La Navidad a la idea de la niñez

La fiesta más bella que se haya inventado, es precisamente el hecho de ser una efemérides cuyo personaje central es un niño.

El origen de la Navidad se remonta a los romanos cuando, en Saturnalia, que era la Saturnalia , la celebración : cuando el sol estaba más bajo en el cielo y, así, los días se hacían más largos. Eso simbolizaba el crecimiento. Durante esta época se honraba a Saturno, dios del Sol y del fuego. También era relacionado con la agricultura, pues esta necesitaba el sol para poder sembrar y que las cosechas crecieran. El festival de invierno llamaba a este dios del Sol para que volviese y las cosechas siguieran creciendo. también intercambiaban regalos unos con otros. Y como ya te suponías, no, esto tampoco es una tradición relacionada con el cristianismo. Obviamente, durante estas fechas, no hacemos ofrendas a Dios, si no que nos las hacemos a nosotros mismos en forma de regalos, olvidando completamente la figura de Cristo. De hecho, según indica la Biblia, el cumpleaños tampoco debería ser celebrado, porque están siendo, del mismo modo, egoístas con Dios que hizo nacer al ser humano.Tal vez el atributo que le confiere a la Navidad tan conmovedora significación humana sea el trasfondo melancólico que matiza su bulliciosa alegría. Un resplandor de inefable tristeza convoca en Navidad el corazón de los hombres hacia la memoria de cosas muy lejanas y un tiempo amadas. Pero es también esa la fiesta de la esperanza, de la fraternidad y del amor. El alma del niño que una vez fuimos divaga entre los olores caseros del turrón y las ropas de estreno; la sonrisa de nuestra primera novia tiene la boca llena de uvas. La Navidad nos pone a vivir en dos tiempos. Nos bastaría subirnos en el trineo de esta hermosa tarjeta, para viajar con el sueño hasta el país de los cocuyos; pero una rápida mirada por la ventana, hacia el radiante cielo nocturno de diciembre, nos restituye a la fe en que este instante del mundo es también hermoso, puesto que aún podemos de un solo trago celeste, llenarnos los párpados de estrellas.

En todos los países se asocia la Navidad a la idea de la niñez; lo que permite definirla como la fiesta más bella que se haya inventado, es precisamente el hecho de ser una efemérides cuyo personaje central es un niño. Es igualmente la Navidad entre las fechas del cristianismo, la más popular y extendida en el mundo pues merced a los atributos de ternura que reviste, es la que más hondo llega al corazón de los hombres en todas las latitudes. Tórnase en esos jubilosos días los ojos espirituales de la humanidad hacia el resplandor de esperanza en que envuelve a la tierra, desde los cielos más azules del año, la Estrella de Belén, anunciadora de la paz y buen tiempo para los habitantes del mundo. Ya en las gélidas tundras que entristecen el mundo blanco de los trineos, ya en las grandes ciudades septentrionales que en estos tiempos se recogen en un sueño melancólico y sereno, algodonados los días por el perezoso descenso de los copos ya en las comarcas cálidas de América, donde la tierra se exorna con el azul infantil de las flores de pascua, animados, todos los seres de un misterioso impulso de regreso en el tiempo, diríase que para esa época jubilar del corazón, los pueblos se hacen niños, y en el culto inocente, casi pueril, que dedican por entonces a la figura encantadora del Niño Jesús, realizan idealmente el anhelo, que a todos nos asiste en lo más secreto de nuestra intimidad, de retornar alguna vez por siquiera un instante, al mundo iluminado de nuestros siete años.

Es por eso la Navidad la fiesta de los juguetes y de las golosinas, la que trasciende el sentimiento religioso para asumir el acento de los cuentos y de las fábulas: centrada en la figura de un niño, la ternura del símbolo de auspicia su maravillosa atmósfera de infancia. Trineos, pastorcillos, nieve, menudos corderitos, reyes mágicos; todo ese elenco humano, todo ese decorado y fabulosa utilería que adornan tantos siglos de tradición navideña, parecen que los componentes de una conmemoración religiosa, los del más lindo de los cuentos.

Lo que hoy es la Navidad remonta sus orígenes a tiempos remotisimos de la historia. Como la conocemos hace 19 siglos consagrada en ese tiempo a festejar el nacimiento de Cristo, ya la celebraban mucho antes del cristianismo los romanos y se la consagraban a la primavera, en la figura de Ceres, deidad pagana de las cosechas, y también en la de Venus, diosa del amor. Siempre se la relacionaba con la idea de nacimiento, pues se refería precisamente a la estación en que la tierra se despoja de las nieves que durante el invierno la mantuvieron como muerta bajo su melancólico sudario, y resurge la vida, cubierta de hojas nuevas y coronada de flores, mientras los ríos reinician la música de su viaje, derretidos ya los hielos del invierno por el padre sol, que aparece victorioso en el limpísimo cielo de primavera.

La gente entonces se contagia de la alegría del mundo que resumía el júbilo y la belleza del vivir. Las fiestas se ilustraban con actos hermosos de fraternidad y amistad. Como hoy todavía, los ciudadanos se prodigaban en sonantes abrazos, se hacían regalos y se congregaban en imponentes comilonas. Los dignatarios comparecen fastuosamente vestidos, en compañía de su familia, a la puerta de sus palacios, para recibir las felicitaciones de sus súbditos, criados y amigos. Estos traían la felicitación finamente caligrafiada en una tablilla, y antes de entregársela al anfitrión se la leían de viva voz. Así nacieron las que hoy son nuestras tarjetas de Navidad. Las redactan y caligrafiaban unos escribanos públicos llamados tabeliones, que eran a la vez poetas y artesanos, y para aquellas ocasiones se instalan con su equipo en las plazas públicas. Los tabeliones romanos son los precursores más antiguos de las imprentas que con idéntica finalidad de imprimir tarjetas de felicitación.

Como indica la biblia, en el momento que los Reyes Magos le ofrecen obsequios al niño Jesús, es lo que en realidad debería ser la Navidad: unas fechas para hacer ofrendas a Cristo.

Cuando Jesús nació en Belén de Judea en días del rey Herodes, vinieron del oriente a Jerusalén unos magos, diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido?… Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron; abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra. (Mateo 2:1-11)historia-y-origen-de-la-navidad-regalos-niños

De esta manera, nos damos cuenta que las costumbres y celebraciones que realizamos en Navidad, no tienen nada que ver con un origen cristiano y, por lo tanto, no es una celebridad cristiana, tal y como sucede con su origen real.

La verdadera historia del origen de la navidad no debe distanciarnos de nuestras creencias personales y familiares. Puesto que la esencia de estas fiestas trasciende lo histórico, y reside en lo espiritual, y está muy bien que así sea.

Nazoa, A. (1977) Navidad. En: La navidad en la literatura Venezolana. Caracas: Ediciones Centauro

¡FELIZ NAVIDAD PARA TODOS!



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Antonio J. Rodríguez L.


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