La crisis financiera explicada a los panas

Versión libre del texto en portugués “¿Quién tiene la culpa?” de Anselm Jappe.

Todos están de acuerdo en que esta crisis es la peor en 100 años, pero si preguntamos “¿Quién tuvo la culpa? ¿Cómo salimos?” todos responden “Los culpables son los especuladores que jugaron a la ruleta con el dinero. La culpa la tuvieron los mecanismos corruptos de la finanza sin control, pero la “economía real” está sana”.

Lo peor que podemos hacer es creer en chivos expiatorios, oponer un “mal” capitalismo predador “anglo-sajón” a un “buen” capitalismo más serio y responsable. Quienes ahora piden “mayor reglamentación” quieren que veamos en la crisis bursátil un absceso en un cuerpo sano.

El modo de capitalista de producción de mercancías nació con una contradicción interna, una auténtica bomba de tiempo colocada en sus cimientos. Solo es posible hacer fructificar el capital y, por consiguiente, acumularlo, explotando la fuerza de trabajo. Pero para que ésta de beneficio al empleador, el trabajador tiene que estar equipado con las herramientas necesarias, y hoy con la tecnología de punta. De ahí resulta una carrera continua –dictada por la competencia- al uso de tecnologías. Siempre gana el primer empleador que recurre a las nuevas tecnologías, porque sus obreros producen más que aquellos que no disponen de esa herramienta. Pero el sistema en su conjunto pierde, porque las tecnologías sustituyen al trabajo humano. El valor de cada mercancía singular contiene, pues, una cuota-parte cada vez más exigua de trabajo humano – que es, entretanto, la única fuente de plusvalía y, por lo tanto, de lucro. El desarrollo de la tecnología disminuye los beneficios en su totalidad. Sin embargo, durante un siglo y medio, el crecimiento de la producción de mercancías, a escala mundial, fue capaz de compensar esta tendencia hacia la disminución del valor de cada mercancía.

Este mecanismo, que no era sino una fuga hacia adelante, está bloqueado desde los años 70 del siglo pasado. Paradojalmente, las ganancias en productividad que permitió la electrónica hicieron que el capitalismo entrara en crisis. Eran necesarias inversiones cada vez más voluminosas para poner a trabajar a los pocos obreros que habían “sobrado” según los patrones de productividad del mercado mundial. La acumulación real del capital amenazaba estancarse. Es entonces que el “capital ficticio”, como le llamó Marx, tiene luz verde. El abandono de la convertibilidad del dólar en oro, en 1971-73, le eliminó la última válvula de seguridad, el último anclaje, a la acumulación real. El crédito no es sino un anticipo de los lucros futuros esperados. Pero cuando la producción de valor, y por lo tanto de plusvalía, estanca a la economía real (lo que no tiene nada que ver con un estancamiento de la producción de las cosas, porque el capitalismo gira alrededor de la producción de plusvalía, y no de productos en cuanto valores de uso), sólo las finanzas permiten a los propietarios de capital realizar los beneficios que se volvieron imposibles de obtener en la economía real. La escalada del neoliberalismo a partir de 1980 no fue una maniobra sucia de los capitalistas más ávidos, un golpe de Estado preparado con la ayuda de políticos complacientes, como quiere creer la izquierda “radical” (que ahora tiene que decidir si avanza en la crítica del capitalismo como tal y total, incluso si éste ya no se proclama neoliberal, o participa en la gestión de un capitalismo emergente que incorporó una parte de las críticas hechas a sus “excesos”). Por el contrario, el neoliberalismo fue la única forma posible de prolongar un poco más el sistema capitalista, cuyos cimientos nadie, seriamente, ponía en causa, ni en la derecha ni en la izquierda. Gracias al crédito, un gran número de empresas (y algunos países) consiguieron mantener durante un tiempo una ilusión de prosperidad.

Ahora se quebró también esta muleta. Pero un regreso al keynesianismo, evocado a diestra y siniestra con razón o sin ella, será imposible: los Estados ya no disponen de suficiente dinero “real”. Por ahora, los decisores retardaron un poco más el mane-tecel-phares (1) añadiendo otro cero a los números estrafalarios que aparecen en las pantallas y que no corresponden a nada. Los préstamos concedidos recientemente para salvar a las bolsas de valores son diez veces superiores a los agujeros que hacían temblar a los mercados hace diez años – pero la producción real (léase, banalmente, PIB producto interno bruto) aumentó ¡cerca de 20 o 30 por ciento! El “crecimiento económico” que ya no tenía base autónoma: era el resultado de las burbujas financieras. Pero cuando esas burbujas hayan reventado, no habrá un “saneamiento” después del cual todo pueda recomenzar..

Quizás no asistamos a un “viernes negro” como en 1929, a un “Día del Juicio”. Pero hay buenas razones para creer que estamos viviendo el fin de una larga época histórica. La época en que la actividad productiva y los productos no sirven para satisfacer necesidades sino para alimentar el ciclo incesante del trabajo que valoriza al capital y el capital que emplea al trabajo. Mercancía y trabajo, dinero y regulación estatal, competencia y mercado: detrás de las crisis financieras, cada vez más graves, que se repiten desde hace 20 años, se perfila la crisis de todas estas categorías. Las cuales, siempre es bueno recordarlo, no forman parte de la existencia humana siempre y en todos lados. Se apoderaron de la existencia humana a lo largo de los últimos siglos y podrá evolucionar hacia algo diferente –algo mejor o aún peor. Sea como sea, no es el tipo de decisión que se tome en una reunión del G 8…

Sin olvidar que la economía política (o ciencia de la dominación) sólo puede resolver un problema, el que ella misma crea: la falta de dinero. Y que la publicidad de esta crisis erosiona el poder de lo abstracto, fractura la alienación y el fetichismo de la mercancía. “El sistema capitalista no funciona sin la inconciencia de quienes forman parte” (Marx).-------------------------------------------------

(1) “Mane-tecel-phares” (contado, pesado, dividido). Estas palabras misteriosas fueron escritas por una mano invisible en la pared del salón donde Baltazar, último rey de Babilonia, celebraba una orgía sacrílega mientras la ciudad era sitiada por el rey persa Darío. Llamado el profeta Daniel, explicó que significaba que sus días estaban contados, su alma había sido pesada sin pasar la prueba, y que su reino sería dividido.

rotheeduardo@hotmail.com




[Tradução do francês de Maria da Graça Macedo]


*Anselm Jappe é autor de As Aventuras da Mercadoria (Antígona, 2006) e Guy Debord (Antígona, 2008).

Este texto pode ser difundido por todos os meios de comunicação, sem indicação de copyright.

Numerado, pesado, dividido


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Eduardo Rothe


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