Los grandes amores de Miranda y Catalina

El 14 de febrero de 1787, en Kiev, Francisco de Miranda, uniformado de coronel, de espada y sombrero emplumado, es presentado a Catalina II Emperatriz de todas las Rusias, por su valido el Conde Potiomkin.

Catalina II, a su vez, era cómo una lanza en un cuarto oscuro: Renato Strozi bautizó la biografía que escribió sobre ella con el título de <>.

Desde que Francisco de Miranda salió de Caracas para vengar la afrenta que le hicieron a su padre, dieciséis años atrás, su vida ha sido un constante deambular. Luego de ser acusado por los españoles de traidor a la corona, huyó a los Estados Unidos, donde arribó días antes del nacimiento del Libertador.

Conoce a Jorge Washington, quien lo recibe cordialmente, como corresponde a uno de los héroes de Pensacola y las Bahamas. El Bolívar del Norte invita al joven venezolano a comer. <>, escribe el historiador soviético Lavretski. La situación se agrava cuando el Embajador de España lo acusa ante el gobierno de ser prófugo de la justicia:

Español: Ese hombre está condenado a diez años de presidio en Ceuta por traidor a su patria.

Americano: ¿Pero, qué hizo, por vida de Dios?

Español: Vendió secretos de guerra a los ingleses; entre otros, los planos de las fortificaciones de la Habana.

Ante la acusación, la imagen de Miranda sufre grave deterioro. Se le retira el apoyo y la admiración de antes. Luego de año y medio en el país del Norte se embarca para Inglaterra, el 15 de diciembre de 1784. Aparte libros y cartas de presentación, no lleva un centavo.

En Londres vive Turnbull, antiguo socio de su padre, quien ha hecho una inmensa fortuna con el contrabando. Los ingleses no le hacen mayor caso a las cartas de presentación. Miranda, desesperado, trata de encontrar dinero. El contrabandista le suministra pequeñas cantidades:

No creo que tengáis mucha suerte en Inglaterra. No pueden veros con simpatía por haber combatido por la Independencia americana. El Embajador español no cesa de desacreditaros. Aceptad la oferta que os hace el Coronel William Smith de que lo acompañéis en un viaje de placer a Prusia. Os daré 200 libras.

En agosto de 1785 llega a Prusia, donde conoce de lejos a Federico II y reanuda su vieja su vieja amistad con Lafayette, a quien conociera en los Estados Unidos.
Luego de vagar por toda Europa, conoce en Ragusa, Italia, a un vicecónsul ruso:

Deberéis ir a la Santa Rusia. Nuestra emperatriz verá con simpatía vuestros planes de Independencia para Hispanoamérica. Tenemos factorías en América; desde Alaska hasta San Francisco, Dirigíos al Embajador ruso en Turquina; él os facilitará el viaje hasta San Petersburgo… En Atenas hay un diplomático austríaco que por una módica suma os facilitará un pasaporte de noble. Es muy importante llegar a Rusia con un título nobiliario.

Con un pasaporte austríaco que lo acredita como el Conde Miranda, y con el apoyo del Embajador ruso en Turquía, Francisco de Miranda llegó a Rusia el 9 de noviembre de 1786.

Una de las primeras personas que conoce es un príncipe ruso casado con una española, la princesa; por ironías del destino, es sobrina de O’Reilly aquel jefe de su regimiento que le hizo la vida imposible y lo acusara de ladrón.

Miranda se las sabe todas. Hace valer el conocimiento que tiene de su viejo enemigo para hacerle creer a la princesa que su tío y él son panas burdas.

La suerte continúa al lado de Miranda. Los príncipes son gente muy influyente. Un día llega a la ciudad el Príncipe Potiomkim, quien conoce al Precursor en casa de sus anfitriones. El poderoso ministro, amante a su vez de la Emperatriz, queda seducido por el criollo y la abre paso hasta el mismo trono imperial.

Una auténtica belleza. ¿No han visto ustedes acaso sus retratos? Tenía bellísimas las fracciones, y diría que se parecía a la reina María Antonieta, de Francia, pero más bonita.

Era rubia, con unos ojos azules enormes y una boca roja como la grana.

¿No les contamos, pues, que en ella se inspiró Miranda para elegir los colores de nuestra bandera?

La Emperatriz, sin duda alguna, se sintió flechada desde el momento y Miranda que era, ¿Cómo les digo yo?... Un tigre para el tango.

Bueno, ustedes me entienden… pasó a ser el preferido en aquella corte donde los guardianes de corps se elegían por en tamaño. Catalina, frenética, le dice un día al caraqueño:

Quedaos en Rusia, Franciscovich. ¿Es que no os hago feliz? Toda Rusia está a vuestro servicio.

Miranda: Debo proseguir mi lucha por la Independencia de América.

Catalina: Quedaos quieto, que os va agarrar la Inquisición y no quiero saber que os han vuelto chicharrón…

Miranda: Dejadme cumplir primero con mi deber, mi amada emperatriz, que luego volveré a serviros hasta el último momento de mi existencia. ¿Puedo pediros algo?

Catalina: Lo que quieras, vida.

Miranda: Dadme, entonces, diez mil rublos…, para sublevar las guarniciones de Hispanoamérica.

Miranda es el niño mimado de la Emperatriz y, por consiguiente, de toda la corte rusa…

¡Chávez Vive, la Lucha sigue!


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Manuel Taibo


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