(Aproximación a una seminovela)

Gastrononomía y comerciantes especuladores en Peonía

Peonía (Novela de costumbres venezolanas) como se lee en el subtítulo que se asigna a la obra de M. V. Romero García (1865-1917) en la edición que realizara el Ministerio de Educación Nacional en 1952 y originalmente publicada en 1890 tiene entre una miríada de méritos y desméritos, según las dispares valoraciones que se han hecho de esa obra inaugural de la novela venezolana, la de registrar para la historia cultural un conjunto de prácticas sociales que después hacia 1950 poco más o menos pasarían a llamarse "folklore".

De hecho por esa misma fecha antropólogos como Miguel Acosta Saines (1908-1989) y otros investigadores de la Universidad Central de Venezuela empezaron a publicar una revista llamada Archivos Venezolanos de Folklore que recogía testimonios y descripciones de diversas manifestaciones culturales populares, aunque ya en 1948 con la Fiesta de la Tradición el poeta, ensayista e investigador Juan Liscano (1915-2001) en homenaje al maestro don Rómulo Gallegos (1884-1969) cuando asumía la presidencia de la república (1948) se pudo mostrar la diversidad cultural con su crisol de colores y sensibilidades de que eran portadoras las regiones unidas en el Estado-Nación conocido entonces como Estados Unidos de Venezuela; antes no, como se ha dicho el primero en llevar a las letras ese mundo de los imaginarios y/o representaciones fue Romero García, que por cierto es en la revista El Cojo Ilustrado donde se hizo la primera reseña de la novela Peonía y otros aspectos propios de los modos de vida caraqueños y venezolanos.

En gastronomía, cocina o mesa tradicional venezolana, así como expresiones lexicales del "bajo español" hallamos referencias ya en las primeras páginas como parte del relato de la travesía de Caracas a la hacienda Peonía sita en los valles del Tuy con fines de hacer los deslindes de "la Fundación" que se disputaban dos tíos, don Pedro y don Nicolás, además de reestablecer su salud mental definiendo también su perspectiva existencial, Carlos, el protagonista, empleó al menos un día por un camino de recuas a lomo de una mula, proceso descrito en el siguiente diálogo:

III -Heme, pues, caballero en la muleta amarilla luciendo un liquilique de warandol, unas polainas de cuero y una pava forrada.

-Gerónimo me seguía en la burra cana, con una escopeta Lefaucheux de dos cañones que me prestó un amigo. Detrás iba Tigre, hermoso perro venadero que me regaló un francés.

-Yo me dejaba, de vez en cuando, mirar mi sombra; y en más de una ocasión me detuve a contemplar mi gallarda postura.

- ¡Es tan grato ser un doctor, cabalgando en la muleta amarilla de un tío ricachón, y en camino para un deslinde!...

- ¡Tal debió sentirse el Manchego en su primera excursión!

-La ciudad se despertaba: tras de mí iban saliendo los artesanos soñolientos, restregándose los ojos y bostezando; porque este frío de Caracas, a las seis y media de la mañana, más provoca a dormir que a trabajar.

- (…) Allí, en el Portachuelo, detuve la muleta, y respirando aquel ambiente fresco, vivificante, que ensancha los pulmones, pasé en revista los recuerdos de la infancia y las esperanzas de la juventud…

IV- ¡Guá, señor! ¡El niño Carlos!

-El mismo, Celestina.

"Era una negra vieja, la que me cargó muchas veces en su petaca, cuando mi familia viajaba por los valles del Tuy. Venía con su sombrero de cogollo y su pañuelo colorado al cuello, montada en un burro negro, entre dos sacos de legumbres; las piernas haciendo como un carril al pescuezo del jumento, flacuchento y pesado como todos los de su raza perezosa".

Como habrá podido advertir el lector la cita anterior comporta la reconstrucción de un contexto sociohistórico mediante un cuadro costumbrista al modo de un auto reportaje, cuaderno o bitácora donde se apunta las impresiones del viaje o se hace un boceto impresionista, revela además las diferencias sociales de clase en el marco del modelo agro-exportador, donde la riqueza estaba representada en la tierra con fundaciones latifundistas, que serían continuidad de "los grandes cacaos", familias aristocráticas con acceso a los bienes de la cultura universal como la ciencia, eran doctores los hijos de patricios venidos a menos después de las devastadoras guerras de la Emancipación y de La Federación; en cambio, los campesinos mestizos y los negros constituían los sectores "bajos", sirvientes de los señores y "Señoritos" como el Ingeniero Carlos, llamados también "Patiquines", con gustos y cultura refinada.

