El Sueño Invertido, el sueño venezolano de los gringos

Una ironía amarga marca el destino de las naciones cuando sus caminos se cruzan no por admiración mutua, sino por necesidades opuestas. Venezuela y Estados Unidos han protagonizado durante décadas una danza geopolítica donde los sueños se entrelazan y contradicen, donde millones de personas huyeron buscando refugio en el mismo país que, paradójicamente, ha codiciado los recursos que ellos dejaron atrás.

Miles de venezolanos han cruzado fronteras persiguiendo ese espejismo dorado llamado "sueño americano". Llevan en sus maletas títulos universitarios devaluados, fotografías de una vida que fue próspera y la esperanza de reconstruir lo perdido. Buscan estabilidad donde la inflación no devore los salarios en horas, oportunidades donde el mérito importe más que la lealtad política, y un futuro donde sus hijos puedan planificar más allá del día siguiente. Para ellos, Estados Unidos representa la tierra prometida donde el esfuerzo aún rinde frutos y donde las instituciones funcionan con cierta previsibilidad.

Pero una segunda migración fluye en esta historia, una invisible y subterránea que corre en dirección contraria. Mientras los venezolanos huyen de un país colapsado, Estados Unidos persigue con mirada fija lo que esos migrantes dejaron enterrado bajo sus pies: el petróleo venezolano. No le interesan las arepas, ni el talento de sus ingenieros, ni la calidez de su cultura caribeña. Le interesa ese oro negro que convierte a Venezuela en el país con las mayores reservas probadas del mundo, un tesoro geológico capaz de alimentar imperios industriales y sostener hegemonías energéticas.

Esta contradicción expone la cruda realidad de las relaciones internacionales contemporáneas. Cuando los poderosos hablan de democracia, derechos humanos y libertad, sus palabras resuenan hermosas en los discursos oficiales, pero con frecuencia esconden agendas menos nobles. La intervención se disfraza de solidaridad humanitaria, las sanciones económicas se presentan como herramientas de presión moral, y los intereses estratégicos se envuelven en la retórica de la liberación. El petróleo venezolano no es simplemente un recurso comercial; es una pieza fundamental en el tablero geopolítico global, y quienes lo controlan ejercen poder sobre el mercado energético mundial.

Los venezolanos que llegan a territorio estadounidense descubren pronto que el sueño americano es más escurridizo de lo imaginado. Enfrentan trabajos precarios, barreras idiomáticas, xenofobia y la dolorosa sensación de ser invisibles en una sociedad que celebra la inmigración en abstracto pero la rechaza en lo concreto. Médicos conduciendo taxis, abogados lavando platos, profesores limpiando oficinas. El talento humano desperdiciado es otra forma de riqueza que fluye desde Venezuela hacia el norte, un éxodo de cerebros que empobrece aún más a la nación que abandonan.

Mientras tanto, el discurso político estadounidense sobre Venezuela oscila entre la condena moral y el pragmatismo económico. Se sanciona al gobierno venezolano por autoritarismo, pero se negocia en secreto para acceder a su petróleo cuando las necesidades energéticas aprietan. Se financia la oposición política bajo el estandarte de la democracia, pero la historia latinoamericana está plagada de ejemplos donde esa "ayuda" derivó en golpes de Estado, dictaduras militares y décadas de inestabilidad.

El pueblo venezolano queda atrapado en medio de esta paradoja. No puede disfrutar de su propia riqueza natural porque las élites políticas locales y los intereses extranjeros se la disputan. Su petróleo se convierte en condena más que bendición, generando corrupción, dependencia económica y convirtiendo al país en campo de batalla de potencias extranjeras. La llamada "enfermedad holandesa" ha devastado otros sectores productivos, y la renta petrolera ha financiado populismos insostenibles y autoritarismos de diverso signo.

Esta narrativa revela una verdad incómoda sobre el orden mundial contemporáneo: los seres humanos migran buscando dignidad, pero los Estados actúan buscando poder. Las personas huyen del hambre y la represión, mientras las naciones calculan fríamente cómo maximizar su influencia y acceso a recursos estratégicos. El drama humano de la migración venezolana se desarrolla simultáneamente con el cálculo geopolítico sobre quién controlará las reservas energéticas del futuro.

Al final, tanto los venezolanos que emigran como los estadounidenses que observan desde la distancia son piezas en un juego más grande que ellos. Los primeros persiguen sobrevivir y prosperar; los segundos, sin saberlo muchas veces, viven en una sociedad cuyo estilo de vida depende parcialmente del acceso a recursos como el petróleo venezolano. Dos sueños que se cruzan en la noche, uno hecho de esperanza individual, otro de estrategia imperial. Ambos reales, ambos comprensibles, ambos trágicamente incompatibles.

La historia de Venezuela y Estados Unidos es, en esencia, la historia del mundo moderno: personas buscando futuro mientras los Estados buscan ventajas, humanidad persiguiendo dignidad mientras el poder persigue recursos, sueños individuales aplastados entre las placas tectónicas de los intereses geopolíticos.

NO HAY NADA MÁS EXCLUYENTE QUE POBRE



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Ricardo Abud

Estudios de Pre, Post-Grado. URSS. Ing. Agrónomo, Universidad Patricio Lumumba, Moscú. Estudios en Union County College, NJ, USA.

 chamosaurio@gmail.com

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