Chávez: Arquitectura y Pasión

“El Comandante Chávez, todo lo lleva a términos de pasión”. Esta frase da en el blanco del alma de todo revolucionario, y da, sobre todo, en el alma de su mismo creador. Este Coloso sólo sabe situarse apasionadamente ante la vida, y la pasión llega al apogeo, naturalmente, ante su amor más apasionado: el pueblo. ¿Hace falta decir que, en Chávez, el proceso creador, el esfuerzo, humano, no se ajusta a cánones mesurados y armónicos, a los cánones de una arquitectura fría y calculadora? Chávez nos dice cómo vive: con el fuego de la fiebre. Bajo la mano que va cuajando las palabras en su oratoria. Creación es, para este Gigante, tormento, éxtasis, arrobo y anonadamiento, una voluptuosidad exaltada hasta el dolor, un dolor conmovido, eterno, explosión volcánica incesante de su naturaleza avasalladora.

Pero la pasión, puede ser elemento tan deletéreo como creador. Es necesario que la inteligencia clara desprenda las formas eternas del caos de fuerza que ella conjura. Toda creación necesita de la inquietud como acicate de creación; pero a su apogeo ha de presidir, en no menor medida, una serenidad de ponderación superior y meditada. La poderosa inteligencia de Chávez, aquella agudeza de espíritu que penetraba en la realidad con fulgor diamantino. Ama y diviniza la Grandiosa Revolución; traza líneas magnificas en que se ordena, la imagen del Universo. Pero la pasión inunda constantemente los cimientos de arquitectura. El eterno antagonismo de inteligencia y corazón invade también su obra revolucionaria, y se traduce aquí en el contraste entre la Revolución y la pasión.

Es en vano que Chávez se esfuerce por crear objetivamente, por mantenerse al margen de la vida que crea, que quiera limitarse a ordenar y a modelar, que pretenda ser épico, relator de sucesos y analizador de sentimientos. La pasión le arrastra irresistiblemente a padecer y compadecer con los dolores de su amado pueblo. Siente uno latir en la propia sangre, como una fiebre, la crisis de este hombre, y arder en el sentimiento conmovido, como propio, sus problemas. Chávez nos sumerge con todos nuestros sentidos en la atmósfera candente de su mundo, nos empuja hasta el borde del abismo del alma, y nos deja allí, jadeantes, respirando angustiosos, con la sensación del vértigo. Y mientras nuestro pulso, al vivir esta vida, no galope como el suyo al crearla; mientras no muerda en nosotros su misma pasión, no podemos decir que su obra nos pertenece por entero; hasta entonces no es nuestra como nosotros suyos, en cuerpo y alma.

Los consumidores revolucionarios de alquiler, los placenteros pasantes de la revolución, los que sólo saben andar por los caminos de los problemas trillados, deben renunciar a esta Revolución, como él renuncia a ellos. No es un lazo de amistad y de confianza reposada, como en otros procesos políticos, sino un vínculo de pasión, como el que une al hombre y la mujer. Para ello, lo primero que hace es cargar de electricidad la atmósfera interior, espolear nuestra estabilidad con exquisito refinamiento. Su voluntad apasionada se nos impone y anula la nuestra como en una especie de hipnotismo, de poder de inhibición: sus conversaciones y discursos, fantásticos e inacabables, van volando el sentido del que lee y oye, como el murmullo oscuro del hipnotizador; excitan la atención con misterios y alusiones, hasta tocar nuestro nervio más íntimo.

Nuestro Líder Eterno, pide que se haga posible la realización de sus ideas de libertad y dignidad Humana. De la Patria urgida de voluntades que la sirvan sin pensar en la vecina recompensa.

¡Hasta la Victoria Siempre, Comandante Chávez!
¡Patria Socialista o Muerte!
¡Venceremos!


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Manuel Taibo


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