Mineros chilenos: ¡una buena noticia!

Creo que lo que acaba de pasar en Chile con los mineros es una buena noticia, refrescante, esperanzadora. Por supuesto, no estoy hablando del rescate (de eso ya se habló hasta el hartazgo, y algunos sin dudas hicieron su buena fortuna con el show). Yo, igual que ellos, “mineros que no pretenden hacerse millonarios con todo esto” según dijo su abogado, tampoco pretendo medrar con el asunto. Si ahora estoy contento es por lo que acaba de suceder…

Por supuesto que el rescate fue una buena noticia para los 33 mineros, eso está fuera de discusión. ¡Buenísima noticia!, quizá una de las cosas más fabulosas de sus vidas y que ninguno, absolutamente ninguno de los que asistimos pasivamente a ese monumental show que se nos presentó, podemos asimilar en su verdadero valor: en general, ninguno de quienes vimos ese infame espectáculo de baja categoría en que se transformó su odisea personal pasó dos meses bajo tierra, por lo que ninguno de nosotros podrá valorar como ellos la alegría del rescate. Eso también está fuera de discusión.

Si ahora estoy contento con la buena noticia –refrescante y esperanzadora como decía– es por lo que ella significa: “Mineros rescatados del fondo del yacimiento San José, en el desierto de Atacama, presentarán una demanda contra el Estado y contra los dueños de la citada veta, asociada a las causas del derrumbe del 5 de agosto”.

Eso da esperanzas. No sólo porque, probablemente, los trabajadores puedan ganar su demanda judicial. Da vida, esperanzas y nos carga de energía porque permite ver que no está todo perdido, que pese a la fuerza monumental con que el sistema parece vapulearnos una y otra vez, pese al manejo quasi absoluto que los factores de poder hacen de los desposeídos… pese a todo eso: ¡sigue habiendo esperanzas! La reacción de los mineros nos lo confirma.

Ya está más que dicho lo que significó toda la parafernalia comunicacional con se envolvió el hecho. Ello deja ver en forma descarnada cómo se manejan las cosas desde el poder en forma creciente: todo lo que sea contestatario, protesta, rebelión, o se criminaliza estigmatizándolo, o se lo coopta convirtiéndolo en mercadería mediática. En este caso, con el accidente de los trabajadores mineros, se hizo esto último. Algo que no es otra cosa que un accidente laboral debido a la rapacidad empresarial y a la negligencia de un aparato estatal que se revela como defensor de esos intereses y no del de los más humildes, se convirtió en un fabuloso espectáculo mediático. Con ello se tapó la verdadera causa del problema, y secundariamente –negocios son negocios– produjo unas buenas ganancias para más de alguno.

“Teníamos indicios de problemas de seguridad y deberíamos haber actuado con anticipación”, declaró en un momento la Ministra de Trabajo Camila Merino, dejando ver que el gobierno conocía ya de problemas en la mina San José. El Servicio Nacional de Geología y Minería es el responsable de fiscalizar la seguridad de los trabajos mineros; si en este caso no lo hizo, se incurrió en un delito que podría haber costado 33 vidas. “Los principales responsables son la empresa y sus dueños, que son dos personas naturales. En contra de ellos se va a presentar una demanda de indemnización de perjuicios. Pero también han existido en esta situación algunos funcionarios públicos que no hicieron bien su trabajo (…) También se ejercerán acciones en contra del Fisco”, manifestó el abogado Edgardo Reynoso en representación de 31 de los 33 mineros.

Insisto con que esto es una buena noticia –al menos para el campo de la justicia, de la lucha popular, de la lucha por un mundo menos injusto que el que nos toca– porque la versión “oficial” que recorrió el mundo fue un mensaje “cool”, para decirlo en términos modernos, con un presidente muy preocupado por sus ciudadanos y un equipo de gobierno que “hizo lo imposible” por devolver con vida a los damnificados... Pero la realidad era muy otra: mientras en el mismo país, a unos kilómetros hacia el sur, se reprimía al movimiento mapuche, también se encubría la violación a derechos mínimos y elementales de seguridad en que incurrían una empresa privada y un Estado cómplice con estos trabajadores mineros, intentando echarse una cortina de humo sobre todo ello con este montaje definitivamente maquiavélico. Todo el show sonaba orquestado, recordando más bien un campeonato mundial de fútbol o la elección de Miss Universo: la banalidad llevada a sus extremos, pisoteando de una manera infame los derechos de los principales protagonistas: los mineros. Y tratando de imbécil a la población mundial, a la que se le invita (obliga) a presenciar impasible una descarada mentira bien preparada.

Tanta fue la manipulación en juego y el agobio que les creó, que 31 de esos 33 trabajadores, una vez rescatados, decidieron crear una sociedad para administrar sus derechos comerciales derivados de todo el espectáculo publicitario que esto significa, para “actuar ordenadamente frente a terceros y por todo lo que se viene en el futuro”, sintetizó el abogado patrocinante. A tal punto llega este acoso para comercializar y trivializar el hecho (¡despolitizarlo!, para decirlo con más exactitud) que uno de los minero rescatados llegó a decir que “estaba mejor allá abajo que arriba”.

Este grupo de trabajadores “son personas modestas, son obreros, mineros que no pretenden hacerse millonarios con todo esto, y lo único que quieren es simplemente que un tribunal les pondere su daño”, debió aclarar el abogado defensor. Por tanto, como una sana, justa y correcta respuesta política antes los hechos, ahora demandan judicialmente. ¡Eso da esperanzas!

El mundo no es, ni por asomo, el reality show que nos venden a diario por la industria de la desinformación, que crece sin parar. El mundo no es un paraíso libre de conflictos. Si eso es lo que los poderes dominantes pretenden obligarnos a creer, la demanda de los compañeros chilenos es una bocanada de aire fresco que nos recuerda que, como dijo el hindú Rabindranath Tagore: “aunque le arranquen los pétalos, no quitarás la belleza de la flor”, que la grama siempre reverdece. La “resolución consensuada de conflictos” que se puso de moda estos últimos años –después de los distintos Pinochet que ensangrentaron Latinoamérica preparando el terreno para el triunfo casi absoluto del capital privado– no alcanza para “resolver” realmente lo que sigue siendo el motor de las sociedades. Si el “milagro chileno” del régimen de Pinochet son empresas que no respetan leyes laborales y autoridades de gobierno que avalan esa explotación, el juicio que ahora ponen los rescatados mineros nos dice que la lucha por un mundo más justo aún sigue, y que el pretendido “milagro” no es sino parte de ese show mediático, que en parte ya había desenmascarado el reciente terremoto de febrero.

En función de esa esperanza que entonces no ha muerto –pese a Pinochet y a todos los que trabajaron para matarla, en Chile y en cualquier parte del mundo–, y recordando palabras de compañeros latinoamericanos inmediatamente posteriores al golpe de Estado del fatídico 11 de septiembre de 1973, hagamos nuestro aquello de “¡obrero chileno, no baje la bandera que aquí estamos dispuestos a cruzar la cordillera!”.


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Marcelo Colussi

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