Sábato y yo

En 1980, en el Palacio de Los Alcázares de Sevilla, vi por única vez a Sábato con motivo de la creación de un Instituto de Cooperación Iberoamericano de Cultura. El regio protocolo que impuso la presencia del Rey y de su cohorte, no me impidió divisar el rostro severo, fruncido, encajado en un cuerpo frágil y óseo que servía de armadura a aquel tormentoso, complejo y ficcional pensamiento de uno de los escritores más relevante de esta época. Para ese entonces, leía la trilogía novelística con la misma ansiedad con la que, después, abordé su ensayística. Mi relación con El Túnel alcanzó visos patológicos desde que lo leí en Mérida; ciudad que se instaló en mi imaginario como uno de esos mundos irreales que pueblan su obra. Así, llegué a sentir la misma repugnancia que hizo sucumbir a Castell ante el ciego de la gran metáfora sabatiana; Allende, el marido de María Iribarne. No se trató de una marca literaria. Fue una posesión psíquica de esos personajes que mostraban sus miserias, la duplicidad moral burguesa, su perversidad y la complejidad humana en su afán de hallar el absoluto en los predios donde el bien y el mal libran su batalla. Castell se fijó con tal fiereza en mi anhelo de escribir, que memoricé sus reflexiones y en un sentido lúdico relacionábame con la vida tal como lo hizo en la ficción: cavilando, obsesionado a veces por cada acto: me costó desentrañar esa insólita frontera entre la vida y la literatura (mi vida, claro, de cara al espejismo de la adolescencia que Paz señala en El Laberinto de la Soledad). Aquella vez en Sevilla habló como lo habría hecho Fernando Vidal sobre el sentido de la escritura. Contestó preguntas sobre Camus y nos hizo dudar si Alejandra había sido su amante. Balbucee unas palabras, pero como un rayo, me lanzó una sentencia que me estremeció. No lo vi más. En Argentina quise visitarlo a Santos Lugares, pero mis amigos decían que estaba huraño e impenetrable. Cuando le otorgaron el Cervantes escribí una nota y dije que estaba siendo víctima de su propia metáfora, pues en esa ocasión dijo que sólo quería pintar. Ya para entonces estaba encegueciéndose.


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Federico Ruiz Tirado


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