¡Qué reveladores de una "atmósfera epocal" específica pueden ser los capítulos de una novela realista!, construida, claro, siguiendo a la distancia el modelo creado por Emilio Solá en Francia, pero destaca también lo complejo que es la construcción del conocimiento de lo social, pues interactúan elementos económicos, políticos, sociológicos, socio-afectivo y mitológico (Morin, 2000, p. 42); de allí que Morin alude a los bucles: cerebro, mente, cultura, razón, afecto, impulso, individuo, sociedad, especie (ob cit, 2000, pp. 57-58).

Pero no pretendemos desviarnos hacia asuntos epistemológicos con la digresión anterior y queremos volver a lo de la gastronomía ya anunciada y es que cuando el personaje Carlos llega al pueblo describe esta escena típica:

-Serían las ocho de la mañana cuando eché pie a tierra. Estaba en una ranchería y tenía por delante un espectáculo nuevo.

-No podía quejarme de la muleta amarilla del tío Pedro; había marchado bien, y mi retardo en el camino se debía solamente a que en más de una ocasión hallé obstruida la carretera.

-Iba delante de mí un isleño con ocho vacas flacas, que se dirigían al potrero.

-Después, cuatro burros cargados de malojo que, con calma verdaderamente sibarita, marchaban de frente por la angosta vía.

-Quise forzar la amarilla, pero no se hallaba muy a su gusto en presencia de aquella trinchera movediza: amugaba las orejas, raboteaba y daba señales inequívocas de susto y desagrado, hasta el extremo de convencerme, a mí que soy de infantería, que lo más prudente era echarme a la orilla y dejar que pasaran los jumentos del malojo.

-Pero, al fin, estaba en la ranchería.

-Un arriero cargaba; otro enjalmaba; éste ponía los ahogadores; aquel quitaba las maneas y en las topas vertía el maíz de la ración.

- (…); en tanto habían servido el desayuno. Sobre la mugrienta mesa estaban un plato de carne salada frita, una arepa media envuelta en un pedazo de papel, y un pocillo de café, que me hizo exclamar:

-Está bueno de agua y de maíz, pero le falta café.

Pedí mi cuenta: alcanzaba a nueve centavos, y me ahorcajé en la mula, no sin que antes me dijera un arriero que echaba la última soga:

-Mire, blanco, que la parada sea corta hace el día largo, y la parada larga hace el día corto. Máxima esa que he apuntado en mi cartera, como resumen de una larga serie de investigaciones filosóficas. Y eché cuesta arriba.

Ya en la noche tuvo que pernotar no sin antes tener que correr desesperadamente por las envestidas de un novillo pareto de un rebaño que traía un llanero: "No corra, blanco –gritó-; estos animales no hacen nada en la madrina".

-Entonces recordé otro llanero que me había dicho que el ganado en sociedad se torna lerdo, lento y paciente, al revés de lo que sucede al hombre. Sentí una ola de sangre, de vergüenza, subirme a las mejillas y casi me cubrí el rostro con las manos… Pasó el ganado, y volví a montar, consolándome con esta reflexión: "el miedo también tiene su valor; y no he de ser yo el único venezolano cobarde; si no que lo diga Guzmán. En tanto, el llanero cantaba:

"Con puro papel de seda/ se limpian los caraqueños:/ en el llano nos limpiamos/ con la pata y con los dedos".

-Fuerza era dormir, después de tamaño susto y hube de parar en la primera ranchería (…) Comí unas caraotas de a medio; una arepa de a dos centavos; una carne frita de a medio y un pocillo de café: total, catorce centavos.

Finalmente, llama la atención como el tío Pedro tenía nostalgia por el comercio de esclavos por el puerto de La Guaira, pero ya no trían esa "mercancía" sino que el comercio especulador lo dominaban ahora las casas comerciales que introducían bienes importados y las costumbres se iban transformado al estilo norteamericano. Sin embargo, registra manifestaciones tradicionales como la Fiesta de la Cruz de mayo, Corpus Christi, el contra punteo llanero, el golpe tuyero, la quirpa, el baile escobillado del zambe, le repique de maracas y la vuelta de la chipola, pajarillo, o sea "música epigramática" que por primera vez se anunciaba en un libro; esto es, como hemos dicho ya, un espectro de las costumbres mestizas de las que no se había ocupado el intelectual criollo tradicional y de allí la siguiente reflexión del protagonista tomándose un carato:

-Sí, es verdad. ¿Y por qué nuestros poetas no escriben versos así?

-Porque no hemos constituido todavía la literatura nacional; nuestros escritores y poetas, sin criterio ni tendencias, se han dado a copiar modelos extranjeros, y han dejado, una hojarasca son sabor y sin color venezolanos; algo así como esas parásitas amarillentas que el viento de la montaña pone en los remos de los bucares.

 

 



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Luis B. Saavedra M.

Docente, Trabajador popular.

 luissaavedra2004@yahoo.es

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