Releer sin volver atrás

En 1980, en el Palacio de Los Alcázares de Sevilla, vi por única vez a Ernesto Sábato con motivo de la creación de un Instituto de Cooperación Iberoamericano de Cultura. El regio protocolo que impuso la presencia del Rey y de su cohorte, no me impidió divisar el rostro severo, fruncido, encajado en un cuerpo frágil y óseo que servía de armadura a aquel tormentoso, complejo y ficcional pensamiento de uno de los escritores más relevante de esta época. Para ese entonces, leía la trilogía novelística con la misma ansiedad con la que, después, abordé su ensayística. Esta nota es una reescritura, como lo es y lo será todo texto entreverado en los tiempos de la memoria, porque lo escribí en el 2011 y con un título tan espontáneo, que sólo la labia de Miguel Márquez al teléfono, hizo imaginarme una involuntaria estampa de garbo que tenía, o tiene, porque en la red circula como nació: "Sábato y yo". Pero ya no hay nada qué hacer, Miguel.

Decía allí que mi relación con El Túnel alcanzó ciertos visos patológicos desde que lo leí en Mérida; ciudad que se instaló en mi inconsciente como un mundo irreal, como algunos que pueblan su obra. Así, llegué a sentir la misma repugnancia que hizo sucumbir a Castell ante el ciego de la gran metáfora sabatiana, la ceguera, expresada en Allende, el marido de María Iribarne. No se trató de una marca literaria. Fue una posesión psíquica de esos personajes que mostraban sus miserias, la duplicidad moral burguesa, su perversidad y la complejidad humana en su afán de hallar el absoluto en los predios donde el bien y el mal libran su batalla. Castell se fijó con tal fiereza en mi anhelo de escribir, que memoricé sus reflexiones y en un sentido "extraño" con la vida tal como lo hizo en la ficción: me costó desentrañar esa insólita frontera entre la vida y la literatura (mi vida, claro, de cara al espejismo de la adolescencia que Octavio Paz señala en El Laberinto de la Soledad, andaba buscando lo que se le había perdido en los columpios del parque y en las urracas y en el Padre confinado en Puerto Ayacucho desde antes yo nacer.

Aquella vez en Sevilla habló como lo habría hecho Fernando Vidal sobre el sentido de la escritura. Contestó preguntas sobre Camus y nos hizo dudar a quienes allí lo vimos romper el protocolo un tanto enfadado y con la frente surcada por sus arrugas, si Alejandra había sido su amante. Balbucee unas palabras, pero como un rayo, me lanzó una sentencia que me estremeció y no logré escuchar porque él iba muy cerca del doctor Rafael Caldera, invitado de honor también, y algunos venezolanos querían verlo de cerca y Caldera los oía, pero no les hizo el menor caso.. No lo vi más, a Sábato. En Argentina quise visitarlo a Santos Lugares, pero mis amigos decían que estaba huraño e impenetrable. Cuando le otorgaron el Cervantes escribí una nota y dije que estaba siendo víctima de su propia metáfora, pues en esa ocasión dijo que sólo quería pintar. Ya para entonces estaba encegueciéndose.
 



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Federico Ruiz Tirado


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