¿Porqué no ha insurgido el pueblo?

Es sumamente arriesgado hacer diagnósticos por aproximados que sean sobre situaciones por demás complejas. Mucho más osado es intentar realizar pronósticos aunque sean cautelosos. Este es el caso del comportamiento sociocultural y político de nuestro pueblo en la situación actual de carestía inclemente de los bienes de consumo, desabastecimiento de productos de primera necesidad, falta de contraloría y fiscalización de los "precios justos", el bachaqueo y la corrupción gubernamental. Para cualquier analista ligero es inexplicable que el descontento y malestar que expresa a viva voz el pueblo en las colas a través de términos procaces y groseros que se hacen ante las puertas de los supermercados y abastos, no se haya traducido en masivas revueltas callejeras contra el gobierno nacional como en situaciones parecidas anteriores, por ejemplo, el "caracazo". Es más, que éstas hayan intentado ser promovidas por grupos o piquetes de la oposición que se han infiltrado en las colas sin resultado alguno, es más inexplicable aún para ésta. Tan solo los reclamos callejeros por regularización de servicios como el agua, el aseo urbano y la electricidad han sido las expresiones espontáneas de manifestaciones violentas pero breves y pasajeras. Incluso para el gobierno es también una interrogante sin respuesta aunque tengan que aparentar que la tienen en la "madurez política del pueblo" y en el "respaldo popular masivo y pasivo que tienen". Por ello intentaremos hipotetizar al respecto una probable respuesta a pesar de la simplificación que haremos y de lo no convencional de los argumentos.

Para esto haremos libre uso de algunos conceptos de connotados investigadores sociales críticos (Deleuze, Guattari, Lazzarato, Negri, entre otros, a riesgo de que nos puedan tachar por ello de eurocentristas)). Lo primero que sale a la vista, como ya hemos expresado con otras palabras, es la falta de continuidad aparente entre de lo que dice el pueblo en las colas, los denominados enunciados y sus agenciamientos de enunciación (lo dicho pero en relación con preguntarse sobre "¿qué hacer?", lo que anuncia un acontecimiento interior y potencialmente externo), y la efectuación de la acción, lo que es hecho o actuado en correspondencia (los llamados agenciamientos de actos o acciones). Ambos agenciamientos constituyen lo real o la realidad de su praxis. Según los investigadores sociales referidos, esos agenciamientos son maquinados o agenciados por los deseos semiconscientes o inconscientes de las personas en última instancia. Deseos que van más allá de la satisfacción de sus necesidades inmediatas o están asociados a ellas.

Los deseos son también signos o formas en los sujetos o individuos. Signos o formas que refieren o representan algo. Cuando representan algo es porque se alude a lo que está ausente y se requiere su presencia. Pero no necesariamente ese algo a lo que refieren los signos o formas es exterior al sujeto en correspondencia directa con el signo, como sustancia o materia de contenido de la forma en que se representa. Aquí la dialéctica forma-contenido ("toda forma tiene un contenido o viceversa") es obliterada o no tiene correspondencia directa ya que esa representación puede ser indirecta, mediada o transubstanciada. La transubstanciación consiste en la sustitución de una sustancia por otra distinta, por ejemplo, hay transubstanciación cuando a los católicos se les ofrece la ostia de trigo y la digieren creyendo y sintiendo que se transforma en la sangre y cuerpo de Cristo.

Esa transubstanciación creemos que igualmente ocurre con la insatisfacción o descontento del pueblo con la situación social que padece, y explicaría su pasividad contestataria en la calle hoy. La ausencia o falta de presencia de las cosas que satisfagan su necesidad se ha transubstanciado en la manifiesta representación de tener poder para sí y no dinero para obtenerlas primordialmente ("si tuvieramos poder… ¿por qué no lo tenemos?"), interrogante que podría propiciar la propagación del acontecimiento-ruptura que multiplicado puede volverse multitud revolucionaria. No obstante, hay que reconocer que una parte del pueblo ha transubstanciado sus carencias en el modo capitalista o mercantilista pervertido del bachaqueo por ser lamentablemente "lumpenproletarios", lo que les impide reconocerse como pueblo venezolano digno en su compartir cooperativo y solidario.

Sin embargo, el pueblo en la dialéctica de su ausencia y de su necesaria presencia lo hace auto-referenciarse o representarse como el pueblo que hace falta: el pueblo con poder. Esa es la razón principal por la cual no se ha sublevado: se sabe sin poder pero lo desea y espera su satisfacción radical. En esa representación sabe que la oposición no la representa por antipopular pero también está dejando de creer en el gobierno y en el PSUV; tan solo mantiene su apoyo crítico por su lealtad político-afectiva con el compromiso recíproco sellado con Chávez, porque sabe que buena parte de esta burocracia desleal actúa contra él al apropiarse de bienes y recursos por medio de la corrupción ya que tiene poder de gobierno y a la que ya le está diciendo "adiós". Siendo la corrupción la causa primera de la declinación del apoyo al gobierno en las encuestas de la opinión popular por cuanto lo ilegitima, sin que esto se haya revertido a favor de la oposición.

El pueblo es activamente pasivo por ahora porque está a la espera de ser multitud, de sentirse con fuerza para insurgir: el acontecimiento histórico por excelencia. Si la presente crisis de conducción revolucionaria del proceso se profundiza en su contra con mayor acentuación, aparecerá protagónicamente si hay una vanguardia que lo acompañe a cohesionarse y a ser poder de gobierno para realizar efectivamente una revolución auténticamente popular-socialista-chavista.



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Jorge Díaz Piña

Doctor en Ciencias de la Educación (ULAC), Magister en Enseñanza de la Geografía (UPEL), Licenciado en Ciencias Sociales (UPEL). Profesor universitario de la UNESR

 diazjorge47@gmail.com

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