En este país se cuentan los buenos con los dedos

La peor enfermedad es el hambre. Nuestra alimentación no es racional. El hambre fisiológica, es la ruina moral y material de este país. Donde no hay estómagos llenos, no hay virtudes. Para ser bueno, justo, talentoso y noble, es menester poseer glóbulos rojos. La conciencia de nuestra fuerza nos hace generosos. Un país de anémicos y palúdicos, no engendra sino locos y talentos malsanos.

Allí aprenderemos a conocer a sus conciudadanos y la guerra nos le devolverá desilusionado. Porque la resolución de nuestros problemas sociales no está en la guerra, sino en la paz. La paz es el mejor depurativo para un pueblo que se agita por encontrarse a sí mismo. ¡Paz, paz, paz sea como fuere la paz. Ha llegado para nosotros la hora de la paz, de la reposición, de la estabilidad, del engorde, aunque después la matanza sea espantosa, sanguinaria y cruel. En esta paz consciente, hija de nuestra voluntad, es en donde habrá de forjarse el eslabón que nos unirá con nuestro pasado, cuando un gran ideal nos esparció como un inmenso río por casi toda la totalidad de un continente.

Lo de siempre, donde se tropiezan dos venezolanos, salta la eterna cuestión, la política. Está relacionada con todo, con el vaso de agua que me bebo y con la pesadilla que me asalta a la media noche. ¿No está en ella concentrada nuestra vida? Como todos los enfermos, nuestro pensamiento gira alrededor del mal que nos aqueja.

Ah ¡días largos y de hambre! Por encima todo rea disciplina y relumbrón. La comida no alcanzaba para nada, pues la mayor parte se la guardaba cambio de un guarapón en ayunas de algo al medio día, como sancocho de carnes magras y recortes de verduras. Para beber el caldo, el caldito, era soplar hacia los lados la queresa desprendida de los huesos con que lo sustanciaban. Por la tarde, frijoles o tapiramos o quinchonchos meteorizaban el intestino.

Como todo hombre fuerte, como toda voluntad enérgica, encontraba en sí mismo recursos con que imponerse y contrarrestar las contrariedades del momento. Era un batallador de raza. Pero por encima de su voluntad, de su energía y su saber, abrumador como un círculo de hierro, el miedo, sin darse él cuenta, le obstaculizaba, le envolvía como a todos los seres que se agitaban en su seno. Más no desmayaba nunca, luchaba con nuevos bríos, porque él, como esa hilandera familiar, —la araña—, poseía una madeja inagotable para reparar las redes: la voluntad.

Y todos los seres y todas las cosas se movían presas de la neurosis de la revolución. Nada, escapaba a su influjo, era un pueblo enfermo, impresionable, sugestionable y que por todo vibra con una intensidad suprema. En medio de aquella muchedumbre, un solo semblante no se distinguía en reposo, un alma tranquila, que pudiera ver serenamente desenvolverse los acontecimientos y dar un consejo, aplacar aquella efervescencia con una sola palabra. Y no se explicaba cómo no había llegado antes hasta él aquel estado mórbido, aquella excitación enfermiza, que hacía de la patria una casa de cartón que se caía por sí sola.

—Matar por matar, es un crimen. La vida es sagrada bajo todas las formas. La tuya, tu vida y la de él, es una. En esencia, no hay sino una sola vida universal.

¡La Lucha sigue!



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Manuel Taibo


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