto sería si estando inmerso en una conspiración entrego mis armas y mis hombres y, si aspirando ganar el fervor popular para esa causa, abandono el escenario más importante de la República y me voy a esconder en el último rincón de la tierra. Por eso dijo Galindo, ¿Puede ser conspirador el que deja el mando de la primera y más brillante división que nunca ha tenido Venezuela para retirarse a la triste población de Upata?

¿Cómo entender que estaba promoviendo una sublevación contra los blancos y mantuanos del ejército independentista y, no obstante, me desprendí de una fuerza integrada por hombres que me admiran y quieren y para más señas, son negros y mulatos en su mayoría?

Mientras los soldados dirigen los fusiles hacia mí, me reconforto pensando que mi muerte servirá para cohesionar al ejército patriota y para que el Jefe Supremo pueda consolidar su liderazgo. Con razón, él dirá más tarde a Perú de Lacroix que mi ejecución fue suficiente para destruir la sedición. Pero de antemano quiero invitarles a hacer la siguiente reflexión: ¿a cuál sedición estará dirigido el pensamiento de Bolívar?

De golpe todo se ha vuelto turbio. Una espesa oscuridad, mezclada en otras, como una cápsula me cubre. ¡Allá afuera, bajo un cono de luz brillantísima están los dioses!



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Eligio Damas

Militante de la izquierda de toda la vida. Nunca ha sido candidato a nada y menos ser llevado a tribunal alguno. Libre para opinar, sin tapaojos ni ataduras. Maestro de escuela de los de abajo.

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