El General José Antonio Páez dice: Basirruque no monta en coche, y no se traslada a Bogotá (VII)

Cuando el General Páez es destituido del cargo de Comandante General de la Provincia de Venezuela a mediados del mes de julio de 1825, días después llega su reemplazo en la persona del General Juan de Escalona, y Páez comienza a preparar su viaje a la capital de Colombia, Gran Colombia, Bogotá, pero en esos días varios de sus compañeros de armas y amigos ilustres de Caracas, entre ellos el doctor Miguel Peña, le recomiendan no ir por cuanto creen sería como subir al cadalso para ser sacrificado, ya que en Bogotá el único que gobierna y manda, de hecho, es el colombiano General Francisco de Paula Santander, quien no tiene ningún afecto a los venezolanos y menos a él por lo más probable le sucediera lo mismo que le pasó meses atrás, el 26 de marzo de ese mismo año 25, al joven venezolano Coronel Leonardo Infante, a quien le siguieron una injusta causa por la cual fue condenado a ser fusilado y así aconteció el 26 de marzo de 1825. El venezolano Doctor Miguel Peña, había ocupado la Presidencia de la Alta Corte de Justicia y en ella la votación de los 5 jueces había sido la siguiente: el Coronel Mauricio Encinoso por la absolución; el Doctor Vicente Azuero a muerte, el Coronel José María Obando a muerte, el Doctor José Manuel Restrepo a degradación y diez años de presidio y el Doctor Peña, absolución. La votación como acabamos de observar resulto un empate. El voto del Doctor Restrepo fue considerado por algunos de los jueces como de vida. Quienes se empecinaban por la muerte no lo consideraban así, planteándose una controversia jurídica, que tuvo como salida el nombramiento de un Conjuez, que lo fue el Doctor José Joaquín Gori y éste se pronunció por la muerte.

Este juicio se efectúo atropelladamente y con premura, sobre todo por la posición cerrada, desde un comienzo, del doctor Vicente Azuero y el Coronel Obando; quienes obedeciendo las órdenes del mismísimo "hombre de las leyes" pedían la pena capital para el indiciado. Esta ligereza en aplicar la justicia permite en los alegatos cometer algunos errores, entre ellos, la violación a un reglamento de San Félix por tratarse de un Coronel, este reglamento exigía la presencia de dos Generales, requisito que pasaron por alto en el Consejo de Guerra. Esta falla al ser impugnada por el Doctor Peña, permite la nulidad del proceso, siendo devuelto el expediente al Comandante General, quien procede a superar esta anomalía con el nombramiento de los Generales Federico Eben y José Miguel Pey; quienes ya aleccionado por adeptos a al General Santander se pronuncian por la pena de muerte. El Doctor Peña como presidente de la Alta Corte, mantiene la invalidez de la sentencia por considerar que lo que había existido era una pluralidad relativa, debiendo ser por simple mayoría y no por pluralidad absoluta que requiere de la mitad más uno de los votos según el artículo 19 de la Ley de Tribunales y el 188 de la Constitución Nacional vigente; por lo que se niega a firmar. El abogado Azuero y el Coronel Obando, quienes tenían entre ceja y ceja que Infante debía ser fusilado, no se sabe si por ignorancia o la presión de Santander, mezclaron leyes y disposiciones de la Colonia Española con normas de la naciente Republica.

Una verdadera ensalada legal, de donde se agarra el Doctor Miguel Peña para no firmar la sentencia, la cual estaba obligado a hacerlo. Todo este enmarañado proceso agarró rumbo a la Alta Corte de Justicia, la que ratifica la sentencia del Consejo de Guerra de Oficiales Generales, disponiendo para el día 22 de marzo de 1825 la fecha para cumplir la sentencia acordada el día 11 de noviembre de 1824, y dar traslado del auto al comandante General del Departamento para la ejecución inmediata del condenado. Durante los días de prisión el Coronel Infante conoce a una joven que visitaba a un familiar que cumplía condena en la cárcel, ella se llamada Dolores Caycedo con quien contrajo matrimonio. Finalmente llegó para Infante el 26 de marzo de 1825. Santa Fe de Bogotá estaba acostumbraba a este tipo de espectáculos que ahora se presentaría con Infante como primer protagonista. El Coronel Leonardo Infante, durante el trayecto a pie de la cárcel al sitio de fusilamiento, da muestras de poseer sangre fría para enfrentar esa situación y al observar a un grupo que se aglomeraba a su paso, dijo a sus guardianes: "Ahora me acuerdo que hace cinco años entre triunfante por estas calles y aquí voy para el suplicio" Ya en la plaza frente al cadalso, alzo la voz y mirando hacia el Palacio de gobierno dijo: "Este es el pago que se me da. ¿Quién lo hubiera sabido? Dicen que Infante esta aborrecido de la ciudad de Santa Fe, levante alguno la mano y diga en que lo ofendí: Yo voy al suplicio por mis pecados y porque soy un hombre guerrero, pero no por haber matado a Perdomo. Soy el primero, más otros seguirán detrás de mí" En el patíbulo, se dirigió al Comandante General y le pidió que cuidara a su esposa. Luego solicito le fuera permitido dar la voz de fuego a la escolta. Y continúa hablando "Yo no me mando a quitar la vida, sino que ya lo tienen así mandado. Yo solamente mando la ejecución" En ese momento se le acerca el General Barón de Eben y descubriéndose le da un saludo respetuoso de despedida. Infante que no se quedaba con nada le señalo: "Señor General, en la otra vida nos veremos" En esos postreros momentos solo ratificó lo que siempre había repetido: "Infante muere, pero no por la muerte de Perdomo"



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José M. Ameliach N.


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