Diccionario de una invasión, diferencia entre "capturar" y "secuestrar" a un mandatario en funciones

Visto lo ocurrido en Venezuela se hace necesario incidir en la diferencia semiótica entre "capturar" y "secuestrar" a un mandatario en funciones porque es la diferencia entre hablar desde el poder imperialque invade o hablar desde la dignidad de los pueblos invadidos. Es la diferencia entre un lenguaje colonizado y un lenguaje emancipado. Desmontar esa trampa semántica es una tarea urgente de la críticasemiótica, porque mientras aceptemos el diccionario del invasor, seguiremos pensando atrapados por sus categorías, justificando sus crímenes y llamando orden a lo que no es más que violencia organizada. La lucha por el sentido es inseparable de la lucha por la soberanía, y toda invasión comienza, antes que con las armas, con una palabra impuesta.

Importa mucho la diferencia semiótica entre "capturar" y "secuestrar" a un mandatario en funciones porque no es un simple matiz léxico ni una disputa de estilo periodístico, es un campo de batalla ideológico donde se dirime la legitimidad del poder, la violencia que lo disputa y el relato que pretende naturalizarla. En el diccionario de una invasión, las palabras no describen hechos, los fabrican. "Capturar" y "secuestrar" son signos cargados de historia, de relaciones de fuerza y de intereses materiales concretos; su uso no es inocente, es una operación política que organiza el sentido de lo ocurrido y, por tanto, la conciencia social que se construye en torno a ello. "Capturar" pertenece al léxico de la cacería, del combate, del procedimiento policial o militar que se arroga autoridad legítima. Presupone un marco normativo que avala al captor, lo reviste de legalidad, lo sitúa del lado del orden y del derecho, incluso cuando ese derecho ha sido impuesto por la fuerza. "Secuestrar", en cambio, remite al delito, a la usurpación, a la violencia sin legitimidad, a la interrupción criminal de la libertad de otro. La diferencia no reside en el acto material —privar de la libertad a una persona mediante coerción— sino en el dispositivo simbólico que lo nombra y lo justifica.

Cuando el sujeto privado de la libertad es un mandatario en funciones, la carga semiótica se multiplica. No se trata sólo de un individuo, sino de una condensación institucional, el cuerpo del gobernante funciona como metonimia del Estado, de la soberanía popular —real o simulada— y del orden político vigente. Decir que un mandatario fue "capturado" implica negar su condición de representante legítimo y reconfigurarlo como enemigo, criminal, objetivo militar o pieza de una narrativa de "restauración del orden". Es una palabra que presupone que el captor actúa en nombre de una legalidad superior, aun cuando esa legalidad sea una ficción colonial, una imposición imperial o una construcción ex post para justificar la violencia. "Secuestrar", por el contrario, reconoce implícitamente la ilegitimidad del acto, la ruptura del orden jurídico existente y la agresión contra la soberanía que el mandatario encarna. Por eso los invasores no secuestran, capturan. Y los pueblos agredidos no son invadidos, son "liberados", "intervenidos" o "pacificados".

Desde la semiótica crítica, esta diferencia revela el funcionamiento del signo como instrumento de dominación. El significante "captura" se articula con una cadena de significados positivos, justicia, seguridad, control, eficacia, necesidad histórica. El significante "secuestro" se enlaza con caos, criminalidad, terrorismo, barbarie. Elegir uno u otro no describe el hecho, sino que lo inscribe en una matriz ideológica que orienta la interpretación social. No es casual que los grandes aparatos mediáticos del capital global utilicen sistemáticamente "captura" cuando se trata de líderes enemigos del orden imperial, y "secuestro" cuando la víctima pertenece al campo aliado o funcional a ese orden. La semiosis del imperio no es neutral, es una tecnología de guerranarrativa.

En el contexto de una invasión, esta operación lingüística cumple una función central, despolitizar la agresión y naturalizar la violencia. "Capturar" a un mandatario sugiere una acción técnica, casi administrativa, necesaria para restablecer una normalidad previamente definida por el invasor. Se borra así el hecho fundamental, la violación del territorio, del derecho internacional y de la autodeterminación de los pueblos. El lenguaje actúa como anestesia moral. "Secuestrar", en cambio, hace visible la asimetría de fuerzas, el carácter criminal del acto y la responsabilidad política de quienes lo ejecutan. Y de quienes lo aplauden y repiten. Por eso debe ser interpelado a fondo el relato dominante.

Hay aquí una pedagogía del sometimiento. El diccionario de la invasión enseña a las audiencias a pensar desde el punto de vista del agresor, a internalizar su legalidad ficticia y a aceptar sus crímenes como hechos consumados, inevitables o incluso deseables. No se trata sólo de manipulación mediática, sino de una producción sistemática de sentido que convierte la violencia estructural en sentido común. La captura es "limpia", "quirúrgica", "necesaria". El secuestro es "sucio", "irracional", "criminal". Pero cuando un ejército extranjero irrumpe en un país y priva de la libertad a su jefe de Estado, lo que ocurre, en términos materiales y jurídicos, es un secuestro agravado por la condición política de la víctima y por el contexto de guerra de agresión. Llamarlo "captura" es un acto de encubrimiento semiótico.

Esta distinción también revela una lucha por el control del tiempo histórico. "Capturar" inscribe el hecho en una narrativa de progreso forzado, antes había desorden, ahora hay control; antes había un "dictador" o "enemigo", ahora hay "estabilidad". "Secuestrar" interrumpe esa narrativa y expone la violencia como ruptura traumática, como retroceso civilizatorio, como crimen. La palabra correcta no es sólo una cuestión lingüística, es una toma de posición frente a la historia.

Todas las fábricas de sentido imperiales operan desfigurando el lenguaje para moldear la percepción pública, insistamos, no es lo mismo "capturar" que "secuestrar" a un presidente en funciones. "Capturar"sugiere legalidad, control institucional y una acción legítima enmarcada en el orden jurídico; "secuestrar", en cambio, transparenta un registro criminal, violento y antidemocrático. Esa elección léxica no describe sólo un hecho, sino que produce una interpretación previa que orienta emociones, juicios morales y alineamientos políticos, normalizando o condenando el acontecimiento antes de que el debate ocurra. Y, frecuentemente, desfigurar el concepto conlleva la deformación de la acción política.



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Fernando Buen Abad Domínguez

Doctor en Filosofía.

 @FBuenAbad

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