La Epilepsia del héroe de Mucuritas

Es un hecho muy bien conocido por los venezolanos, que el General José Antonio Páez sufría, con más o menos frecuencia, de ataques nervioso, al comienzo o final de los choques bélicos contra las caballerías de los realistas en los campos de Venezuela. Todo comienza al entrar en acción en Los Bancos de Chire, Apure, en la persecución del enemigo en los campos de Gamarra y Ortiz, y por último en Carabobo, después de espléndido triunfo, Páez fue por instantes víctima de esas horribles convulsiones que le privaban del uso de la razón, pero que al cesar, hacían aparecer al guerrero con tales bríos y con tal coraje sobre las fuerzas enemigas, que la presencia de aquel hombre portentoso era siempre indicio de victoria. ¿Qué causa producía tan triste dolencia en un hombre fuerte, de espíritu inteligente, sagaz, y de una voluntad inquebrantable? Refieren los familiares de Páez, que en sus tiernos años él fue mordido, primero, por un perro rabioso, y meses más tarde, por una serpiente venenosa, sin que nadie hubiera podido sospechar que en un mozo acostumbrado al ejercicio corporal, hubieran quedado manifestaciones ocultas, a consecuencia de las heridas que recibiera, y que los años corrieran sin que ningún síntoma se presentara en la constitución sana y robusta del joven llanero, hasta que fue presa de cruel idiosincrasia que le acompañó hasta el fin de la vida. A este hecho se agregaba una manía, la falsa idea de creer que la carne de pescado, en el estómago, se convertía en carne de culebra. Había en la mente del hombre una perversión nerviosa de variados accidentes, la cual acompañó al guerrero hasta su avanzada edad, no obstante haber hecho esfuerzos de todo género por librarse de tan cruel dolencia.

Veremos en el curso de esta leyenda que las convulsiones de Páez obedecían en muchas ocasiones a la excitación del guerrero, al sentimiento patrio; y eran engendradas en otras por agentes misteriosos del organismo, o cierta idiosincrasia que acompaña a muchos hombres, sin que la ciencia haya podido hasta hoy llegar a explicarla. En la batalla de Chire, 1815, Páez había recibido la orden de embestir a las tropas del realista Coronel Calzada, pero al comenzar la pelea entra repentinamente en convulsiones. La causa inmediata de ese percance fue la siguiente: Estaba Páez listo, cuando se le ocurre enviar uno de sus ayudantes a retaguardia de su cuerpo, con cierta orden. Al regreso del ayudante, tropieza en la sabana con enorme culebra cazadora a la cual pincha por la cabeza. Al instante el animal se enrosca en el asta de la lanza y la abraza por completo. Quiere el jinete deshacerse del animal, más como no puede, con él llega a la vanguardia, en los momentos en que iba a librarse el célebre hecho de armas que se conoce con el nombre de Chire. El ayudante da a Páez cuenta de su cometido y agrega: Aquí está, mi Jefe, el primer enemigo aprisionado en el campo de batalla, señalándole la culebra que contorneaba el asta. Páez torna la mirada hacia el arma del jinete y al instante es víctima del mal, por el momento el Jefe no puede continuar, pero ayudado de sus soldados que le echan agua sobre el rostro, se repone, y al escuchar la primera descarga monta a caballo y entra en batalla. También sucede por aquellos días, a la margen del río Apure, que Páez ve a parte de su tropa en inminente peligro en la opuesta orilla, en los momentos en que cumplía con la orden que le había dado. Páez quiere atravesar el río y salvar a sus compañeros, pide un caballo y se arroja al río, armado de lanza. En pleno río, Páez entra en convulsiones y los llaneros logran que el animal tornara a la orilla de donde había salido. Cuando llega el momento de la célebre acción del Yagual, Apure, 1816, en la cual figura Páez como jefe supremo, el general Urdaneta estaba a su lado en el momento de comenzar la batalla cuando Páez es víctima de fuertes convulsiones. No había más agua sino la que contenía un barril pequeño, la cual estaba destinada para enfriar el único cañoncito que tenían los patriotas. Al saber Urdaneta por los compañeros de Páez que el ataque desaparecía con el uso del agua, solicita envase para tomarla, y como no encontrara, se vale de su tricornio, con el cual comienza a bañar la cabeza del guerrero. Pocos instantes después estaba Páez a caballo, animado del fuego sagrado de la patria y saludado como vencedor en el glorioso campo de batalla.

Cuando en la batalla de Ortiz, en 1818, casi toda la infantería a las órdenes de Bolívar es destruida por los españoles, pudo salvarse el resto, por la intrepidez de Páez, que cubría la retirada. Después de repetidas cargas de caballería, Páez, al sentirse mal, se desmonta y se recuesta de un árbol. Un compañero inglés al ver a Páez en estado de convulsión y con la boca llena de espuma, se acerca al enfermo, le lava con agua el rostro y aun le hace tragar algunas gotas. Páez recupera el sentido, reconoce al coronel extranjero, le extiende la mano y le da las gracias más cordiales. A su lado, dice el inglés, estaba la lanza ensangrentada, la cual tomó Páez y se la presentó, como un testimonio de la amistad que le profesaba. Páez monta al instante a caballo, se pone al frente de su legión de centauros y hace sea victorioso aquel importante enfrentamiento.



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José M. Ameliach N.


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