Toque de pimienta

Magnicidios de micrófono

Cuando un medio de comunicación radioeléctrico le permite a Rafael Poleo valerse de un micrófono y una cámara para proferir las amenazas que, a manera de Casandra desaforada pregona desde hace años, las autoridades del ramo deberían estar atentas pues, con toda seguridad, el instigador del magnicidio apelará a su manía recurrente.

Poleo en este caso viene a ser como el degenerado cuya especialidad consiste en desnudarse frente a los niños. Sencillamente no se puede contener ya que resulta superior a sus fuerzas. Así pues, la comparecencia de este individuo en una estación de radio o de televisión es algo tan desatinado como llevar un pedófilo a una escuela preparatoria para que se exprese a su gusto ante los párvulos.

Lo que cabe en esos casos es que las autoridades competentes tomen medidas precautelativas y, cuando el maniático inicie las incitaciones a delinquir, el canal o la estación de marras sean sacados del aire por la vía más expedita. De no hacerlo así se está revelando la ineptitud de los funcionarios, ya bien sean estos del despacho de Telecomunicaciones o del que se ocupa de la política informativa.

Sin que me quepa la menor duda de lo que afirmo, estoy seguro que tales amenazas no podrían ser transmitidas en países como los Estados Unidos, México o Colombia, pues las sanciones contra el medio de comunicación serían instantáneas, tan rápidas y severas que no habría tiempo para que otros se atrevieran a interceder por el delincuente comunicacional.

Además el castigo sería ejemplarizante y aplicado sin contemplaciones, para que los demás canales o estaciones radiales se enteren de lo que les espera si cometen el mismo error.

Por supuesto ninguna sanción de ese tipo va en desmedro de la democracia y podría afirmarse lo contrario: son medidas que fortalecen la libertad de expresión pues los llamados a atentar contra la vida de un Jefe de Estado no pueden considerarse noticias, sino actos de terrorismo que atentan contra las instituciones republicanas.

La culpa, en este caso específico, no es del instigador al magnicidio sino de Globovisión, que fue la que le dio el garrote a Rafael Poleo.

 


augusther@cantv.net



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Augusto Hernández


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