La nacionalización

“El injusto reparto de riqueza, de la ausencia de derechos en que viven la mayoría del pueblo, de la lucha fatal que hay que entablar para conquistar un puesto al sol o un pedazo de pan, de la potencia de los ricos y de la importancia de los pobres, de la inteligencia oprimida por la mentira secular y las tinieblas de los prejuicios provechosos a una minoría poderosa”.

Dotarse de instrumentos de organización y gestión que hagan de Venezuela un núcleo autónomo de creación industrial y tecnológica, es, indudablemente, una apuesta que está muy lejos de poder considerarse como ganada de antemano. Pero, sí ganamos, nos permitiría beneficiarnos directamente de las dos fuentes principales de la riqueza moderna:

1º La innovación tecnológica;

2º La combinación inteligente de los factores de producción, propia de empresa avanzada.

Hasta ahora, el actual Gobierno no ha escogido este camino de recuperación, iniciada por el Comandante Chávez. (para controlar la importación) No han hallado los medios de lograrlo. Y la dominación de la industria y de la ciencia sigue progresando.

Hay aquí algo que no puede prolongarse eternamente. Y no es el menor peligro el de una reacción violenta y elemental que podría producirse, por ejemplo, en forma de una nueva voluntad política: “Nacionalicemos, pues, las empresas extranjeras instaladas en nuestro país.”

Supongamos que el Gobierno quiera “nacionalizar” (por ejemplo) los laboratorios de producción de medicamentos, que poseen varias instalaciones en el país. Al convertirse en poseedor de estas interesantes instalaciones, el Estado habría confundido la “pieza con su sombra”. Porque lo que cuenta actualmente en una empresa no son las paredes ni las máquinas, sino los elementos “inmateriales”, que no pueden nacionalizarse. De la misma manera que, en biología, la célula es de naturaleza diferente a la de las moléculas que la componen y no se reduce a la simple suma de éstas, así la empresa moderna es un fenómeno completamente distinto de la suma de los factores de producción que en ella intervienen. Nacionalizando a los laboratorios farmacéuticos se empujaría a sus técnicos y a sus jefes a la emigración; sencillamente, se reproduciría, en esta guerra moderna que es la guerra industrial, el “suicidio intelectual”, científico y, en último término, estratégico.

Incluso suponiendo que, después de la nacionalización, la nueva empresa lograse recuperar la totalidad del caudal de conocimientos, se vería privada de la corriente de creación continua, y decisiva, que emana de la casa matriz. Se quedaría atrás en pocos meses. La nacionalización de las empresas extranjeras, por producirse en un cuadro de liberación mundial de los intercambios, llevaría rápidamente a la ruina a las empresas afectadas. Entonces, el Gobierno al haber cometido esta locura no tendría más remedio que abrir nuevamente las fronteras y seguir con la importación de los progresos realizados en el exterior.

Pero la ilusión de la nacionalización es agradable. Permite evitar la reflexión. Uno imagina poseer la solución para el futuro, y lo único que tiene es un arma contra el desarrollo del país.

¿No existe un método menos brutal, consistente en que un Gobierno más voluntarioso y más ambicioso para su país que obligara un día a las empresas extranjeras a efectuar un mínimo de investigación tecnológica y la formación de técnicos en territorio nacional? Es una política que merece ser estudiada y que tendría indudablemente consecuencias positivas: pero debemos darnos cuenta del carácter limitadísimo de las ventajas a plazo que obtendría Venezuela.

Los aspectos de justicia social están expuestos con gran agudeza. Nosotros los planteamos así: en la sociedad socialista debe haber un solo enfoque, es decir, debe asentarse en el aporte laboral del trabajador a la construcción del socialismo. Y esto debe determinar su situación en la comunidad, las condiciones políticas y sociales de ésta. Todo se debe poner en dependencia de la cantidad y la calidad del trabajo. Para satisfacer las demandas razonables del pueblo en alimentos, ropa y calzado, en servicios públicos, en condiciones para el descanso y la enseñanza, para satisfacer las demandas de la educación y culturales; en una palabra, se trata de todo lo que compone la vida del pueblo y determina su estado de ánimo y de salud.

Nos hallamos, pues, de espaldas a la pared: el retorno al orden nacional ya no es posible en el crecimiento; o forjamos una política industrial, o las transnacionales seguirán organizando el futuro de nuestro país.

La no inversión en el factor humano y en tecnología, seguiremos atrapados por la industria de puertos. La solución sería asociarnos con empresas que instalen fábricas en el país, y nos transfieran la tecnología y la preparación de tecnicos.



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Manuel Taibo


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