El avance tecnológico ha dejado de ser una promesa de ciencia ficción para convertirse en el motor estructural de nuestra era. Sin embargo, esta transición hacia la automatización y la inteligencia artificial (IA) plantea un dilema profundo: el desplazamiento del trabajo humano por el capital tecnológico. Cuando la productividad se desvincula del esfuerzo físico e intelectual del hombre para residir en el algoritmo, el peso político de la clase trabajadora se erosiona, redefiniendo el contrato social global.
La Anatomía del Reemplazo: Cifras de una Transición Inevitable
La Organización Internacional del Trabajo (OIT) ha encendido las alarmas en sus informes más recientes sobre la IA generativa. Según los datos analizados, aproximadamente un 25% del empleo global se encuentra en ocupaciones con algún grado de exposición a estas tecnologías. Esta cifra, lejos de ser uniforme, afecta con mayor severidad a las economías de altos ingresos, donde la estructura ocupacional depende de tareas que hoy la IA puede redactar, programar o clasificar. No estamos ante un fenómeno meteorológico inevitable, sino ante una decisión económica donde el capital sustituye sistemáticamente al trabajo.
A nivel global, la densidad de robots industriales ha alcanzado un récord de 162 unidades por cada 10,000 empleados (Informe 2023), según la Federación Internacional de Robótica (IFR). Este indicador, que se ha duplicado en apenas siete años (83 unidades), revela una tendencia irreversible hacia la eficiencia deshumanizada. En Estados Unidos, el impacto ha sido contundente: estudios del Center for Business and Economic Research de la Ball State University señalan que cerca del 85% de la pérdida de empleos manufactureros entre el año 2000 y 2010 se debió al aumento de la productividad tecnológica.
De la Explotación a la Irrelevancia: El Cambio de Paradigma
Este escenario nos obliga a introducir un concepto crítico: la irrelevancia. A diferencia del desempleo clásico del capitalismo industrial, que es cíclico y permite la reabsorción, la automatización actual amenaza con crear una clase social cuya fuerza laboral ya no sea necesaria para el sistema productivo. Como advertía Karl Polanyi, tratar el trabajo como una simple mercancía es una ficción peligrosa; cuando el mercado decide que esa "mercancía" ya no compensa frente al costo de una máquina, lo que se quiebra es la estabilidad de la vida humana misma. La productividad aumenta, pero la cohesión social se fragmenta.
Si la producción depende menos del trabajo y más del capital, el poder de negociación de los trabajadores disminuye drásticamente. Las huelgas o las presiones sindicales pierden su efectividad cuando el proceso productivo es autónomo. Esta redistribución de poder no es un fallo técnico, sino un rediseño político del mundo donde el valor de mercado del individuo cae, aunque su valor humano permanezca intacto. La soberanía económica se traslada de las manos que operan a las mentes que poseen los algoritmos y los servidores.
El Laberinto Venezolano: Derechos Locales frente a un Rediseño Global
En este contexto, Venezuela representa un caso paradójico y urgente. Mientras el país lucha por rescatar derechos laborales básicos, mejorar salarios pulverizados por la crisis y reconstruir su tejido industrial, se encuentra de frente con este rediseño mundial. La lucha del trabajador venezolano no es solo contra la precariedad interna o las políticas estatales, sino ahora contra un paradigma global que está abaratando el trabajo humano a pasos agigantados.
Intentar recuperar el pasado productivo sin entender la robotización es condenarse a una nueva forma de exclusión. La necesidad de mejores salarios es real, pero la presión de la automatización global impone que cualquier estrategia de desarrollo deba pasar por la cualificación técnica y la adaptación tecnológica, para evitar que el trabajador local quede atrapado en sectores de bajo valor que el mundo ya está automatizando. La lucha por la dignidad laboral en Venezuela debe hoy cabalgar sobre dos frentes: la justicia social interna y la vigencia tecnológica externo.
Conclusión: El Desafío de Seguir Siendo Necesarios
No podemos permitir que el progreso tecnológico se traduzca en una derrota humana. Si la producción depende menos del trabajo y más capital, el peso político del trabajo disminuye, la brecha social se amplia creando un mundo más desigual, precario e incierto.
Finalmente, debemos entender que la seguridad económica ya no proviene de ocupar un puesto, sino de la capacidad de adaptación y el criterio humano. La inteligencia artificial puede predecir la siguiente palabra, pero no puede tomar decisiones éticas ni estratégicas con sentido de propósito. El rediseño del mundo ya está en marcha; el reto es asegurar que, en esa nueva arquitectura, el ser humano siga siendo el centro y no un residuo prescindible del capital, la redistribución de las riquezas ya no es solo una consigna laboral, debe ser una política de la humanidad.